En el Museo de Arte Contemporáneo desembarca la Invencible Armada Coreana. Extraordinaria oportunidad para establecer contacto con uno de los grandes escenarios de la expresión artística de punta en la actualidad.

  • 5 octubre, 2007

En el Museo de Arte Contemporáneo desembarca la Invencible Armada Coreana. Extraordinaria oportunidad para establecer contacto con uno de los grandes escenarios de la expresión artística de punta en la actualidad.Por Luisa Ulibarri.

 

Desde la muerte de Nam June Paik, a comienzos de 2006, el arte contemporáneo se ha coreanizado a la par con el desarrollo y la vertiginosa apertura económica, política y cultural de ese país.

 

Nacido en Seúl, considerado el padre del video arte en el mundo, integrante del movimiento Fluxus y firme creyente en que “hay que tener menos miedo, vaciar el arroz y los frijoles y no tomarlos tan en serio pues cuando las cosas se tomen menos en serio, habrá menos miedo en el mundo”, Paik trajo hace tres décadas su jardín de televisores a Chile con una poética maravillosamente premonitora de un feliz matrimonio entre arte, estética y tecnología. Entonces, Corea se batía en la consolidación democrática, desde una mirada brutalmente antagónica (norte y sur) y trágicamente draconiana de sus paradigmas.

 

Peppermint candy, la muestra de 80 obras que hoy exhibe el Museo de Arte Contemporáneo (videos, fotografía, instalación, objetos, pintura) tiene mucho de puño, tinta y carga autobiográfica de esa generación que hoy asiste a una efervescencia cultural emergente fuera de serie en ese país. Corea fue –con otros artistas y otra curatoría– el país estrella de la Feria Arco 2007 en España. Tiene un codiciable mercado artístico en todo el vecindario, dos bienales decisivas en casa (Busan y Gwangju) y un potente circuito de museos y galerías tanto nacionales como privadas. Entre otros, el NMCA (Museo Nacional de Arte Contemporáneo de Corea) y el de coleccionistas independientes responsables de esta exposición.

 

Peppermint candy, cuyo título alude a cierta frescura, inocencia y sabor a “caramelo de menta” presentes en la película del mismo nombre del cineasta Lee Chang-dong, está dividida en tres ejes temáticos –Hecho en Corea, La nueva ciudad fantasma, y Paraíso de plástico– y su más feroz protagonista es cierta occidentalización –a la manera coreana y con mucho color– de diversos estereotipos. Entre otros, los de la violencia, la ciudad perdida, las vidas privadas, la sociedad de consumo, la calle, los fetiches, o la publicidad surgidos de sus propias fracturas históricas. En cuanto a su factura formal, la muestra es también un homenaje al estereotipo de todos los sistemas y expresiones de arte imperantes desde los 80 en el mundo entero.

En su relato más político resaltan las fotografías de Kang Young-suk y Sanghee Song, por su sutil elocuencia. El primero, a través del desolado retrato de las zonas eriazas de la base militar de MaeHyang-Ri, ex campo de tiro de la base aérea norteamericana, y hoy tierra yerma, contaminada, con habitantes fantasmas de metal, de viejos vehículos o cañones. Song alude en sus fotos a dos adolescentes coreanas acribilladas por un tanque americano, en su postura de víctimas yacentes o de arqueras apuntando al cielo.

 

Radicado en Nueva York, las instalaciones de Do-Ho Suh, Escalera –que cubre en rojo todo el hall central del museo– y Uni-Form con impecables 60 uniformes escolares dispuestos como fila de soldados, son tan estéticas, como poética y reveladora es la alfombra de letras verdes que se va quemando con el incienso de cedro que arde hasta dejar solo cenizas de Oh Inhwan, artista cuya obra es una cruzada contra la discriminación homosexual.

 

Entre los videos, si bien ninguno se aproxima a la mano sublime de un Nam June Paik –a veces influenciado por la música de Stockhausen, o la teatralidad de su primera muestra individual en Wuppertal– dos de los que estaban corriendo cuando visitamos esta muestra, plasman el desencanto o la esperanza traicionada de buena parte de los artistas de este colorido y desesperado Peppermint candy. El fantasma de la nueva ciudad de Lim Minouk es un paseo urbano en que la artista –megáfono en mano, en medio de rascacielos y antiguos mercados de barrio– repite como mantra un rap nostálgico donde viejos sueños y utopías no son sino víctimas del progreso.

 

La pintura, a excepción de los paisajes nocturnos de Sunghun Kong, del multicolor collage de Gwon Osang y de Funkchestra –apuesta de música funk, pop, clásica, y pintura en un mural extenso y colorido– brilla por su ausencia en un país de tendencia paisajística tradicional venerada y respetable, pero cuya generación más joven apuesta por una resurrección del kitsch.

 

Definitivamente, es una bonanza triste y una ironía soterrada en este país potencia económica, tecnológica y progresivamente cultural del siglo XXI, lo que emerge desde la visualidad exuberante y crítica de Peppermint candy. Visualidad también ruda, desencantada y no exenta de la ironía de los descreídos ante un paraíso prometedor y rutilante. Pero, también un paraíso con aristas de plástico y demasiado fuego artificial.