Son grandes y diversificados. Participan en Consorcio, Andina, Entel, Inmobiliaria FFV y en otras tantas inversiones financieras, pero sin duda el negocio que los congrega es el vitivinícola. No hay conversación familiar en que la viña de los Garcés Silva no salga al baile. Esa donde están involucrados, con el mismo entusiasmo, desde el patriarca hasta el menor de sus nietos.

  • 3 septiembre, 2008

 

Son grandes y diversificados. Participan en Consorcio, Andina, Entel, Inmobiliaria FFV y en otras tantas inversiones financieras, pero sin duda el negocio que los congrega es el vitivinícola. No hay conversación familiar en que la viña de los Garcés Silva no salga al baile. Esa donde están involucrados, con el mismo entusiasmo, desde el patriarca hasta el menor de sus nietos. Por Paula Vargas.

 

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Fue como estar un fin de semana en el hogar de los Garcés Silva. Había ruido, mucha gente, todos muy sonrientes, conversadores y sobre todo tremendamente cálidos. Así nos recibieron en la viña de la familia, esa que tantos reconocimientos ha tenido por la calidad de sus vinos y que se ha convertido en el negocio que congrega a todo el clan encabezado por el empresario José Antonio Garcés.

No fue fácil que accedieran a esta entrevista, porque prefieren mostrarse poco, sello que comparten con sus socios y amigos, Eduardo Fernández León, Juan Hurtado, Patricio Parodi y José Said. De hecho, los hijos de José Antonio Garcés advierten que su padre es muy discreto y que costó “un mundo” convencerlo para que hablara con Capital. De hecho, confiesan que lo pensó hasta último minuto. Pero por suerte pudo más la insistencia de su hija mayor, María Paz, y finalmente fue el primero en llegar al encuentro.

Viajó desde Santiago en su helicóptero. Fue precisamente él quien nos recibió amablemente en la casa de campo situada en pleno valle de Leyda (San Antonio) junto al mayor de sus hijos varones, quien lleva su mismo nombre, y a Matías y María Paz Garcés, además de Francisco Ponce. Este último, el enólogo de la viña.

Cuando todos los comensales estuvieron dispuestos alrededor de la mesa, se largaron a hablar, con excepción del patriarca quien, era evidente, prefería que sus hijos fueran los protagonistas. A poco andar confiesa que él no se dedica “con mucho énfasis” al campo, y que lo suyo son las inversiones y las finanzas, entre las que a todas luces Consorcio parece ser su favorita.

Más allá del “énfasis”, lo cierto es que Garcés ha estado ligado al mundo agrícola desde hace varias décadas. Bien lo saben sus hijos, quienes fueron los primeros en responder a la hora de preguntar de dónde viene esta afición por la tierra. Esa que los ha llevado a adquirir cientos de hectáreas para frutales y ganadería a lo largo de Chile. “Siempre hemos estado vinculados al campo, trabajamos ahí desde muy pequeños. El primero de todos lo compró el papá en 1982 en Graneros (VI Región). Me acuerdo que se le ocurrió plantarlo con uva de mesa y ahí, diría yo, comenzó su incursión en este mundo”, cuenta Matías.

María Paz recuerda con nostalgia esos años, cuando su padre los llevaba todos los veranos durante un mes completo a trabajar al campo. “Ahí todos compartíamos de igual a igual. Mi papá manejaba el tractor, yo estaba en la pesa, mi mamá como jefa de packing y los demás, en las faenas diarias. No había diferencias y eso no sólo nos enriqueció como personas, también fue muy importante para estrechar los vínculos que hasta el día de hoy tenemos con los trabajadores”.

De ahí en adelante, la agricultura comenzó a formar parte de sus vidas, y más tarde José Antonio hijo –Cotelo, como lo llaman sus cercanos– y Matías se hicieron cargo de los campos.

 

 

 

De campo a terroir

La incursión al mundo del vino llegó años más tarde, en 1997, cuando José Antonio Garcés Silva –quien comparte los mismos apellidos con sus hijos– decidió comprar 700 hectáreas en San Antonio, con el fin de construir un refugio para él y su señora María Teresa Silva. “Yo tengo casa en Santo Domingo y ahí llegaban siempre todos mis hijos y nietos. Eso a mí me encantaba y me sigue gustando mucho, pero necesitábamos también un lugar para arrancarnos del bullicio y el caos de una familia tan grande, porque tengo 20 nietos… Entonces, nos hicimos una casa acá (en Leyda), donde veníamos a leer o a andar a caballo”.

Cuenta que en ese tiempo, su amigo y vecino, Luis Alberto Fernández –ex dueño de Viña Leyda– lo invitó a unirse en un proyecto para traer agua del río Maipo. Recuerda que en ese momento en el valle el agua era escasa, no existía ni siquiera bajo tierra y menos, para acumular en un tranque. Entonces, no dudó en sumarse a la iniciativa.

Cotelo, su hijo mayor, advierte que esto coincidió con el auge del Valle de Casablanca, que a esas alturas se había posicionado como la gran fuente de vinos blancos en Chile. “Precisamente los descubridores de ese lugar, Pablo y Jorge Morandé, nos dijeron que Leyda podía ser igual o mejor que Casablanca y así partió todo”, revela mientras observa el valle.

Instalaron una tubería de ocho kilómetros con varias estaciones de bombeo, las suficientes para el regadío de los campos y, en pocos, años transformaron a Leyda en uno de los más apetecidos terroirs del país y donde ahora todos quieren estar.

Una vez que Garcés se entusiasmó con el proyecto del agua y con la idea de plantar vides, ya tenía en mente que éste sería el proyecto que congregaría a la familia. Años antes había invitado a sus hijos Matías –quien hasta ese momento se dedicaba a la publicidad– y José Antonio –que estaba en el negocio pesquero–, para sumarlos a esta nueva aventura. “El papá vio que era hora de diversificarnos y nos invitó a participar de sus nuevos proyectos”, explica Matías. Así fue como se hizo cargo de la parte agrícola; es decir, de la parte operativa, mientras su hermano asumía responsabilidades en el área financiera y de inversiones.

Para Cotelo no fue fácil decidirse. “Yo tenía un negocio potente que me costó un montón formarlo, una distribuidora de pescado que realizaba envíos a Estados Unidos y Europa. Fue en ese momento que el papá me dijo: ¿sabes, necesito contratar un gerente, por qué no vienes a trabajar conmigo? Y me aconsejó que, si me decidía, vendiera mis cosas”. El dilema lo resolvió prontamente. “Era una decisión que tenía que tomar en algún minuto. La verdad es que yo trabajo para la familia, lo hago pensando en que somos un conglomerado, que tenemos una posición patrimonial importante y que esos negocios valen porque estamos todos juntos”, aclara el segundo a bordo del clan.

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Con el equipo andando y las vides cultivadas, el siguiente paso fue analizar el real potencial de la viña. Así, cuando asomaron los primeros racimos pidieron al enólogo de Concha y Toro, Marcelo Papa, que vitivini cara la uva. Es que los Garcés no se andan con chicas. Si había que hacer un vino, había que hacerlo con el mejor. “Marcelo concluyó en que tenía un potencial tremendo. Al año siguiente le vendimos la uva y decidimos plantar otras 30 hectáreas”, agrega José Antonio hijo.

Ya hacia el 2002 estaban de lleno en el negocio: contrataron a Jean Michel Novelle, el actual asesor enólogo de origen suizo, cuyo primer diagnóstico fue que esta viña era “oro en las manos”. Según Novell, llamaba la atención que de vid tan joven saliera uva con tanto potencial, que tuviera tanta concentración y tanto color, atributos que normalmente se logran después de muchos años.

 

 

 

Derribando mitos

A esas alturas, los vinos de Leyda no sólo se habían ganado un nombre, sino que comenzaban a destruir mitos. “A fines de los 90 y comienzos del 2000 salieron muchos proyectos de bodega que iban un poco a la segura, todos plantaban en los mismo lugares (Casablanca, Maipo y Cachapoal) y producían vinos muy similares, con poca identidad y sin correr ningún riesgo. Nuestra apuesta, en ese sentido, era totalmente diferente”, advierte Matías.

Se instalaron en un valle nuevo, decidieron no producir cabernet sauvignon, variedad que no faltaba en ningún portafolio, y luego se atrevieron a producir vinos blancos de calidad, de esos que valen sobre 100 dólares la caja (mientras que el promedio nacional es de sólo 29 dólares la caja).

Conscientes de los riesgos, los Garcés Silva optaron por lo diferente. Querían sobre todo que sus vinos tuvieran identidad. “No estábamos dispuestos a introducir nuevas variedades sólo por tener un portafolio más amplio y vender más. Queríamos producir poco, pero de calidad”, insiste Matías.

Pero esta identidad también requería de una marca. Y ese fue otro de los desafíos, no sólo por lo que implicaba la búsqueda de un nombre, sino por el diseño de la etiqueta y la botella. “Tratamos de buscar un nicho distinto a los existentes y buscar también una diferenciación en el envase, en la etiqueta y en el estilo del vino, que es absolutamente diferente a un sauvignon blanc de otra viña”, cuenta el patriarca.

Dar con el nombre no fue fácil. “Vimos nombres de santos, nombres franceses, vinculados al mar y es increíble como todos los que tienen relación con este último tema están registrados y ¡no se usan!… Pero en fin, después de tanto buscar al final salió Amayna y nos gustó mucho”, agrega Matías.

A esas alturas, la intimidad del refugio construido por Garcés y su señora en Leyda se había terminado. Incluso agrandó la casa para recibir a todos sus hijos y nietos. “A mí me gustó este reto porque te diría que es el negocio más familiar de todos, donde todos participan. Sólo te doy un ejemplo: fue muy bonito tener en el lanzamiento del último vino a mis cinco hijos y también a varias de mis nietas, con sus uniformes de Amayna, sirviendo los canapés. Era una cosa muy familiar, nuestro punto de encuentro”, relata orgulloso.

 

 

 

No es un chiche

En cualquier caso, la fascinación por la viña no los ha hecho perder el norte. Los Garcés tienen claro que Amayna no es un chiche. “Somos muy ordenados, muy profesionales y no nos gastamos la plata de otros negocios en la viña, cosa que es muy común en este rubro”, subraya Matías. Al contrario, la viña es una inversión más. Incluso, los hermanos Garcés Silva enfatizan que en materia de nuevos negocios, sus proyectos compiten de la misma forma con los planes de otros campos y empresas, exigiéndoles el mismo nivel de rentabilidad y orden.

Es este profesionalismo el que los ha llevado a posicionar su marca en restaurantes y tiendas especializadas en una veintena de países de América, Europa y Asia, siendo sus principales mercados el brasileño y el inglés.

Anualmente producen más de 18.000 cajas, cifra que esperan duplicar en cuatro años. Para 2008, en tanto, estiman facturar unos dos millones de dólares. Sobre sus planes, adelantan que la idea es continuar desarrollando la marca y penetrando en nuevos mercados; incluso en el chileno, donde aseguran existe un interesante potencial de crecimiento.

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Este desafío lo tomó la mayor de los hermanos, María Paz, quien desde 2006 asumió la gerencia de marketing de la viña, después de varios años de estar “fuera de las pistas” –como ella dice–. ¿Quién la convenció? No podía ser otra persona que su padre. “Coincidió con que el papá amplió su oficina y me planteó que junto a mi hermana Teresita nos hiciéramos cargo de las fundaciones, pero como tenía muchas ganas de volver a trabajar, me hice cargo también del tema del marketing y del mercado nacional en la viña”, explica María Paz.

“Lo ha hecho estupendamente bien, por lo demás”, agrega su padre. Y sus hermanos comparten la afirmación. Es que trabajar en familia, al menos para los Garcés Silva, es lo mejor que les ha pasado. “Sin duda, es un regalo tener la oportunidad como núcleo de trabajar unidos, en equipo y con un papá tan presente y formativo, eso es un privilegio” agrega la primogénita.

Pero, ¿qué piensa su padre de todo esto? “Hable ahora o calle para siempre”, le dice Matías, soltando una carcajada. José Antonio Garcés pronto responde: “Estoy muy contento de haberlos integrado, es mi mayor orgullo”, afirma mientras observa a sus hijos.

 

 

 

Entre el agro y la selva…

Sin duda, el negocio vitivinícola hace tiempo que los tiene cautivados. De hecho, esa fue la razón del ingreso a la propiedad de viña Montes, donde la familia Garcés Silva hace siete años entró con apenas 2,5% y hoy ya posee el 25% de la compañía fundada por Douglas Murray, Aurelio Montes y Alfredo Vidaurre.

“Montes nos interesó desde el momento en que nos avisaron que estaban vendiendo un porcentaje de la propiedad. De inmediato analizamos el negocio, sus finanzas y no dudamos en ingresar… Estamos bien contentos con nuestra participación ahí. Se trata de una viña que tiene mucho futuro, que está muy bien manejada y que crece a tasas del 20% anual. Sin duda, una de las pocas viñas rentables de este país”, destaca el líder familiar.

Es que los Garcés en estos últimos años han optado por diversificarse también en el área agroindustrial. “Sobre todo, ahora que es un buen negocio”, anota Matías. Así es como, en los últimos cuatro años, no sólo han consolidado sus operaciones en este sector, sino que han ampliado sus dominios. En su campo en Graneros (100 hectáreas) han duplicado la superficie plantada con uva de mesa, y en la lechería ubicada en la zona de Ranco –en un campo de aproximadamente dos mil hectáreas–, acaban de invertir dos millones de dólares en tecnología para hacer más eficiente la producción, que actualmente llega a 6 millones de litros y donde, además, se dedican a la crianza y engorda de vacunos.

Además, este año adquirieron otras 400 hectáreas en Valdivia, en las que esperan sembrar cerca de 300 hectáreas de granos para el consumo de la lechería. Es que en materia de compras e inversiones siempre han sido muy dinámicos, Matías lo atribuye a la convicción familiar de que la tierra es un activo que no pierde valor en el tiempo. “Forma parte de nuestra estrategia de inversión, no sólo compramos tierras por comprar, tenemos la capacidad de armar sobre ellas plataformas de negocios rentables”, asegura.

Es precisamente lo que están haciendo en Carnes Ñuble, firma que adquirieron junto a las familias Yarur y Matetic y que hoy se ha convertido en la principal faenadora del país. Aquí el plan también es ambicioso. “La idea es incorporar mayor valor agregado a la carne, que no sea sólo un commodity”, precisa José Antonio hijo.

Ambos (Matías y José Antonio) hablan con propiedad de estos temas, pues además de estar muy pendientes del día a día de la operación, también participan como directores de la compañía.

Antes de partir, José Antonio Garcés les pide a sus hijos que comenten acerca de una de sus inversiones más interesantes: “por qué no le cuentan lo de Sem Chile”, propone mientras se alista para emprender el vuelo de vuelta.

Cotelo es el más entusiasta con el tema. “Eduardo Fernández, que es muy amigo del papá, lo invitó a participar en partes iguales en Sem Chile”, explica de entrada, agregando sus operaciones involucraban una planta de secado de semillas en Pucallpa, en el corazón de la selva peruana, donde invirtieron cerca de un millón de dólares para mejorar los rendimientos.

Reconoce que fue un trabajo de chinos, que implicó capacitación, traslado de maquinarias e incluso, cambios de hábitos de su población. Fue precisamente a través de esta incursión que hace unos cinco años adquirieron en la zona un bosque tropical de 15.500 hectáreas, de las cuales 5.000 estaban deforestadas y que hoy están utilizando para la venta de bonos de carbono.

Pero ya no hay más tiempo. Las aspas del helicóptero comienzan a girar: es el llamado para el patriarca, quien se apura en decir adiós y despedirse de sus hijos, poniéndose de acuerdo para el almuerzo de fin de semana. Mientras tanto, nosotros también cerramos la entrevista y es que, aunque podríamos estar más tiempo saboreando sus anécdotas, también nos llega la hora de volver.

 

 

 

De inversiones y aficiones

Ya hace 6 años que la familia Garcés Silva reordenó sus inversiones y comenzó a operar bajo la modalidad del family office, asesorada por la Universidad de los Andes y algunos profesionales extranjeros. Con este sistema, ninguno de los miembros del clan permanece al margen de los negocios, los que se reparten en partes iguales entre los cinco hijos de José Antonio Garcés y María Teresa Silva: María Paz, José Antonio, Matías, Teresita y Andrés.

Todos ellos se reúnen mensualmente en un directorio y reciben información de cada una de sus negocios. El gerente general del grupo es José Antonio, quien además está en el directorio de Andina, que fue la empresa donde su padre y socios realizaron el primer traspaso generacional, hace tres años.

En cuanto a las otras empresas donde tienen presencia –ya sea Almendral, dueña de ENTEL (en que comparte propiedad con su socio y amigo, Eduardo Fernández León), la inmobiliaria FFV y Consorcio–, éstas aún sigue en manos de los patriarcas y, por ahora, no se vislumbran nuevos traspasos. “La verdad es que la única forma de enfrentar nuestros negocios es asociarnos con gente que tiene nuestros mismos valores y, además, que son líderes en las industrias donde están”, explica José Antonio hijo.

Pero no todo es negocio para esta familia. Son también gozadores y muy aclanados; de esas familias que parten enteras a veranear, al menos 30 días al año. De hecho, ahora están planificando su próxima ruta: un crucero por los glaciares patagónicos, para el cual arrendaron todo un piso del Skorpios.

Si de estar juntos se trata, el proyecto que mejor refleja esta idea es la construcción de cinco casas idénticas frente al Lago Ranco, las que fueron diseñadas –al igual que varias de las capillas emplazadas en los campos– por Teresita, a quien destacan como “la artista” de la familia, junto con Andrés, quien se dedica al cine y la fotografía, a través de su productora María Films.