Ir a un café hoy en día debe ser toda una experiencia en términos de comodidad, buena atención y afecto. Algunos sacan la tarea adelante, pero a otros les cuesta un mundo.

  • 5 septiembre, 2008

 

Ir a un café hoy en día debe ser toda una experiencia en términos de comodidad, buena atención y afecto. Algunos sacan la tarea adelante, pero a otros les cuesta un mundo. Por Mauricio Contreras.

Esta es una guerra silenciosa, que no está en las secciones de economía ni menos en las páginas que cubren el competitivo retail. Hoy los cafés pelean por tener clientes cautivos que hablen maravillas y bondades de su lugar preferido.

Dejando de lado los Starbucks, que han dado una magistral clase de cómo atender al cliente –al margen del sabor de su café–, y los Juan Valdez, que no conozco (pero del que tengo buenas referencias) han comenzado a brotar en Santiago cafeterías que quieren ir más allá de un cortado de buen nivel. Hoy la gracia está en que el consumidor se quede horas y horas disfrutando de su taza, del sillón, de la música, de la conexión a Internet o, simplemente, de que nadie lo moleste. Convertirse en el café de la esquina.

Tal concepto no es un tema menor, teniendo en cuenta que la atención al cliente en Chile es una deuda pendiente del comercio. De mi afición por el café en taza y no en vaso de plástico, he ido recorriendo como peregrino locales que inviten a quedarse. No son muchos los que aprueban, pero los comparto con ustedes. El Café Espresso (Pedro de Valdivia 1974, a tres cuadras de Bilbao) es un gran lugar a cualquier hora del día. Sus comensales llegan en bicicleta y su decoración aconseja no tragar y arrancar. Su gancho consiste en una mesa larga y familiar donde incluso se podrían hacer reuniones de directorios, en el cual el Wi Fi funciona perfecto y rodeado de Moleskine y libros, uno pareciera estar en la casa de sus padres. Sus garzones son atentos y cada cierto rato, y sin interrumpir, ofrecen la carta o un vaso de soda. Un aplauso, por favor.

Otro que debutó bien es el Café París, en Colón 4659. Abre temprano (¿por qué algunos levantan la reja después de las 10 de la mañana los fines de semana, cuando más los necesitamos?) y sus ventanales son perfectos para estar afuera y adentro. Buen café con leche y correcta atención, sin sobresalir.

Claro que hay otros que con suerte se sacan un cuatro. En Tomás Moro casi esquina de Fleming me cobraron una vez un vaso de soda (¡700 pesos¡) y cuando les pregunté por la conexión a Internet el administrador me dijo que tenía que probar con las conexiones inalámbricas de las torres vecinas. Un papelón. Hay otros donde no saben distinguir entre un cortado y un café con leche y eso significa que estamos en problemas y que lo peor puede venir. Por eso es importante valorar detalles que van más allá del aroma servido: en los tratos hacia uno se juega la elección final; por lo menos, en mi caso.