• 29 abril, 2009

Cuando se habla de crear una cultura de la solidaridad, es necesario considerar en primerísimo lugar la importancia de un trabajo personal de calidad. Profesores que hacen buenas clases, periodistas que informan oportunamente, choferes responsables, etc.

El amor al trabajo bien hecho Siempre recuerdo con alegría mi primer trabajo “profesional”: recién pasados los 18 años ingresé como tarjador en una empresa exportadora de fruta. Me inscribí en la misma AFP de mi papá, supongo que en la convicción de que la elección de un hombre más sabio que yo sería la correcta. Recibí mi primer sueldo y le regalé unos chocolates a mi mamá. Mientras trabajaba para pagar una bicicleta, comprendí que muchos otros en ese caluroso verano de 1988 estaban en la empresa para salir de la cesantía por unos meses. A veces las jornadas eran agotadoras, especialmente en el turno de 23.30 hasta las 8.00 del día siguiente. Tuve largas conversaciones con algunos compañeros: el Guatón Boin, el Grande, Larrosa y un par de estudiantes universitarios. Al verano siguiente volví a la misma empresa, después de un año de estudios universitarios. ¡Cuánto agradezco la posibilidad laboral y de crecimiento personal que tuve en esa pequeña “universidad” de verano!

Mayo es un mes que comienza en un día siempre especial: el 1 de mayo. No se trata de un número obvio, sino de un símbolo: en todo el mundo significa el Día Internacional del Trabajo, para conmemorar el movimiento obrero que a fines del siglo XIX demandó jornadas laborales de 8 horas diarias, y que partió con una gran manifestación en Chicago el primer día de mayo de 1886. Las décadas y los siglos siguientes han tenido posibilidades múltiples para recordar la fecha: marchas de trabajadores, manifestaciones de mejora salarial, propuestas legales, discursos de futuro o pasados de moda, querellas sindicales, utilización política de los eventos.

Prácticamente todas las doctrinas e ideologías ponen una atención especial en el trabajo humano. Por ejemplo Marx, en su famoso Manifiesto del Partido Comunista, sostenía que “el precio medio del trabajo asalariado es el mínimo del salario, es decir, la suma de los medios de subsistencia necesarios para mantener con vida al obrero en cuanto tal”. León XIII, en Rerum Novarum promovía la superación del conflicto entre capital y trabajo y orientaba sobre las condiciones para una vida laboral justa. Anthony Giddens, el teórico británico de la Tercera Vía, expresa en su libro del mismo nombre la necesidad de que el trabajo femenino sea compatible con la vida familiar. El 1 de mayo es una gran oportunidad para repensar el valor del trabajo humano. Se trata de un modo de ganarse honestamente el sustento personal y de la familia; constituye una oportunidad para desarrollar la propia vocación profesional; también es una forma de contribuir a la sociedad a través de los talentos y la formación que se ha recibido. En un sentido más trascendente, para los cristianos el trabajo también constituye el medio ordinario de santificación personal, según ha recordado el Concilio Vaticano II con especial fuerza. Todas estas dimensiones no son excluyentes, sino complementarias; no significan una reducción de la importancia del trabajo profesional, sino la consideración de su inmenso valor de servicio a la sociedad.

Cuando se habla de crear una cultura de la solidaridad, es necesario considerar en primerísimo lugar la
importancia de un trabajo personal de calidad. Profesores que hacen buenas clases, periodistas que informan oportunamente, choferes responsables, legisladores estudiosos, carabineros que cuidan a la población, agricultores, banqueros, futbolistas, médicos, en fin, personas de las más variados oficios que luchan por una sociedad mejor, ni más ni menos que realizando bien sus labores cotidianas. No es perfeccionismo maniático, sino auténtico sentido de servicio. No significa desconocer las propias limitaciones, sino luchar por superarlas con el ejercicio cabal de las capacidades y talentos que se poseen.

Cuando Juan Pablo II visitó Chile en 1987 pronunció un gran discurso en la CEPAL, donde habló con toda claridad sobre las claves para el desarrollo de los pueblos: “las causas morales de la prosperidad son bien conocidas a lo largo de la historia. Ellas residen en una constelación de virtudes: laboriosidad, competencia, orden, honestidad, iniciativa, frugalidad, ahorro, espíritu de servicio, cumplimiento de la palabra empeñada, audacia; en suma, amor al trabajo bien hecho. Ningún sistema o estructura social puede resolver, como por arte de magia, el problema de la pobreza al margen de estas virtudes; a la larga, tanto el diseño como el funcionamiento de las instituciones reflejan estos hábitos de los sujetos humanos, que se adquieren esencialmente en el proceso educativo y conforman una auténtica cultura laboral”. El mensaje es claro: amor al trabajo bien hecho.

Un nuevo 1 de mayo nos invita a pensar en la historia y también a proyectar el futuro. Nos llama a tener muy claro el sentido del trabajo, en la conciencia de que ahí reside en gran medida el bien de la sociedad.