En esta era la cultura es frecuentemente evaluada según a quién le da espacio, qué mensaje promueve o qué tan políticamente correcta es y no tanto por su calidad. ¿Hasta qué punto debe ser así?

  • 8 octubre, 2018

Ya no existen las reuniones sin peleas, incluso cuando se trata de amigos. Ahora todo significa demasiado. Todo. Obviamente la política, pero también nuestros géneros y la comida y lo que vemos en nuestra televisión. Nuestra. En agosto tuve una conversación con seis personas sobre HBO que se redujo a dos de ellas discutiendo Insecure, la comedia cocreada y protagonizada por Issa Rae sobre dos mejores amigas —Issa y Molly— en Los Ángeles. Acababa de terminar la tercera temporada en HBO y yo describiría mi tendencia a seguirla viendo como “lealtad exasperada”.

Las relaciones —de sororidad, heterosexuales o profesionales— están en el centro del programa. Pero en sus mejores momentos es una consideración satírica y astuta sobre cómo nuestra raza o etnia contamina nuestro ámbito laboral. Molly es abogada en un despacho mayoritariamente compuesto por personas negras que, debido a esto, se siente más obligado a atenerse a protocolos. Issa trabaja en una organización sin fines de lucro que pretende hacer algo bueno para estudiantes jóvenes latinos y negros aunque se conduce de manera autocelebratoria y con ciertas muestras casuales de racismo.

No siempre queda claro si la sátira tiene que ver justo con que la misma Issa Rae es negra. Mencioné esto en la cena al indicar que me costaba trabajo creer en el personaje como algo más que un esbozo de su conciencia.

Ese cuestionamiento de qué tan verosímil es Rae provocó una defensa iracunda del programa. “Se trata de su vida”, me dijo un amigo sobre Rae. “Ella trabajó mucho para que existiera el programa y es su historia. No puedes nada más decir que no le crees”.

Y ahí estábamos, dos hombres negros discutiendo cómo criticar el arte de una mujer negra.

Por un lado, él tenía razón. Rae trabajó mucho para que una productora seria llevara su comedia —junto con su cara, negra, y su cuerpo, negro— del internet a la televisión. Y lo logró y la gente lo celebra. Yo estaba comiendo sopa al lado de una de esas personas.

Lo que estaba implícito en su rechazo a mi comentario era el orgullo de poder corregir un error. Incluso en la que se considera como la “era de oro” de la televisión, con tantos personajes no blancos, queer y tantas mujeres, algunas a cargo de la producción, una comedia hecha por y para mujeres negras sigue siendo anómala. Entonces puede que Insecure sea una rareza que no puede disgustarte.

Pero, por el otro lado, ¿qué pasa si te disgusta? Mi compañero de cena insistía en que el quién y el qué que representa el programa importan más que si ese programa es bueno para mí. No podíamos tener una discusión sobre esto último porque era un lujo siquiera poder discutir este programa anómalo. Mi deseo por entretenerme era una afrenta al derecho a existir de la serie; el que sea moralmente bueno supera cualquier deseo de que sea mejor en una cuestión creativa.

La necesidad de proteger así a Insecure es similar al actual deseo de condenar a ciertos programas antiguos de televisión como Los Simpson, Friends o Sexo en la ciudad por tener momentos de racismo, homofobia, condenar la actividad sexual femenina y por ser extremadamente blancos. Issa y Molly merecen estar en la televisión porque, durante tanto tiempo, no estuvieron ahí.

Esta lucha en el mundo real y en las redes sociales que hemos librado en los últimos años sobre a quién le toca vivir en Estados Unidos y a quién le corresponde criticar (¡o enaltecer!) cómo es gobernado ahora se ha filtrado a nuestros debates sobre cultura. No tanto respecto a las obras en sí, sino a las leyes que dirigen esa cultura y la discusión que la rodea; qué artistas pueden hacer qué tipo de arte, a quién le corresponde discutirla. Hablamos menos sobre si alguna pieza es buen arte y nos quedamos atorados en si es bueno: bueno para nosotros, para la cultura, para el mundo.

Ya tenemos hasta términos preferidos para estas discusiones. Una persona que insulta, acosa o hace cosas peores es “problemática” y ciertas personas “problemáticas”, y sus obras, deben ser “canceladas”. Las cancelaciones recientes incluyen a Bill Cosby, a Kevin Spacey, a Louis C. K., a Roseanne Barr, a Kanye West, a Ian Buruma como director de The New York Review of Books, a Matt Lauer, a Woody Allen, a la comedia satírica de Netflix Insatiable (en este caso es una cancelación figurativa porque ya trabajan en la segunda temporada), al personaje de YouTube Logan Paul y hasta la sección de poesía de la revista Nation.

Las personas que te encantan pero que han tenido traspiés son “problemáticos favoritos”: Scarlett Johansson, el comediante Dave Chapelle, la cantante Cardi B, Justin Timberlake o M.I.A. Ellos no son cancelados, solo los bloquean temporalmente en lo que arreglan sus asuntos. A la gente que sabe quién lo vale, qué vale y cuándo lo vale ahora se le llama “woke”, consciente.

Se supone que esta nomenclatura está encargada del sorteo y la clasificación morales. Las listas de antes “Está de moda o no”, ahora son de “Es correcto o no”. A los individuos no necesariamente se les permite decir algo respecto a la cancelación o coronación de un artista o de su trabajo. Hay un termómetro social y todos deben vestirse según esa temperatura. Lo que es malo para algunas personas se califica como malo para todas y lo mejor es atenerse a eso para no ser tildado de problemático también.

Con ello surgen momentos de farsa como el rumor de que los premios Grammy prefirieron no nominar al músico blanco y popular Ed Sheeran en las tres principales categorías para que no hubiera una tormenta de críticas si es que llegaba a ganarles a Kendrick Lamar o a Childish Gambino. Es lo mismo que provoca que ahora los Premios Oscar parezcan una prueba de pureza moral y ya no tanto un evento de competencia artística. Las obras nominadas a distintos premios ahora son referendos sobre el estado moral de las industrias; su calidad es una consideración secundaria. Quizá las premiaciones ya se ven tanto porque nadie va a ver las películas nominadas y las transmisiones tienen un tenor demasiado político, sí. Pero quizá es porque nadie quiere ver cómo las industrias se enjuician a sí mismas.

Nada lo deja más claro esta mezcla confusa de activismo y crítica que el momento en el que algunos artistas le exigieron al museo de arte moderno Whitney durante su bienal de 2017 que destruyera una pintura que los había ofendido. El problema que tenían no era precisamente con la pintura, sino con quien la hizo. “Open Casket” (Ataúd abierto) de Dana Schutz mostraba a Emmett Till, joven negro que fue linchado, rodeado por tonos cafés. Es un trabajo deferencial y vago en comparación con otras obras de Schutz. Pero el problema de quienes protestaron era que la artista es una mujer blanca y por ello no tenía por qué pintar a un joven mártir negro; a decir de los manifestantes, no le tocaba contar esa historia.

El desacuerdo respecto a una pieza de cultura señala a dónde ha llegado el discurso cuando se trata de hablar de la cultura: a un punto muerto. Las conversaciones se dan de manera exasperada, el veredicto se emite rápidamente y de manera aparentemente absoluta. El propósito ya es proteger y condenar alguna obra no necesariamente por su calidad sino por sus valores. “Este arte o artista, este personaje, esta broma: ¿son malos para las mujeres, para las personas gay, para las personas trans, para quienes no son blancos? ¿El elenco es suficientemente diverso? ¿Esta exhibición en el museo incluye suficientes obras; las hay en su colección?”. Este tipo de preguntas sustituyen cada vez más la discusión de la obra de arte en sí.

Tiene sentido que haya una revisión tan cuidadosa. Los grupos antes marginados ahora se dan cuenta de que no tienen por qué seguir siendo marginados. Para ellos nunca ha sido aceptable estar rodeados de obras que los insultan o los alienan; la diferencia es que ahora pueden hacer algo al respecto. Han exigido que se les tome en serio y ahora que más o menos lo han logrado, no pueden evitar actuar en consecuencia.

Fue tan difícil ganar terreno que debe defenderse todo el tiempo, sin importar el costo. Hay que enmendar los errores. Quizá no pueden tener un efecto directo en la política social, pero pueden enmendar la cultura. Sin embargo, por más urgentes que sean estos correctivos, cancelaciones, anticipaciones y prescripciones de alguna obra, estas acciones empiezan a cobrar factura. Ahora es difícil saber cuándo estamos consumiendo arte y cuándo estamos realizando acciones de recursos humanos.

Censura y transición

En los últimos dos años en Estados Unidos se ha revertido lo que prevaleció en los treinta años previos. Las guerras culturales, como se les llamó en los ochenta y noventa, eran menos existenciales y más ideológicas. Los moralizadores solían ser personas blancas del ámbito político o del eclesiástico; su preocupación era que la televisión, las películas, los libros, los museos y la música exponían a las personas —particularmente a los jóvenes— a conceptos que pensaban inaceptables como el aborto y la lujuria. Por ejemplo, en 1988 los cristianos fundamentalistas prometieron boicotear cualquier cine en el que se exhibiera La última tentación de Cristo de Martin Scorsese por imaginarse a un Jesús casado, mortal y procreador.

También había boicots de grupos eclesiásticos y políticos al arte explícito en las fotografías de varones —hombres desnudos, hombres gays desnudos, hombres gays y negros desnudos— de David Wojnarowicz y de Robert Mapplethorpe. Al mismo tiempo en que muchas personas —incluidos, después, los mismos Wojnarowicz y Mapplethorpe— morían de sida y nadie en las esferas de poder decía más que “qué alivio”. Parecía que Estados Unidos decía “Nadie los echará de menos”, pues ellos no sentían el temor a Dios.

Las guerras culturales estaban más enfocadas en que cierto arte no fuera visto por niños. Ahora el pánico moralista fluye al revés: quienes moralizan son los jóvenes, no sus padres y la guerra no es sobre lo que alguna vez llamamos valores familiares, sino por que haya representación; para tener una siento en la mesa cultural según una raza, género u orientación sexual en los museos, la televisión, las películas. Lo que más se valora es la existencia de estas piezas y la pelea es para que nada obstruya esa existencia.

Antes todo tipo de artistas querían burlarse de las fronteras y hacer que se expandieran; se divertían al molestar a los conservadores y al poner a prueba qué tan libre era la libertad de expresión. Surgió un cine independiente queer, había un filme erótico casi cada mes. Tony Kushner escribió la obra Angels in America: Una fantasía gay sobre temas nacionales. Madonna estuvo en auge, y lo volvió a estar una y otra vez.

La crisis que había entonces era por el sexo. La de ahora es por el poder: su abuso, quién lo tiene, cómo se quita y a quiénes. El arte no tiene el privilegio de ser solamente arte por sí mismo; debe ser arte por el bien de la justicia. De repente, por razones muy distintas, quienes eran sujetos a la censura ahora promueven un mutismo algo similar a la censura. Hubo un cambio generacional hasta entre los jóvenes muy artísticos y quienes pretenden serlo. Quienes antes criticaban las pretensiones de censura ahora sienten que deben censurarse.

Entonces el arte toma menos riesgos y hay menos discursos que provoquen o causen impacto. Terminamos con una cultura cuyo valor artístico fue remplazado por juicios morales y la crítica es monotemática. Esto bien puede ser una forma de conseguir justicia social. Sin embargo, también nos quita aquello del arte que era tenso, desordenado, caótico y extrajudicial. Valida la vida, pero las obras y conversaciones sobre esas obras se tornan aburridas.

Por ejemplo, cuando me gradué de la universidad en los años noventa lo que se enseñaba para la crítica de un texto (película, libro o pintura) era su significado y su moralidad estética: ¿cómo trata a las mujeres, de qué manera las presenta? Y, debido a ella, ¿cómo las pensamos nosotros?

Casi no se discutía la biografía del autor o quién era. Estudiábamos la obra —sus estrategias, visión, herramientas, logros y problemas—, pero la historia personal de quien la hizo y sus intenciones no importaban: el texto era lo importante. En la última década, los cambios en el poder, la política, los medios, la educación terciaria y la economía, los llamados al reconocimiento y la representación parecen habernos transportado a una era postexto.

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