• 16 abril, 2008

Benedicto XVI es osado cuando plantea que no es la ciencia el verdadero motor de la transformación del mundo, sino el amor. Por Fernando Chomali.

El Papa Benedicto XVI entregó una nueva Encíclica. En la primera habló sobre el amor, ahora nos habla sobre la esperanza. Me parece tan lúcida que he querido comentarla en esta sección porque estoy cierto de que nos puede ayudar enormemente a centrar nuestro trabajo, nuestros empeños y desvelos de una manera nueva y que, estoy cierto, nos puede llevar por caminos insospechados. Espero que este artículo los lleve a leerla y a meditarla, ya que creo que será de gran ayuda para sus vidas. El Papa postula que la época moderna, con los descubrimientos de la ciencia, ha modificado profundamente la percepción de la esperanza. El hombre, consciente de los cambios que puede realizar con el poder que tiene sobre la naturaleza, se ha orientado a las ideologías del progreso humano y ha relegado la fe a la esfera de lo privado. Eliminando a Dios del horizonte de comprensión de su vida, de su razón y libertad, el hombre se ha privado de la verdadera esperanza.

El Papa postula que sin esperanza se matan las ganas de vivir, la creatividad y la alegría de ser creyente. La esperanza a la que se refiere es Dios mismo, la que se debe distinguir de las pequeñas esperanzas por las que nos movemos día a día y que, cuando las convertimos en absolutos, terminan necesariamente ahogándonos en la desesperanza, porque no logran satisfacer al hombre en sus necesidades más profundas.

El Pontífice nos dice que la esperanza cristiana nos aclara de un modo nuevo nuestra fe en Dios, el sentido de nuestra vida y del progreso humano en la Historia. Dicho de otra manera, nuestra vida y la Historia serán plenamente vividas en la medida en que se inserten en el contexto de la esperanza que las anima. En efecto, a partir de la esperanza en Dios, fruto del encuentro con El, el hombre descubre que su vida tiene un sentido trascendente y que no termina en el vacío y en la nada. Así, el presente, lo cotidiano está impregnado de la dimensión de futuro, Dios mismo, lo que la cualifica de un modo nuevo. Es muy distinto vivir, trabajar, emprender, si nos mueven la certeza de que todo tiene un sentido o la de que sencillamente terminará en nada.

La esperanza tiene una dimensión social, dado que se funda en el amor de Dios y restaura los lazos de los hombres entre sí. Este vínculo de los hombres es la fuerza capaz de transformar el mundo.

Benedicto XVI es osado cuando plantea que no es la ciencia el verdadero motor de la transformación del mundo, sino el amor. Por ello, insiste en que es Dios mismo la gran esperanza del hombre, amor que nos compromete respecto de los demás y a preocuparnos, por amor a Dios, de los demás. Allí está su tarea primordial, al punto que está llamado a convertirse en servidor de la esperanza.

La pregunta que uno ha de plantearse a la luz de lo dicho es si la sociedad en la que vivimos nos da esperanza o temor. Y veremos que más bien estamos atemorizados. Y la razón última de esta forma de vida tan desesperanzada hunde sus raíces en un cierto conformismo respecto a nuestros proyectos, que no alcanzan a ser una respuesta adecuada a nuestro deseo de felicidad que, como muy bien nos lo recuerda Benedicto XVI, se halla en Dios y en el sentido trascendente de la vida que El le puede dar.

Pero hay algo más que quisiera rescatar de esta hermosa encíclica. El Papa se refiere al sufrimiento humano en la perspectiva de la esperanza. Nos dice que sólo mirando a Cristo en la cruz es posible entrar en el misterio del sufrimiento. Nos dice además que en el plano social la presencia del sufrimiento en el mundo es la apertura a la esperanza en la medida en que uno acepta al que sufre, dado que ese sufrimiento constituye la medida de nuestra humanidad. Mientras Occidente no quiere saber nada del sufrimiento y de la muerte, respondiendo a ello con la eutanasia y la eliminación de los no nacidos que vienen con defi ciencias físicas, el Papa nos recuerda que esos son los signos preclaros de una sociedad cruel e inhumana. Me pregunto: ¿qué sacamos con tanto progreso material si no va acompañado de un auténtico progreso humano que implica hacerse cargo del dolor y del sufrimiento del otro? Me pregunto: ¿vamos por buen camino cuando tan preocupados del éxito, el cual se inculca a temprana edad, dejamos de lado la pregunta por el sentido que puede tener el sufrimiento? Preguntas abiertas que, si queremos ser fi eles a nuestra condición de seres humanos, no podemos soslayar.