Peter Richards es alto y delgado. Parece una torre, siempre elegante y amable. Lo he visto en catas en Londres y llama la atención su figura, que mira a casi todos desde arriba, con una sonrisa nada presuntuosa. Imagínense lo que habrá sido cuando en 1999, por una de esas vueltas del destino, terminó recorriendo […]

  • 8 marzo, 2013
Peter Richards

Peter Richards

Peter Richards es alto y delgado. Parece una torre, siempre elegante y amable. Lo he visto en catas en Londres y llama la atención su figura, que mira a casi todos desde arriba, con una sonrisa nada presuntuosa. Imagínense lo que habrá sido cuando en 1999, por una de esas vueltas del destino, terminó recorriendo bodegas y viñedos en Chile. Se iniciaba como periodista en una publicación para gringos en Santiago y de pronto un trabajillo extra incluyó visitas a bodegas. Le quedó gustando. Y después su jefe le propuso que hiciera una guía de viñas nacionales. Debe haber sido una silueta extraña verlo llegar a viñedos en medio de ninguna parte, tras cruzar caminos polvorientos, subiendo y bajando lomas en el campo chileno.

Nunca llegó a publicarse la guía, pero lo recorrido y lo bebido no se lo quitó nadie. De vuelta a Inglaterra se convirtió en Master of Wine (MW) y en 2006 escribió un premiado libro llamado Wines of Chile, probablemente el mejor libro en inglés sobre vino chileno (y, la verdad sea dicha, en español tampoco tiene muchos competidores). Escribe en Decanter, la revista de vinos más influyente de Gran Bretaña, y una de las más importantes del mundo. Es un presentador regular en el show de BBC1 Saturday Kitchen, un programa de culto, donde recomienda vinos que suelen subir sus ventas luego de que los elogia y tiene además un popular blog junto a su mujer, también MW (www.susieandpeter.com).

“Soy afortunado de haber vivido y trabajado en Chile lo suficiente como para conocer bien al país”, dice desde Inglaterra. “Me siento en casa en Chile. Si no lo visito por mucho tiempo, lo echo de menos casi como a un hogar”. Aparte del vino de esta franja de tierra, le gustan los pescados y mariscos, el clima y los paisajes “También el fatalismo alegre de la gente”, añade. Cosas que le disgustan: el smog de Santiago, la brecha social, el sistema de la señal de tráfico rural y el pastel de choclo. “Ah, y esas aceitunas furtivas en las empanadas ”.

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Richards es un gran embajador del vino chileno. Hace poco escribió un artículo de portada en Decanter, donde aplaude la nueva ola del vino nacional, con productores que se están atreviendo a innovar. Y recientemente participó en un taller organizado por Santa Rita en Inglaterra sobre vinos chilenos y argentinos: “Como el año pasado, el taller estuvo muy concurrido durante los dos días que duró; de hecho, tengo entendido que hubo muchos más inscritos de lo esperado y había una lista de espera. En el Reino Unido hay un interés genuino y ansias por conocer lo que está sucediendo en el vino sudamericano. Eso es una buena señal”.

-¿Cómo definirías el momento que está viviendo el vino chileno?

-Yo diría que estos son tiempos excitantes para Chile, pero también inciertos. Excitantes, porque lo que Chile ha logrado en los últimos 15 años ha sido increíble. De ser un país productor de vinos en gran parte predecible, Chile ha sabido impregnar su oferta de vino con diversidad, emoción y calidad. Y se ha demostrado que existe un potencial para mucho más. Hay nuevas regiones de alta calidad. Nuevas variedades. Nuevos estilos. La velocidad del cambio en el vino chileno es alucinante. Y ahí es donde entra en juego la incertidumbre. Este es un momento crítico en la evolución del vino chileno. Si las prácticas correctas, la disciplina y la visión a largo plazo son implementadas ahora, Chile tiene un gran futuro. Pero si las metas a corto plazo tienen prioridad –es decir, sólo obtener un beneficio– entonces el futuro a largo plazo del vino chileno corre el riesgo de ser socavado. ¡Y sé que esto puede sonar extraño a los lectores de una revista de negocios! Pero el vino no es como otros asuntos. Sí, tiene que ser comercialmente sostenible. Pero el gran vino necesita visión y paciencia. Los grandes terroirs de Borgoña no fueron construidos por hombres de negocios. Estaban protegidos por los monjes, por viticultores tenaces, y llegaron a ser reverenciados por los consumidores exigentes después de muchos años de calidad consistente. Una vez que un vino alcanza la grandeza, tiene grandes beneficios no sólo para los propietarios sino para toda la región y el país. Es una meta a la que Chile debe apuntar.

-Hace poco The Wine Advocate hizo un reporte de los vinos chilenos. Los puntajes en general fueron mediocres y el autor, Neal Martin, criticó la falta de diversidad. ¿Qué piensas al respecto?

-Aunque hablé con el autor del informe antes de su publicación, y también escuché las reacciones desde Chile, no he leído el artículo todavía, así que no puedo comentar los detalles. Lo que voy a decir es que Neal es un excelente catador, un trabajador duro y con pleno derecho a sus opiniones. Yo respeto su trabajo, sobre todo sobre los vinos de Burdeos. Pero me temo que no entiendo muy bien cómo alguien puede emitir un juicio radical sobre los vinos de un país con relativamente poca experiencia y conocimiento en terreno. Hay que tomarse en serio el asunto. Con Neal escribiendo sobre Chile, Argentina, España, Sudáfrica y Burdeos, es demasiado. Ya es bastante difícil cubrir uno de esos países (o regiones) con profundidad durante un período constante. Parece que tiene que ver más con la agenda de la revista The Wine Advocate que con realmente ofrecer a sus leales lectores un comentario debidamente autorizado. Pero esa es otra cuestión…

-Hay una nueva escena alternativa de vinos chilenos, con gente como Louis-Antoine Luyt y vinos como Villalobos, Laberinto, Montsecano, etc. ¿Cuál ha sido el aporte de estos pioneros?

-En el vino, como en todo gran arte, necesitas rebeldes e iconoclastas. Se necesitan personas dispuestas a correr el riesgo. Para empujar los límites. Para desafiar la opinión aceptada. El vino chileno, hace 20 años, tenía una urgente necesidad de innovación. Estas personas, y otros como ellos, han tenido éxito en la inyección de interés y emoción en el paisaje vitivinícola chileno. Cualquier escena de vino saludable necesita esos peculiares productores pequeños junto a las marcas establecidas más grandes. No sólo para servir a consumidores diferentes, sino para juntos ayudar a construir una imagen y una reputación como país productor de vino. Chile necesita más de ellos, al igual que necesita a sus grandes productores, para continuar innovando y mejorando. Es un círculo virtuoso.

-Junto a esa nueva ola independiente, también han aparecido ejemplos de renovación en la industria. Por ejemplo, lo que hace Marcelo Retamal en DeMartino; Tara, la nueva marca de Ventisquero y RE, la bodega creada por Pablo Morandé. ¿Son señales de que hay un cambio o revolución en camino?

-Las revoluciones son un desperdicio. Crean cismas, la energía y el impulso se pierde; puede ser positiva, pero raramente sólo entregan cosas buenas. Evoluciones sanas, por contraste, son más beneficiosas. Creo que el vino chileno está evolucionando de una manera saludable. Los productores tradicionales se están dando cuenta de que necesitan innovar para mantenerse con vida. Es lo mismo en cualquier otra línea de negocio: usted sólo va a sobrevivir si es tan bueno como su mejor competidor, y si al menos lo hace tan bien como el año pasado. Los grandes productores aún deberían dar más libertad a sus enólogos para innovar y experimentar dentro del portafolio de la compañía, pero está sucediendo, y eso es bueno. Los más pequeños están innovando, haciendo ruido y produciendo algunos vinos brillantes. En conjunto, se logra una escena de vino dinámica, tal vez una de las más dinámicas en el mundo ahora mismo.

-Se suele decir que el problema de Chile es que tiene una imagen aburrida. ¿Es cierto? ¿Qué se puede hacer para cambiar esa visión?

-Es una imagen obstinadamente persistente pero que ahora está obsoleta. ¡El problema es que las opiniones toman mucho tiempo para cambiar en el mundo del vino! De ahí la importancia de la educación, de llevar el mensaje sobre la dinámica del nuevo y moderno Chile al mundo, invitando a la gente a degustar estos vinos brillantes y reevaluar sus opiniones. Lo anterior necesita un esfuerzo concertado de parte de la industria. Si nos fijamos en lo que hizo a Australia exitosa en la década de 1990, fue un convencimiento colectivo e individual de que era posible, un compromiso absoluto con la calidad de su producto y el deseo de divertirse y recordar que el vino es, en última instancia, sobre disfrute y la sociabilidad. Y luego llevaron ese mensaje al mundo. No te olvides de que el vino australiano solía ser el hazmerreír en el Reino Unido. Al cabo de dos décadas estaba en camino de ser el país productor de vino más vendido en Inglaterra.

-La gran innovación del vino chileno en el último tiempo ha sido la búsqueda y descubrimiento de nuevos terroir, valles costeros como Leyda, o Talinay y Quebrada Seca en Limarí, Paredones en Colchagua y sectores más al sur, incluso tan australes como Malleco. ¿Cuál ha sido la recepción en Inglaterra sobre estos nuevos territorios?

-Positiva. La gente siempre está abierta a los vinos de calidad, vengan de donde vengan. Y es muy importante para los vinos tener historias que contar. El descubrimiento de nuevos terroirs es una gran historia, sobre todo cuando los vinos son tan buenos como los de las áreas que has mencionado. Por supuesto, Chile no debe quedar demasiado atrapado en tratar de descubrir constantemente la última “moda” de terroir. Para expresar realmente un terroir necesitas años y años de experiencia, de puesta a punto, etc. Pero cuando ves los vinos de zonas nuevas con el tipo de potencial que esos sectores y otros están mostrando, entonces no puedes dejar de emocionarte. .

-Algunos críticos, como Joshua Greene de Wine & Spirits, piensan que lo que el mercado internacional pide es distinción, diferencia, vinos únicos y no estandarizados. ¿Estás de acuerdo? ¿Qué deberían hacer las grandes viñas chilenas para adaptarse a esa tendencia?

-Sí y no. No puedo comentar sobre la declaración exacta de Joshua porque no la he leído. Pero siempre debemos recordar que hay muchos mercados para vinos diferentes. En la parte más básica, la gente sólo quiere un producto funcional que no sepa mal ni sea demasiado difícil; agradable de beber y que les ayude a relajarse. Es por eso que productos como la mayonesa Heinz o la Budweiser (o incluso bandas pop de chicos) tienen un mercado: son consistentes, predecibles, la gente puede sentirse segura comprándolos. El gran vino, en cambio, es otra cosa. En este sentido, estoy totalmente de acuerdo: lo que Chile necesita es hacer vinos que sean únicos, llenos de carácter chileno, que no puedan ser replicados en ningún otro país. Por supuesto, el primer lugar donde ocurre esto es en la viña. Luego, en la bodega. Creo que es importante que Chile desarrolle un sistema para ayudar a promover y darle un nombre a cada lugar distintivo. Personalmente, no creo que eso se logre con las nuevas categorías Costa / Entre Cordilleras / Andes, aunque es un comienzo. Me gustaría ver un sistema nuevo y dinámico de denominaciones de terroir de pequeña escala, de manera que si la gente está haciendo un gran vino en Quebrada Seca o Apalta, o donde sea, que puedan utilizar esos nombres y promoverlos para el mundo. Chile cuenta con nombres de lugares tan fabulosamente sonoros y hermosos: Chimbarongo, Lolol, Llay Llay. ¡El mundo necesita saber acerca de ellos!

-Has criticado varias veces el exceso de alcohol, madera y madurez de los vinos chilenos. ¿Sigues pensando igual o ves un cambio?

-Sigue siendo un problema. En parte debido a ciertos consumidores de vino y críticos, que no encuentran ese estilo tan desagradable como yo. Todo el mundo tiene derecho a su opinión, y yo no sería tan arrogante como para sugerir que mi punto de vista posee más importancia que el de otra persona. Me doy cuenta de que los vinos maduros, alcohólicos y cremosos son fáciles de entender y apreciar, sobre todo para los bebedores menos avanzados. Pero simplemente me parecen imposibles de beber. Y el vino se trata de una bebida. Un refresco. Un disfrute gastronómico. No puedo disfrutar de un Shiraz australiano tipo blockbuster de 15 grados de alcohol con mi comida, porque los sabores del vino dominan todo y me caigo de la silla después de unas cuantas copas. Todo en el vino es cuestión de equilibrio. Algunos vinos pueden llevar alcohol alto: Barolo es un buen ejemplo, pero sólo porque tiene masas de tanino y acidez punzante, además de un cuerpo y carácter incomparables. Elevado alcohol con frutas dulces y baja acidez (o demasiado ajustada) convierten a un vino en algo simplista que no envejecerá y no tendrá longevidad. Lo bueno es ver que hay un movimiento en Chile alejado de este paradigma y enfocado hacia la fabricación de vinos que son más frescos, más naturales, menos trabajados, que hablan de lugares y personas, y que invitan a beber otra copa con la comida. Hay espacio para ambos estilos, en última instancia. Pero me encantaría ver más de esto último, porque es lo que me gusta del vino, y lo que creo que el vino debería ser.

-Argentina en poco tiempo ha logrado una gran presencia en el mercado internacional. De hecho, ha obtenido más altos puntajes que Chile en revistas como The Wine Advocate. En Chile algunos creen que la fuerza de Argentina es su imagen. ¿Piensas igual? ¿Qué debe hacer Chile para competir con Argentina? ¿O crees que lo mejor es unir fuerzas de alguna manera?

-Argentina es un país muy diferente a Chile. Se me ocurre pensar que las ofertas de vinos de ambos países son complementarias y sí, creo que Argentina y Chile deberían trabajar más para promoverse como una unidad. En la mayoría de las tiendas del Reino Unido, se venden uno al lado del otro, como parte de una categoría de “América del Sur”. Y hay muchas empresas y personas que trabajan en ambos países. ¿Por qué no tener una bianual “Cumbre de vino sudamericano” para atraer a los principales compradores, periodistas y formadores opinión del mundo del vino? Burdeos lo hace con sus primeurs, Sudáfrica tiene Cape Wine, Nueva Zelanda hace la Pinot Noir Conference, Australia tiene sus shows… ¡Vamos, chicos, hagan lo mismo en América del Sur! Por supuesto que hay muchos impedimentos para que los dos países trabajen juntos, lo entiendo. Pero vale la pena intentarlo. ¡Yo sería el primero en apuntarme! •••