No hay que situar al Papa como una pieza más en la lucha entre los defensores del capitalismo y los movimientos antiglobalización. Él está haciendo otra cosa.
Por: Joaquín García-Huidobro. Instituto de Filosofía, Universidad de los Andes

  • 4 enero, 2018

No les faltan razones a ciertos economistas para sentirse incómodos con el Papa Francisco. ¿Cómo puede decir que “esta economía mata”, si el sistema capitalista ha logrado un mejoramiento creciente de las condiciones materiales de vida, un progreso que no conoce precedentes en la historia humana? Sus dichos solo podrían explicarse por su izquierdismo. Según ha señalado The Guardian, tras la partida de Obama, Francisco sería “el nuevo héroe de la izquierda mundial”. Y como los izquierdistas andan escasos de héroes, muchos han puesto el retrato papal en su galería de personajes amados.

El adversario más profundo de Francisco, con todo, no es el capitalismo (que dista de ser un fenómeno unívoco), sino el individualismo y la exclusión que éste trae consigo. Es el individualismo el que transforma el capitalismo en una cultura del descarte, donde reina el dispendio y no hay ojos para ver al débil, al menos inteligente, al que no ha resultado apto para competir. Y precisamente porque el capitalismo puede exhibir logros tan notables, resulta especialmente chocante encontrarnos con mendigos en Nueva York, o que se considere normal que haya gente durmiendo bajo los puentes del Tíber. Esa “economía de la exclusión y la inequidad” puede decirse que efectivamente mata, porque en ella “queda afectada en su misma raíz la pertenencia a la sociedad en la que se vive”.

Las expresiones provocativas del Papa buscan dirigir nuestra atención hacia los invisibles. Pretenden sacudir nuestra autosuficiencia y hacer trizas la injustificada creencia de que estamos bien simplemente porque “no hemos hecho mal a nadie”.

La exclusión no afecta solo a las personas. En Laudato si’, el Papa ha llamado la atención sobre la necesidad de cuidar la tierra, nuestra casa común. Muestra que la cuestión ecológica no puede resolverse desde una lógica puramente individualista. Tampoco basta con decir, como pretenden sus críticos, que en los países capitalistas la naturaleza está menos contaminada que en las naciones más pobres. Esto es verdad, pero hay que complementarlo con el hecho de que hay fenómenos –como las consecuencias en el Tercer Mundo de las emisiones de CO2 de los países desarrollados, y el calentamiento global mismo– que no pueden ser imputados simplemente a la falta de mercados libres, ni ser resueltos con criterios puramente individualistas.

En la perspectiva de Francisco, todo está entrelazado. Tanto la insensibilidad ante las necesidades de nuestros semejantes como la miopía para advertir las exigencias de la naturaleza derivan de un error más profundo, a saber, una concepción de la racionalidad que la limita al mundo de los medios y prescinde del problema de los fines. Es la razón tecnocrática, que reduce toda la realidad a sus aspectos cuantitativos, y considera que la respuesta a las grandes preguntas no puede ser objeto de un tratamiento racional, por lo que debe ser dejada de lado con desprecio. Así, no hay límites que pongan coto a la manipulación.

Siempre ha habido una intervención humana en la naturaleza. Pero mientras durante siglos tuvo el carácter de un acompañamiento, “de plegarse a las posibilidades que ofrecen las cosas mismas”, ahora se considera a la naturaleza como un material plenamente disponible, que puede ser estrujado hasta el extremo apoyados en la ilusión de una disponibilidad infinita de los bienes del planeta.

Francisco llama a oponerse a este “desenfreno megalómano”, que impide ver el contraste que se da entre unos que están presos en la miseria, sin posibilidades de surgir, “mientras otros ni siquiera saben qué hacer con lo que poseen, ostentan vanidosamente una supuesta superioridad y dejan tras de sí un nivel de desperdicio que sería imposible generalizar sin destrozar el planeta”.

Algunos, ciertamente, se enojan. No les gusta que venga un anciano a decirnos tantas cosas incómodas, a recordar que somos seres finitos y dependientes los unos de los otros. No faltan quienes lo aplauden en ciertos momentos, pero luego le dan la espalda en cuanto toca cuestiones que les resultan ingratas.
Una de las diferencias que existen entre el Papa y el común de los ecologistas, reside en el carácter más amplio y coherente de la preocupación de Francisco: “Es evidente la incoherencia de quien lucha contra el tráfico de animales en riesgo de extinción, pero permanece completamente indiferente ante la trata de personas, se desentiende de los pobres o se empeña en destruir a otro ser humano que le desagrada”. Como se ve, su preocupación no es selectiva.

No hay que situar a Francisco como una pieza más en la lucha entre los defensores del capitalismo y los movimientos antiglobalización, porque el Papa está haciendo otra cosa. Si no se repara en cuáles son sus coordenadas, se caerá en los malentendidos que comparten tanto ciertos economistas como quienes buscan desarmar “el modelo neoliberal”: unos para incomodarse, los otros para hacerlo uno de los suyos, como se observa en los esfuerzos de cierta izquierda por apropiárselo.

La izquierda puede construir los mitos que quiera y aferrarse a las figuras que mejor la ayuden a superar sus dificultades actuales. Pero si quiere poner a Francisco en sus filas, debería antes abandonar una de sus apuestas más importantes de los últimos años: el individualismo. En efecto, si se examina con detalle la llamada “agenda progresista”, se constatará que ella consiste en una serie de reivindicaciones ultra individualistas: entiende el aborto como una facultad de la mujer para hacer de su cuerpo lo que le plazca; la eutanasia como un derecho a poner fin a la propia vida en el momento en que uno lo estime conveniente, y otro tanto sucede con su actitud respecto de las drogas o el matrimonio. Todas estas tesis están imbuidas de un individualismo tan brutal, que causarían el escándalo de Adam Smith, Kant o cualquier otro de los padres del liberalismo económico o político. En este contexto, no es casual que la izquierda haya dejado de hablar de deberes, porque hace varias décadas que perdió el sentido de comunidad.

Más que intentar sumar a Francisco a sus filas, la izquierda haría bien en aprender de él a superar la “conciencia aislada”, la triste idea de que somos unos sujetos replegados sobre sí mismos, y que la misión del Estado es proveernos generosamente de todo lo que necesitamos para minimizar los riesgos que trae consigo ese individualismo. En suma, debería abandonar su estatismo individualista.