La película Moneyball –protagonizada por Brad Pitt– rescata la figura de Billy Beane, quien aplicó un sistema estadístico en el béisbol que revolucionó ese deporte. La misma fórmula que ahora está empezando a desarrollar en el fútbol. ¿Funcionará su estrategia en el balompié de alta competencia?

  • 26 enero, 2012

La película Moneyball –protagonizada por Brad Pitt– rescata la figura de Billy Beane, quien aplicó un sistema estadístico en el béisbol que revolucionó ese deporte. La misma fórmula que ahora está empezando a desarrollar en el fútbol. ¿Funcionará su estrategia en el balompié de alta competencia? Por álvaro Peralta Sáinz

Cuando en todo el mundo el deporte se hace cada vez más profesional –un verdadero espectáculo que mueve miles de millones de dólares– y lo que se juega trasciende desde las canchas hacia los mercados de valores, una buena combinación de inversión versus resultados se hace altamente necesaria. ¿Quién tiene la fórmula para dar con el éxito? ¿Los que apuestan al puro talento o aquellos que privilegian el trabajo obsesivamente planificado? ¿Borghi o Bielsa?

En Estados Unidos, durante la última década del siglo pasado, un equipo de béisbol pareció encontrar la panacea: gastar poco en jugadores y obtener grandes logros deportivos. Y todo gracias a un sistema que tiene que ver más con números que con bates y pelotas. Aquí tratamos de explicar lo que pasó y lo que –según algunos– seguirá pasando en otras disciplinas.

Coquimbo, 1990
Para empezar, me gustaría recordar una anécdota de nuestro fútbol: hace dos décadas el entrenador José Sulantay conformó un plantel en Coquimbo Unido que daría que hablar, pues en 1990 alcanzó el ascenso a la Primera División y al año siguiente –para sorpresa de muchos– logró la clasificación  a la Copa Libertadores de América. Algo que en un equipo chico no se veía desde mediados de los setenta con el Unión San Felipe de Luis Santibáñez.

Más allá de los resultados que a la larga obtuvo Sulantay (tampoco fueron muchos, hay que decirlo), lo que queda en el recuerdo es la justificación que El Negro le daba a su éxito: “junté pura gente a la que por distintas razones le había ido mal en el fútbol y que buscaba una revancha en una cancha. Esa fue mi clave”.

Es decir, según él, bastaba con reunir a un puñado de futbolistas heridos en su amor propio y prometerles la redención a través del juego. En verdad, difícil de creer. Porque si las cosas funcionaran de una manera tan simple, sólo bastaría con tomar cada año a los futbolistas cesantes que a inicios del verano se juntan a entrenar en el Sifup, hacerles un buen trabajo sicológico y luego prepararse para ganarlo todo durante el año. Sin embargo, la cosa no funciona así, y lo de Sulantay con Coquimbo Unido no puede tomarse como una regla que se cumpla a rajatabla. Aunque para los que amamos el fútbol siempre es lindo revisitar este tipo de historias.  

Hablemos de béisbol
¿A qué viene todo esto? A la historia de Billy Beane, que por estos días vemos en los cines chilenos en la película El juego de la fortuna, protagonizada por Brad Pitt y que se basa en el libro Moneyball: el arte de ganar un juego injusto, del periodista Michael Lewis. El filme da cuenta de las peripecias del tal Beane, un tipo que jugó ocho años béisbol como profesional en varios equipos pero que jamás dio mucho de qué hablar.

Sin embargo, a mediados de los noventa se convirtió en gerente general de los Atléticos de Oakland. De alguna manera, Beane refundó a este club de la mano de un grupo de jugadores que venían en baja en la liga, pero que –según un complejo sistema de estadísticas– podía dar más si se les ponía en el lugar y en el momento indicados en un diamante de béisbol.

En el caso de Sulantay, el asunto era sólo motivación y apelar al amor propio, cosa que en un primer momento le resultó. Sin embargo, lo de Beane era distinto, algo mucho más estudiado y técnico, similar a lo que Bielsa propone por estos días en el Athletic de Bilbao. Y, lo más importante de todo, con una ecuación que cualquier dirigente o empresario, de cualquier deporte, amaría: buenos resultados deportivos con muy bajos costos por concepto de jugadores. Por esta razón, dicen algunos, su sistema podría escalar incluso a otros deportes.  
 
Un nuevo estilo
¿De qué se trata lo que hizo? Poniéndolo en términos simples, aplicó un sistema matemático llamado Sabermetric, que descubrió al conocer al economista egresado de Harvard Paul DePodesta (que en la película aparece bajo el nombre de Peter Brand) y que lleva el detalle del tiempo que cada jugador pasa en las bases del campo de béisbol, desde las cuales –vía carreras y aciertos con el bate– se deciden los juegos.

Lo que este esquema entregaba eran los porcentajes de jugadores más bien anónimos (y por ende, baratos) pero con buena movilidad una vez que estaban sobre las bases de la cancha. Si se mezclaban con buenos bateadores, podían rendir en buena forma y por mucho menos dinero que otras plantillas de la liga profesional de béisbol de Estados Unidos.

Los resultados de este método –que para muchos era una completa locura– no fueron malos. Así, gracias al trabajo de Beane y su socio DePodesta, los Atléticos de Oakland pudieron ganar veinte partidos consecutivos y coronarse como los mejores de la Liga Oeste de Estados Unidos. Nada mal para alguien en quien prácticamente nadie creía y que tuvo que luchar contra la verdadera institución que son los llamados “cazatalentos”, tipos que recorren el país en busca de los mejores prospectos de beisbolistas profesionales y que hacen poco caso de estadísticas y records. Son individuos que se miden por instinto y experiencia. Y hay que decirlo: aun así, tienen un cierto nivel de credibilidad y de éxito.

La proeza de Beane, en fin, posee contornos heroicos porque la llevó a cabo con un equipo que venía a los tumbos desde hacía varios años y que ahora puede hablar de un antes y un después gracias a esta suerte de Bielsa del béisbol.

Nuevos rumbos
Es cierto: Beane no pudo ganar un campeonato nacional, pero sí estableció un quiebre en la forma en que se conformaban los equipos de béisbol hasta ese momento. Para empezar, rompió con el paradigma de los cazatalentos, los cuales existen desde los años cuarenta, cuando se permitió la incorporación de afroamericanos en los equipos. De esta forma surgieron personajes que recorrían los pueblos más apartados buscando figuras para los distintos clubs.

El trabajo que Beane desarrolló en Oakland fue tan exitoso, que aun sin un título en sus manos pudo llevar su experiencia –y el sistema Brandmetric–a otros deportes; en especial, al fútbol o soccer, como dirían en Estados Unidos. Primeramente lo hizo en su tierra, junto a San Jose Earthquakes, con los que hasta ahora se ha dedicado a sistematizar el rendimiento de una serie de jugadores universitarios que podrían ser claves en las próximas temporadas de la liga profesional de balompié de ese país.

Además, ha comenzado a asesorar a algunos clubes europeos; sobre todo, a los que buscan jugadores por el mundo. Porque, claro, si el sistema que utilizó en el béisbol es aplicable al fútbol, muchos clubes del viejo continente podrían ahorrarse el eterno ensayo y error en el que incurren año tras año al apostar por decenas de jugadores latinoamericanos, asiáticos o africanos; de los cuales, muchas veces, sólo uno o dos llegan a rendir en sus primeros equipos.

¿En qué equipos europeos está trabajando Beane por estos días? La verdad no es tan clara, pero hay una pista: este ex jugador de béisbol es un reconocido hincha de los ingleses del Tottenham. Habrá que poner atención, entonces, a lo que sucede en la Premier League.

 

Pasión y números
Más allá del presente de Beane, gracias a su experiencia y todo lo que hizo con Sabermetric en el béisbol, hoy se abre una puerta para aquellos que creen que incluso en algo con tantas variables y márgenes de error como el deporte, los algoritmos y estadísticas pueden ayudar o incluso reemplazar al olfato y experticia de viejos zorros como los cazatalentos del béisbol estadounidense o el de un tipo astuto como El Negro Sulantay.
En verdad, la discusión recién comienza y es bastante probable que ésta resulte tan o más larga que las polémicas entre menotistas y bilardistas o esas eternas charlas de café en las que tratamos de ponernos de acuerdo por el mejor de la historia entre Pelé y Maradona. Para algunos, estas controversias podrían aclararse a punta de un sistema de estadísticas como el de Beane. O el de Bielsa. En lo personal, prefiero quedarme con la relatividad que entregan los gustos y los -a veces inexactos- recuerdos. De otra manera, simplemente me aburre siquiera pensar en algún deporte.