Con 23 años, Nicolás Jarry, nieto del extenista Jaime Fillol, alcanzó el puesto 39 del ranking ATP. Dice que el gran paso lo dio el año pasado, cuando aceptó que no es “normal” y que nunca lo va a ser, y se enfocó en agradecer las cosas buenas del tenis. “Si no me imaginara que puedo ser número uno del mundo, no haría nada”, dice. Aquí, una hora y media en la mente de la mejor raqueta de Chile.

  • 22 noviembre, 2018

Hace dos años, Nicolás Jarry (23) descubrió que era alérgico al gluten. Vivía con la nariz tapada, le costaba respirar y se cansaba mucho. “Siempre tuve poca resistencia. No soy bueno para correr, pero además me di cuenta de que tenía algo que me lo impedía”, cuenta la raqueta número uno de Chile. En un examen de sangre, le apareció el diagnóstico. Desde entonces dejó de comer todos los alimentos que contienen trigo: pastas, a excepción de las de arroz, harinas blancas y pan. Su rendimiento aumentó considerablemente, y por eso hoy solo come hamburguesas –lo que más le gusta– cuando tiene algo que celebrar, porque sabe que la alergia es inmediata. “No me costó porque tengo una buena motivación en mi cuerpo que me hace rendir. Es mi bencina”, asegura. 

Jarry sabe de disciplina. En época de giras, por ejemplo, si compite los dos primeros días, el tercero lo dedica a hacer preparación física y el cuarto viaja al siguiente torneo. Los tres días que siguen entrena en turnos dobles de una hora de tenis y otra hora y media de gimnasio por las mañanas y por las tardes. Y comienza todo de nuevo, una y otra vez. 

Su rigor, dicen, sumado al talento y la genética –es nieto del ex número uno nacional, Jaime Fillol–, lo tienen en su mejor momento profesional: avanzó 61 puestos en el ranking ATP en 2018 hasta ubicarse 39 del mundo. 

Jarry está de paso en Chile. Vino de vacaciones: viajó a Iquique con su polola, a San Pedro de Atacama con su familia, y se quedó una semana en la casa de sus padres en Lo Barnechea antes de retomar su entrenamiento, el lunes pasado. Vestido con ropa deportiva para tomar las fotos en una cancha –porque cuando descansa no juega tenis–, Jarry dice que jamás esperó estar donde está. Menos aún porque hasta hace poco no había menores de 25 años en el top 100, como sí ocurría 20 años atrás. 

-¿Crees que vas a ser número uno del mundo?

-Puedo creerlo, me lo imagino. Si no me lo imaginara, no haría nada. No veo por qué la gente haría algo donde no cree que puede ser lo mejor que hay. 

El extenista Fernando González, amigo de Jarry, señala al respecto: “Tiene las condiciones como para ser número uno. Ahora, es un trabajo súper largo. Pero lo más importante es que tiene la capacidad y la disciplina para ser un jugador top durante mucho tiempo”.

Jaime Fillol, quien lo inició en el deporte, asegura: “Ha sido un año de mucho crecimiento para él, de valorizarse como tenista de primer nivel. Esas vivencias desde la experiencia le han ido fortaleciendo su carácter. Pero todavía tiene mucho que avanzar. Debe mejorar su consistencia en buen rendimiento, ser más parejo, que es lo que uno ve en jugadores que dominan. Esa es una cuestión casi genética que se va dando, que algunos lo tienen, y que es difícil de entrenar. Yo no fui número uno. Eso fue lo que me faltó”. 

 

Control mental

Nicolás Jarry participó en 26 torneos en 2018. Aunque en temporadas anteriores había jugado más copas, este año terminó, por primera vez, cansado: los últimos partidos no los jugaba con la misma pasión, reconoce. “Logré tantas cosas que nunca había pensado, y tantas ‘primera vez’, que siempre quería estar bien y me exigía más de la cuenta, en vez de decir, ‘es un torneo más’. Porque es un ATP, que no lo tuviste nunca antes, pero que también vas a seguir teniendo. Debes lograr el equilibrio entre relajar un poco o meterle…”.

Cuenta que la final del ATP de Sao Paulo –la primera de su carrera– es lo que le trae mayor orgullo, más allá del triunfo sobre Dominic Thiem y Marin Cilic (8 y 6 ATP). Estaba nervioso. Sabía que estaba enfrentándose a uno de los mejores jugadores de arcilla, el italiano Fabio Fognini (20 ATP), y venía muy cansado. Ganó el primer set 6-1 en muy poco tiempo. Pero en el segundo se empezó a poner tenso. “Se me atascó un nervio en el codo que no me dejó sacar de la manera que hubiese querido y, sumado a la tensión, me bajoneé un poco. Luché hasta el final y perdí 6-4. Fue un partido muy peleado, jugué a un gran nivel y quedé muy contento. Era un logro muy grande y para el que me había preparado toda mi vida”, dice.

-¿Cómo manejas la cabeza?

-Son millones de cosas que hay que tratar de manejar: mantenerte positivo, concentrado, no picarte, los nervios, la ansiedad… Pero todo se hace de a poco y no lo podría haber hecho sin mi equipo. 

Jarry trabaja con las mismas personas desde que tiene 17 años: dos entrenadores –su tío, el extenista Martín Rodríguez, casado con Natalia Fillol, y Walter Grinovero–, además de un kinesiólogo que lo acompaña en los viajes, otro que está acá, un preparador físico y un psicólogo. “Como ellos trabajan con otras personas también, tengo que ver con anticipación quién puede acompañarme a cada gira y adaptar el equipo a lo que necesito o busco en ese momento: si es tenis, si es físico, si es mental”, explica. 

-¿Qué pasa cuando tienes muchas expectativas y no te va como esperas?

-Es que ya cuando se me mete un poquito de expectativa, el rendimiento baja considerablemente. 

-Pero es inevitable tener expectativas. Me imagino que llegas a cada partido esperando ganar.

-No, es lo que uno tiene que evitar. Hay que ganarle al miedo a perder. El problema no es no ganar, sino perder, porque es tanto el sacrificio que uno quiere resultados. Pero en el tenis, uno pierde mucho más de lo que gana. Si estás con esa mentalidad, no vas a durar ni dos años. Esa es la lucha: que el partido no te defina.

-¿Y logras controlarlo?

-Es lo que peleo principalmente, pero es el gran paso que he dado para estar donde estoy.

 

“Tuve que aceptar que no soy normal”

A los 10 años, el nieto mayor de Jaime Fillol recibió una invitación de su abuelo: acompañarlo a Wimbledon a una reunión. Partieron los dos solos. “Nos quedábamos juntos en el hotel y entrenábamos. Yo siempre me vestía de blanco –imitando al abuelo–, y lavábamos la ropa en la pieza porque uno viaja con un par de tenidas, que usa varias veces. Desde chico me enseñó a lavarla en la ducha, y todavía lo hago”, cuenta Jarry. “Y a ser una buena persona. Es lo que más me llamaba la atención de él”, dice. 

De ese viaje guarda un recuerdo que está en el living de la casa de los Jarry Fillol: un libro de Wimbledon con la firma de Roger Federer, Rafael Nadal, Guillermo Coria, Andy Roddick y otros top 10.  Tiene además una polera autografiada por Andre Agassi, Pete Sampras, John McEnroe, entre otros, que le regalaron sus padres hace algunos años; las credenciales de los torneos en los que ha participado y varias copas. 

De niño, Nicolás Jarry practicaba todos los deportes posibles: estaba en la selección de fútbol del colegio Monte Tabor; jugaba rugby por la Universidad Católica; hizo gimnasia artística en el Club Manquehue y esquiaba en nieve durante los inviernos. “Siempre supe que me iba a dedicar a alguno, pero no sabía a cuál”, cuenta. 

En el tenis había partido antes. Apenas aprendió a caminar tomó su primera raqueta, y no la soltó más. Entrenaba en la UC –en esa época, aclara, Jaime Fillol ya no estaba metido en Campeones para Chile– y de ahí se fue a la academia de Horacio de la Peña, cuando Martín Rodríguez se retiró y comenzó a entrenar en ese centro. “En cierta forma ya quería ser tenista profesional, pero nunca me lo dije porque es algo muy difícil. Por eso fui paso a paso, confiando en mi equipo”. 

-¿Te sentiste presionado para ser tenista? 

-No, en mi familia siempre me dejaron ser. 

-¿Tu abuelo te advirtió sobre lo difícil que es ser deportista profesional?

-No, nada. Para mi abuelo, ser tenista es vivir de vacaciones. Cosa que yo no veo así (ríe). 

-Marcelo Ríos dijo que nunca fue feliz jugando tenis y Fernando González, que fue un alivio su retiro. ¿Eres feliz jugando tenis?

-Es que hoy en día por las redes sociales uno sabe mucho de lo que se pierde, y eso te juega en contra. Porque una característica humana es que uno siempre quiere lo que no tiene. 

-¿Qué es lo que más echas de menos?

-Creo que ya logré aceptar todo. Ese fue el gran paso que di el año pasado: aceptar que no soy normal, que nunca voy a tener una vida normal, pero es lo que tengo. Y dar gracias que tiene muchas cosas positivas. Si yo quisiera me podría retirar ahora y vivir bien por el resto de mi vida, y eso que tengo 23 años. Y cada año que pasa, cada sacrificio, va a ser calidad de vida para mi futuro. 

-¿Cómo administras tus platas? Se estima que este año ganaste más de 1,2 millones de dólares…

-Desde chico yo me veo todo. Hasta este año, toda la plata que ganaba la invertía en mí, en viajar con más equipo, en un avión más cómodo, incluso en volverme al día siguiente cuando termino un torneo, independiente del costo del pasaje. Esas son mis inversiones y es mi salud. Ahora, este año que he ganado más, tengo que sentarme a ver los números y decidir qué hago con eso, si pasárselo a un tercero o verlo yo. 

-¿Te da miedo que el futuro de tu carrera dependa tanto de tu cuerpo?

-No, porque es full control mío.

-Pero te puedes esguinzar, hace dos años tuviste una lesión en la muñeca… 

-Es que eso te pasa por sobrecarga o descompensación de tu cuerpo. Si estás al tanto de los síntomas y corrigiendo cada mal movimiento, no te va a pasar. Nunca me ha pasado nada, excepto la lesión de la muñeca, que fue por una caída (y lo hizo retroceder 400 puestos en el ranking). Y el gran porqué es todo el trabajo que le llevo metiendo fuera de la cancha a mi cuerpo. 

 

El paso

En el colegio, Nicolás Jarry tenía buenas notas. “No porque soy inteligente”, dice, “sino mateo. Me sentaba atrás en una esquina y no conversaba con nadie”, asegura. A los 15 años se trasladó con su familia a vivir a Miami, por el trabajo de su padre, Allan Jarry. El primer semestre que debía esperar para iniciar el año escolar gringo se dedicó a entrenar, viajar y competir en distintos torneos. Y le empezó a ir bien. Asistió un año a clases y cuando le quedaba un semestre a su familia para regresar a Chile, decidió que se dedicaría al tenis: bajaría las horas de estudio y aumentaría las de entrenamiento. Tenía 16 años. 

Hasta entonces sabía que no estudiaría en Chile, sino en una universidad en Estados Unidos, con beca deportiva. Pero la regla para las instituciones es que no pueden reclutar deportistas profesionales, solo amateur. Jarry firmó en Miami su primer contrato con Wilson, y con eso desechó la posibilidad de la beca. Ya no había vuelta atrás. La única exigencia de su padre fue que terminara el colegio, aunque fuera por internet. 

Regresó a Chile a vivir con su entrenador, Martín Rodríguez, mientras estudiaba online. Pero el sistema no le funcionó: tenía que conectarse a diario cinco horas, y cada vez que no lo lograba se le acumulaban las tareas para el día siguiente. Así que volvió al colegio a terminar cuarto medio. 

-Dicen que eres reservado, de pocas palabras. ¿El tenis te ha vuelto más solitario?

-Tanto tiempo estar solo aprendí a mirar más, observar a las personas. Pero por suerte la soledad no es un problema. Por lo menos ya no lo es, aunque sí lo fue antes. Siempre estás solo, pero tienes que ir y hacerte amigos, que no es lo mismo que ir con tus amigos o familia. Pero me las puedo arreglar bien. 

-¿Tienes hartos amigos?

-Hartos, no sé por qué. Yo creo que me quieren porque no molesto a nadie. 

Este año, su hermana Belén lo acompañó en la final de Sao Paulo, la única de la familia que pudo hacerlo. Sus padres lo fueron a ver a un torneo. “Mi papá trata de programar reuniones en los mismos lugares donde estoy”, cuenta. 

Dos de sus hermanos menores son fanáticos del tenis. Diego, que tiene 15 años, ha considerado dedicarse.

-¿Qué le aconsejas tú?

-Sigo con la misma mentalidad que me dieron mis papás: hacer lo que uno quiere, pero hacerlo bien. No es dedicarse para no ir a estudiar.

-¿Ser Fillol te ha abierto puertas, o lo sientes como una presión?

-Hablo de mi abuelo cuando me acuerdo de él, pero nunca me ha hecho ni bien ni mal. 

De hecho, cuenta, hace algunos años le pidió que dejara de opinarle sobre su juego porque tenía a su propio entrenador. “Fue bien difícil porque es mi abuelo. Pero hay que intentar mezclar lo menos posible las cosas. Hubiera sido distinto si él hubiera estado conmigo 24/7, pero no es fácil cuando uno tiene una carrera profesional. Él siempre me felicita y me da su opinión. Pero de diferente forma: no como entrenador, sino como abuelo, que es lo que le pedí”, asegura. 

“Me encantaría meterme más adelante a la federación, hacer un verdadero cambio”

-¿Qué opinas sobre el trabajo que hace la Federación de Tenis? Porque tanto Marcelo Ríos, como Nicolás Massú, Fernando González y tú han tenido la suerte de tener una familia que los pueda apoyar con los recursos para poder viajar… 

-Unos tienen más suerte que otros, pero yo creo que si es que uno quiere algo de verdad, lo puede hacer. Tengo el ejemplo de mi tío, que estudió dos años en la universidad y se dedicó al tenis. Su papá le compró un pasaje y se fue a Francia. Les pedía a amigos que le guardaran las cosas y él dormía en la calle. Le debió plata a mucha gente y de a poco fue jugando los torneos y matándose físicamente para ser tenista. Llegó a estar 71 del mundo y 14 en dobles. Y ahora es mi entrenador. Si es que uno quiere, puede. Es cosa de la cabeza y del corazón que uno tenga. 

-Hace dos años compartiste una carta en contra de la directiva, junto a González, Massú, Hans Podlipovik, entre otros… Tienes una postura crítica sobre cómo se administra la federación… 

-Me encantaría meterme más adelante a la federación, hacer un verdadero cambio y aportar mucho en el tenis. Por ahora estoy haciendo todo lo que puedo en lo que me toca, que es ir a entrenar. Hay gente que sabe mucho más que yo cómo se manejan las cosas. Yo no estoy al tanto, trato de involucrarme la semana que estoy en Chile en la Copa Davis. Pero es solo esa semana. El resto del año soy Nicolás Jarry, juego el circuito ATP, ese es mi trabajo y la mejor manera que aporto al tenis chileno. 

 

Chino Ríos y los ídolos

-Cuando Marcelo Ríos llegó a ser uno del mundo tenías dos años, ahora trabaja contigo en la Copa Davis. ¿Cómo es tu relación con él?

-En la Copa Davis tuve el honor de conocerlo bien, así como de trabajar con Nico (Massú), que es increíble toda la energía que te transmite adentro de la cancha y en la semana antes. Con Fernando González he tenido mucho más contacto y desde antes: cuando yo vivía en Estados Unidos, él jugó su último campeonato en Miami. Jugamos un set y fue una muy buena sensación que yo le sirviera para entrenar. Desde entonces me ayuda y cada vez que tengo una duda, le pregunto. 

-¿Y el Chino Ríos, en qué te asesora?

-No hablamos mucho fuera de la semana de la Copa Davis. Nos admira a todos como equipo y nos tiene mucho cariño, al igual que nosotros a él y es un gran aporte. 

-¿A qué tenistas admiras?

-A mí me gustan más los luchadores, que es una capacidad que no tengo y he tenido que estar forjando de a poquitito. A una persona que admiro mucho es a un italiano, Paolo Lorenzi, que tengo el privilegio de que ahora sea un jugador más del equipo. Una persona de 37 años, cuya vida es el tenis y tiene una pasión por el deporte incomparable. Al Chino, todo lo que hacía le salía muy natural. Le cuesta la manera de decírtelo porque es como decirle a una persona que nunca ha andado en bicicleta “súbete y anda”. No hay tanta lógica. En cambio, Massú es alguien que sí tuvo que luchar y pasar por muchas frustraciones para llegar a ser lo que es él. Es lo que a uno más le ayuda. Por eso también admiro a Lorenzi. 

-¿Y a las grandes figuras mundiales: Djokovic, Nadal, Federer?

-No. Me encantaría jugar contra uno de ellos porque estás jugando contra los mejores de la historia. Pero no es que me obsesione por ellos, o los idolatre.