• 16 noviembre, 2010


Cualquier debate en serio sobre las plataformas de partidos y coaliciones que no incluya a la organización política de la nación tendrá un efecto más mediático que real. Entonces, corresponde que los promotores del proyecto de “nueva derecha” den el paso completo y propongan reformas políticas.


Es interesante la discusión sobre el futuro de la derecha. Más interesante, todavía, que tal debate ocurra cuando el conglomerado ejerce el poder. Porque la tradición es otra. Habitualmente las crisis son las que empujan los cambios. Dos experiencias cercanas ocurridas después del golpe de Estado de 1973: la renovación socialista, que replanteó en su doctrina los conceptos de democracia y mercado; la segunda, el cambio del PC, desde su postura negativa a las formas armadas de lucha hasta su apoyo. Ambas, después de una radical transformación del escenario nacional.

Por eso, no pocos en la derecha han manifestado la escasa pertinencia de la discusión, bajo la premisa de que lo que funciona no se arregla. O han dicho que este debate es oportunista y que su único propósito es ganar votos, pero a costa de gobernar con las ideas de otros.

La verdad es que esa crítica es algo absurda, porque la política democrática precisamente trata de eso, de ganar votos. Y respecto de las ideas, hay que decir que después de la debacle económica ocurrida en el segundo turno de la administración Bush, las nociones fundamentales del sector –desregulación y Estado mínimo– salieron en un nítido mal pie.

La desafortunada coincidencia entre el planteamiento de la “nueva derecha” y la sugerencia de la reelección del presidente también empañó el carácter de la iniciativa. Pero no hay duda de que un debate de esta naturaleza es saludable para el conjunto del espectro político. Además, estamos viviendo un escenario internacional de muchas refundaciones en la derecha. Cameron promueve su proyecto de nueva derecha, que busca aumentar la responsabilidad ciudadana. En Estados Unidos, el gobierno de Obama y el Partido Republicano se han visto golpeados por el huracán del Tea Party, movimiento de derecha de orientación ideológica esencialista, duramente enfrentado al establishment.

La vieja derecha chilena se asociaba a los grandes propietarios, a los privilegios y a la imposición de un sistema electoral excluyente. La “nueva derecha”, según sus voceros, promueve reformas tributarias, lucha contra la desigualdad, se la juega por la protección del medio ambiente, los derechos de los consumidores, la problemática de los pueblos indígenas, el empleo digno, los derechos humanos y el diálogo social.

La UDI, el autodenominado Partido Popular, reclama el mérito de haber iniciado el camino de la renovación políticoelectoral de la derecha y, más que una refundación ideológica, exige configurar una sólida mayoría social. Lo que la UDI quiere es afirmar –con el peso del gobierno– la fuerza que ha conquistado en el voto de los pobres a punta de trabajo, mística, clientelismo y recursos. Mal que mal, la UDI, y no el sector liberal de RN, es quien dispone de la fuerza electoral, municipal y parlamentaria principal de la derecha.

En el oficialismo, el principal campo de disputa intelectual está en el terreno valórico. Allí aparecen temas como la igualdad de género, el matrimonio homosexual, la eutanasia, el aborto y otros que encienden pasiones mucho más grandes que los debates tributarios, que siempre son acotados e instrumentales. ¿Cuánta diversidad aguanta la Alianza? ¿Cuánto se parece el proyecto de la nueva derecha que promueven los liberales de RN a las ideas fundamentales de la Concertación?

Nada de esto tendrá efectos políticos inmediatos. El sistema binominal es un mecanismo que impide grandes desplazamientos, hace imposible la separación de la Alianza y el desmadre de la Concertación. Mientras este sistema no cambie, las coaliciones mantendrán, siglas más o siglas menos, su configuración actual. La elección cada cuatro años de la cabeza del régimen político hiperpresidencialista que tenemos, a su vez, será el escenario de una disputa que procurará conquistar los escasos, pero útiles, votos que se requieren para ganar la mayoría, sobre la base de discursos moderados y promesas electorales a gusto del consumidor. Junto con ello, la tasa de participación electoral en personas en edad de votar se reduce desde 82,1% en 1990 a 57,1% en 2009.

Cualquier debate en serio sobre las plataformas de partidos y coaliciones que no incluya a la organización política de la nación tendrá un efecto más mediático que real. Quizás, entonces, lo que corresponde es que los promotores del proyecto de “nueva derecha”, que son nada menos que el presidente de la Republica y su ministro del Interior, den el paso completo y nos propongan unas reformas políticas que nos acerquen de verdad a una democracia de mejor calidad. Así, la nueva derecha podría hacer una gran contribución al país, porque a la antigua esos cambios nunca le han gustado.