Esta es la historia de quince ejecutivos que cambiaron horas de oficina por las exigencias del Ejército

  • 22 diciembre, 2008

 

¿Qué lleva a un grupo de profesionales exitosos y experimentados a vestir uniforme militar? Esta es la historia de quince ejecutivos que cambiaron horas de oficina por las armas, marchas y exigencias propias de la formación que el Ejército entrega a los aspirantes a oficiales de reserva. Por Cristián Rivas N.

 

Martes 9 de diciembre. Faltan pocos minutos para el mediodía y el sol deja caer implacable sus rayos sobre el patio Alpatacal de la Escuela Militar. Allí, un grupo de quince destacadas figuras del mundo empresarial, académico y social prepara con mucho nerviosismo la que será su ceremonia de graduación del segundo Curso de Aspirantes a Oficiales de Reserva (CAOR) el Ejército, que tendrá lugar ese mismo día al atardecer y que les dará el grado de alférez.

Nadie se queja por el calor. Al contrario, todos dan el mejor de sus esfuerzos para que cada uno de sus movimientos resulte como se espera y así no se entorpezca al resto del equipo. Practicaron durante varias semanas y hoy todo debe salir perfecto. Horas más tarde, su marcha será visada, ni más ni menos, que por el alto mando institucional, con el comandante en jefe del Ejército –el general Oscar Izurieta Ferrer– a la cabeza, autoridades de gobierno y todos sus familiares y amigos.

Fueron cinco meses de trabajo intenso. Para varios no fue fácil pasar del escritorio, las reuniones y el celular a ponerse tenida de combate y hacer instrucción como soldados. Incluso, en pleno desierto. Casi todos tuvieron que sacarle el jugo a sus respectivas agendas y hacer coincidir su vida laboral con la militar. Pero ninguno dudó en hacerse parte de esta iniciativa cuando fueron invitados por la institución en mayo pasado.

La idea de integrar civiles a la reserva del Ejército se puso en marcha en 2007 –imitando lo que ya habían hecho con éxito otras ramas como la Armada y la Fuerza Aérea– con la intención de acercar el mundo militar a la población civil y, de paso, contar con las competencias profesionales de cada uno de los nuevos reservistas. La misión fue encomendada a la II división de Ejército, hoy a cargo del general de división Guillermo Castro Muñoz, y específicamente al Regimiento de Infantería N°1 Buin, creado el 2 de diciembre de 1810 y que pasó a ser la “unidad cuna” de estos nuevos soldados.

La lista de integrantes de esta segunda versión del CAOR es bien heterogénea. La mayoría son ingenieros, más un médico y un abogado, y sus edades fluctúan entre los 30 y los 62 años.

Al comienzo, la mayor parte no se conocía entre sí. Por eso, varios admiten que lo primero que pensaron cuando se reunieron fue “en qué nos hemos metido”, frente al temor que muchos tuvieron de no poder rendir con el entusiasmo y vigor de los más jóvenes.

Entre los nombres más reconocidos del grupo –bautizado como Fuerza Terrestre 2008– está el del presidente del Consejo Nacional de Televisión, Jorge Navarrete; el ex ministro de Vivienda y hoy gerente general de Dersa, Edmundo Hermosilla; y el presidente de Cristalerías de Chile (controladora de Capital y Mega, Baltazar Sánchez. También hay ejecutivos de otras empresas destacadas, como los gerentes generales de Carnes Ñuble, Aconcagua Foods y la Bolsa Electrónica, Ricardo Letelier, Jaime Silva y Juan Carlos Spencer, respectivamente; el gerente comercial de Viña San Pedro, Ricardo Bartel; el gerente corporativo de recursos humanos de CCU, Pablo de Vescovi; el gerente de marketing de la Bolsa Electrónica, Enrique Seguel; y el vicerrector de sede de Inacap, Juan Manuel Molina (a la postre, distinguido como el alumno estrella de la promoción).

En la lista siguen el director ejecutivo de Boyden Chile, John Byrne; el gerente general de Iron Mountain, Gonzalo Hevia; el gerente de la Sociedad Generadora de Servicios, Francisco Ruiz-Clavijo; el médico y director de la Escuela de Medicina de la Universidad Finis Terrae, Claudio Aldunate; y el abogado del estudio Alliende, Villarroel, Lecaros & Eguiguren, Cristóbal González, el más joven de todos.

Entre las historias propias del grupo, Aldunate dice que por ser el único médico estuvo preocupado de los dolores de cabeza y de estómago, los desmayos y las hipocondrías de algunos, “así que tengo los cuadros descritos de cómo son todos mis compañeros de armas”. ¿Alguna anécdota que contar?- le preguntamos. Y respondió entre risas que prefería no afectar la reputación de cada uno.

 

 

El comandante en Jefe del Ejército, general Oscar Izurieta Ferrer, entregó el premio al espíritu militar al nuevo alférez Juan Manuel Molina. El teniente coronel Eduardo Rodríguez entrega el diploma de graduación como alférez a Jorge Navarrete, Edmundo Hermosilla y Baltazar Sánchez.

 

 

En pleno desierto

 

A pocas horas de que se realice la ceremonia oficial al de graduación, Capital conversó con varios de ellos. Lo primero que le preguntamos a Jorge Navarrete fue por qué estaba allí. Claro, a un hombre al que habíamos estado acostumbrados a ver como director de empresas (Codelco o VTR, entre otras), en TVN o, ahora último, en el Consejo Nacional de Televisión, era dificil enfocarlo con una imagen de militar. Pero nos sorprendie de inmediato al contarnos que tenía varias relaciones con ese mundo y que no era extraño verlo ahí.

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De partida, su padre y abuelo formaron parte del Ejército en el pasado, llegando a ocupar cargos de relevancia en la institución. Y él mismo estuvo tres años como alumno en la Escuela Militar, antes de estudiar Economía en la Universidad de Chile. Así como él, varios otros también habían recibido algún tipo de instrucción en el pasado o tenían familiares y amigos dentro del Ejército. La única excepción que encontramos es la de Jaime Silva que, de paso, también contó que era “de lo más malo para marchar y para casi toda clase de ejercicios de coordinación”, pero que logró estar a la altura de las circunstancias.

Casi al unísono, todos repiten que la mejor experiencia que vivieron fue el ejercicio de guerra en el que participaron en pleno desierto de la Primera Región, al interior de Iquique, el 21 de noviembre. El teniente coronel Eduardo Rodríguez Fernández –que hizo de jefe del curso y compartió roles con el mayor Gonzalo Cubillos, el capitán Rodrigo Alvarez y el teniente Erwin Forsch–, describe que allí todos tuvieron la oportunidad de desempeñar un rol en algunas de las unidades que estaban realizando ejercicios de combate como parte de su normal entrenamiento. Algunos dispararon morteros, otros hicieron lo propio dentro de los tanques o con piezas de artillería, mientras que varios descargaron decenas de tiros con los fusiles.

“Fue por lejos la experiencia más real. Estar el jueves anterior en la oficina y en la tarde sacarse la corbata, partir a Iquique y, al otro día en la mañana a primera hora, estar combatiendo en pleno desierto y con municiones de guerra, es una experiencia inolvidable”, cuenta Cristóbal González. “Lo que más me impresionó fue ver la realidad. Uno tiene la imagen de la guerra ordenada, esa que vemos en las películas, y cuando realmente te enfrentas a un ejercicio de combate que simula actividad hostil te das cuenta de lo complejo que es, y te explicas por qué la formación militar es de tal forma y aprendes de cada una de los movimientos, porque si no, tu vida corre peligro”, describió Spencer.

 

 

General de división Guillermo Castro dando el discurso a los graduados en la Escuela Militar. CAOR 2007 Pablo Yrarrázaval y señora junto a Andrónico Luksic.

Otros, como Edmundo Hermosilla, comentan que tras ejercicios como ese pudieron explicarse los fuertes lazos de amistad que unen al mundo militar. “Ahora puedo entender porqué existe esa camaradería militar tan grande. Estuvimos en varias actividades en terreno, con armas y municiones de verdad, donde uno depende de la persona que está a su lado, y eso mismo hace que se produzca una relación de camaradería muy fuerte. Partimos siendo desconocidos y hoy somos un equipo”, nos dice.

Entre otras actividades, desde julio en adelante los reservistas también tuvieron la oportunidad de visitar la Brigada de Operaciones Especiales de Peldehue y la Escuela de Montaña en Portillo, donde realizaron actividades de tiro y marchas por terrenos nevados. Todo esto fue combinado con charlas y exposiciones teóricas en la Escuela Militar e instrucción en el Glorioso Regimiento Buin.

“He visto que muchos de mis compañeros no tenían idea de lo que es el Ejército. Con todo esto que vivimos realmente se conoce a esta institución, el nivel de sus oficiales, el funcionamiento de las unidades, la tecnología y preparación que hay detrás. Es espectacular, porque es una simbiosis muy buena entre la vida civil y la militar. Es bueno para el Ejército, pero también para el mundo civil, porque empezamos a abrir a todos los chilenos a un Ejército que ha estado marcado por distintas circunstancias”, comenta Juan Manuel Molina.

Baltazar Sánchez agrega que tras el curso cambió definitivamente la visión que tenía sobre el mundo militar. “Creo que son gente que uno tiene que admirar, porque tienen la misión de defender a nuestro país en las fronteras e intentar por todos los medios que tengamos paz. Trabajan muy duro para eso y el trabajo que hacen es físicamente muy difícil. Cuando uno ve, por ejemplo, la gente que estuvo en el desierto, en la VI División, el tipo de armamento que lleva y usa, lo preparados que son, la precisión que tienen que tener, son realmente gente de admiración”.

 

 

Los quince aspirantes a oficiales de reserva participaron en un ejercicio de guerra al interior de Iquique.
Edmundo Hermosilla y Claudio Aldunate en práctica de tiro en la Escuela Militar. Visita de los CAOR 2008 a la Escuela de Montaña.

 

 

Juramento de por vida

 

La ceremonia de graduación partió puntualmente a eso de las 19:30 horas. Los nuevos oficiales habían estado reunidos desde un par de horas antes para preparar los últimos detalles. Tras su ingreso al patio Alpatacal –donde además de las autoridades también había varios de los integrantes del primer CAOR, como Andrónico Luksic y Pablo Yrarrázaval y el ministro Francisco Vidal– vinieron varios rituales como el izamiento del pabellón patrio, la entrega de diplomas y los premios al “espíritu militar” y “mejor compañero”, que recayeron en Juan Manuel Molina y Claudio Aldunate, respectivamente.

Pero sin duda el momento más emotivo fue el juramento a la bandera, donde –sables en mano– se comprometieron de por vida a mantener las tradiciones y valores de la institución, además de asumir la responsabilidad de contribuir a la seguridad, defensa y paz de Chile, en caso de ser convocados. De fondo, todo fue sellado con el sonido de las tres descargas de reglamento que efectuó la unidad de formación de la Escuela Militar. En forma implícita ese juramento también llevaba las expresiones de amor a la patria y el servicio público, que posteriormente muchos esgrimieron a la hora de comentar el porqué habían aceptado realizar este curso.

Tras el desfile de honor de los oficiales graduados, la celebración y los discursos no se hicieron esperar. El general Izurieta agradeció el tiempo que brindaron a la institución y los invitó a continuar en las siguientes etapas. “Esta es una reserva de gente que tiene actividades muy importantes dentro del país, y que cumplen un rol no sólo como oficiales de reserva, sino que también de contribuir desde sus respectivas actividades a la labor tan importante que hace la institución”, comentó.

Por eso, la idea ahora es que los quince nuevos oficiales continúen su carrera como reservas al interior de la Institución. “De aquí para adelante depende de nosotros. De qué tipo de instrucción recibamos y de cómo lo vayamos haciendo para subir en los distintos grados. Todos los que entramos tenemos la intención de continuar”, puntualiza un alferez. En ese camino ya están los integrantes del primer CAOR, que durante este año continuaron con su programa de actividades conducentes al grado de subteniente, que también incluyó una visita profesional a la Escuela de Montaña, donde recibieron instrucción de tiro, marcha con raquetas, esquí y construcción de refugios.

Por lo pronto, la segunda generaciónde CAOR está preparando una cena en la Viña Santa Rita con la que rendirá honores a todas las personas que participaron en la instrucción del grupo. La reunión, que realizarán el 8 de enero, parte con una visita al Museo Andino, para luego proseguir con una degustación de vinos y finalmente la comida. Conversación no les faltará.