Con el retiro de uno de los mejores pianistas de la historia no se acaba una era, pero de todos modos desaparece un nuevo eslabón en la más sólida tradición instrumental del siglo pasado.

  • 22 agosto, 2008


Con el retiro de uno de los mejores pianistas de la historia no se acaba una era, pero de todos modos desaparece un nuevo eslabón en la más sólida tradición instrumental del siglo pasado.

 

Con el retiro de uno de los mejores pianistas de la historia no se acaba una era, pero de todos modos desaparece un nuevo eslabón en la más sólida tradición instrumental del siglo pasado. Por Joel Poblete.

Para muchos melómanos, el próximo 18 de diciembre será una fecha para recordar, pero con un sabor agridulce; ese día, con un concierto en Viena, a los 77 años, uno de los pianistas más prestigiosos y afamados del último siglo, Alfred Brendel, realizará su concierto de despedida. Un evento que, desde que hace algunos meses el músico austríaco anunciara su adiós a los escenarios, ha tenido diversos y muy cotizados preámbulos en salas de Europa y Estados Unidos, que han confirmado cómo, tras seis impecables décadas de trayectoria, mantiene en perfecto estado la mayoría de las cualidades que lo hicieron famoso. Resultan envidiables, su madurez y sabiduría al retirarse en un muy buen momento.

Afortunadamente, con este adiós no se acaba una era ni desaparece el último gran pianista de la historia, porque aún nos quedan unos cuantos nombres de más de 60 años –Ashkenazy, Pollini, Barenboim, Pires, Argerich, entre otros– y otros de generaciones posteriores –Pogorelich, Zimerman, y entre los más jóvenes, Grimaud y Kissin, por nombrar algunos– que continúan deslumbrándonos frente al teclado. Pero nadie podría negar el enorme legado que deja Brendel, heredero de los más emblemáticos intérpretes de su instrumento en el siglo XX, como Horowitz, Gilels,  Arrau y Richter, por ejemplo. Todo en su carrera habla de rigor y talento: su formación prácticamente autodidacta, su hito histórico al convertirse en el primer pianista que grababa la obra completa para piano de Beethoven (uno de sus músicos de referencia, junto a Mozart, Schubert, Haydn, Brahms y Liszt), la seriedad y compromiso con que ha abordado su repertorio…

Como suele decirse en estos casos, mientras los afortunados que han podido asistir a algunos de los recitales finales guardarán un recuerdo imborrable, al resto al menos nos quedarán los valiosos registros discográfi cos del pianista, en especial los de su sello durante décadas, Philips. Más allá de eso, no deja de ser signifi cativo e incluso conmovedor que en vez de elegir una pieza grave, severa y otoñal, como quizás uno habría imaginado para el adiós, para su último concierto público Brendel haya escogido el Concierto No 9 para piano y orquesta de Mozart, Jeunehomme: una obra bella, juvenil y llena de vida y energía. Sorprendente, digna y muy humana forma de cerrar el telón para un camino ilustre e inolvidable.