Por Felipe Forteza, gerente de marketing de CV galería
Foto: Verónica Ortíz
Año: 2079

  • 18 agosto, 2019

El arte y sus ciclos, siempre en constante movimiento. Avanzando y retrocediendo, una variable del ser humano y también de su faceta más artística. En 2079 no ha sucumbido como pensé que pasaría. Por el contrario, se ha valorizado enormemente, entendiéndose su trascendencia y lo que significa para las personas. Cómo las sana, las vigoriza, permite reflexionar, fomentar la creatividad y el conocimiento. En resumen, un bálsamo para el cuerpo, el alma y la mente. Me acuerdo lo que muchos pensaban sobre el arte hace cincuenta años: que no servía para nada, pero que igualmente no se podía vivir sin él.

Me detengo en lo persistente, lo eterno. El arte es la mayor manifestación creativa del ser humano para expresar sus ideales y valores, y a pesar de ser subestimado, permea hacia las generaciones futuras como la yerba que brota sin cesar por las paredes, aportado en cada período de nuestra existencia social. Un elemento evolutivo, que se expone por medio de recursos plásticos, sonoros, físicos o literarios. Esa frenética necesidad del hombre y la mujer por retratar el entorno, el miedo, el amor y las emociones, todas aquellas manifestaciones que inexorable y tristemente abandona el tiempo, dejando atrás personas, emprendimientos, conciencias y egos, pero perpetuando por medio de estas manifestaciones artísticas a nuestra raza.

En estos últimos años hemos visto cómo se ha consolidado la robótica, llegando a ser tan inteligente y mucho más rápida que los propios humanos. Cómo vivir sin ella, su eficiencia y servilismo. Los automóviles manejados automáticamente a distancia. Esa pequeña, pero floreciente civilización que nace en la luna, permitiéndonos ir de vacaciones a un lugar arisco, pero con la mejor vista: la Tierra.

Qué facil es hoy aprender idiomas, tocar un intrumento o bailar como Fred Astaire. ¡Un chip conectado al cerebro, download y ya: estamos tocando piano! La salud. El cáncer, el alzhéimer o el VIH el un vago recuerdo. La nanotecnología, la biotecnología y hasta frutas géneticamente modificadas que contienen los medicamentos necesarios que nos regeneran, han creado un impacto social hacia la mejoría de nuestra vida y el olvido de estas lacras. Sin embargo, es curioso ver partidos de fútbol o tenis formados por equipos de robots, donde las camisetas han sido reemplazadas por pantallas. Perdió mística, sí, pero al menos la ética mejoró.

En nuestras casas, los espejos de los baños se han convertido en pantallas, dando la posibilidad de ver quince o más canales simultáneamente. Qué decir de la pintura de nuestras paredes, que cambian de color con solo apretar un interruptor, estimulando la energía, la sensualidad, la felicidad o la calma.

¿Y el arte qué?

Una vez más se recicla. Años viendo cómo por medio de pantallas, y luego por la robótica,  se creaban solas sendas obras de arte, de acuerdo a los diversos programas de turno. Ver esos paisajes idílicos que aparecían ante mis ojos en minutos, composiciones perfectas que no dejaban de sorprender, pero también de apenar, sabiendo en lo más profundo de nuestro ser, que la creación era conjunta, 70% artificial, 30% humana. Uniendo la maestría de la máquina junto a la vaga, y a veces paupérrima creativad humana.

Pues bien, una vez más la tortilla se ha dado vuelta. Lo que pensamos olvidado ha renacido. Esos viejos pinceles, esas aguadas de tiempos préteritos, las instalaciones poco comprendidas han vuelto en gloria y majestad. Los cinceles para esculpir ya no están adheridos a los benditos robots cult, sino que han vuelto a ser manipulados por manos humanas y con sentiminetos no incubados en un laboratorio, sino generados con esa magia que nuestros antepasados supieron apreciar, pese al sudor y esfuerzo que les hacían padecer a sus creadores, pero con la satisfacción que los errores también son parte de la belleza, de la naturalidad y, por cierto, de la humanidad.