A punto de cumplir 80 años, el escritor chileno y embajador en Francia repasa algunos hitos de su trayectoria; afirma que trabajar para Piñera no ha tenido costos personales y sostiene que algunos críticos chilenos que han demolido su última novela "dan palos de ciego". Y por primera vez ofrece imágenes de su álbum familiar. Por Marcelo Soto.

 

 

  • 31 mayo, 2011

 

A punto de cumplir 80 años, el escritor chileno y embajador en Francia repasa algunos hitos de su trayectoria; afirma que trabajar para Piñera no ha tenido costos personales y sostiene que algunos críticos chilenos que han demolido su última novela "dan palos de ciego". Y por primera vez ofrece imágenes de su álbum familiar. Por Marcelo Soto.

 

A diferencia de la pompa con que se celebraron los 70 años de José Donoso, en 1994, los 80 de Jorge Edwards tendrán un bajo perfil. “Creo que haré una fi estecita en la casa… ¿Qué más puedo hacer?”, dice desde París, donde ejerce como embajador del gobierno de Piñera. La fecha se cumple el 29 de junio y encuentra al escritor en una etapa de plena actividad. Acaba de recibir al presidente en la capital francesa, escribe su autobiografía en tres tomos y una novela inspirada en el pintor Carlos Faz, el mítico artista -compañero de generación del narrador- que murió al caer de un barco en Nueva Orleans en 1953.

Aparte de eso, se da el gusto de promocionar su última novela-ensayo-memoria La muerte de Montaigne, sin dejar de provocar alguna polémica. En el diario El País, de España, cuando le preguntaron sobre su actividad como diplomático, declaró: “la embajada es una casa que está en mal estado, así que resulta que ser embajador consiste en revisar el parqué y mandar las alfombras a limpiar, además de hacer informes y brindar todo el tiempo en cócteles”. Y le quitó toda aura de exclusividad al ofi cio: “se ha revelado con Wikileaks: los tipos hacen informes sobre secretos que todo el mundo conoce”.

Con todo, Edwards sabe cuándo puede y no hablar. Le pregunto sobre esas declaraciones y me dice: “ya ni me acuerdo de lo que dije”. Y le insisto sobre los desafíos de la embajada chilena en París y contesta riendo: “¿haces la pregunta con la idea de que me pidan la renuncia?”

Autor de novelas fundamentales del siglo XX chileno como El peso de la noche y de cuentos tan memorables como El orden de las familias, Edwards es seguramente el mayor prosista nacional en activo, aunque la crítica local suele maltratarlo. De hecho, su última obra fue apaleada por Juan Manuel Vial en La Tercera y por Patricia Espinosa en Las Ultimas Noticias. “Dan palos de ciego”, dice, sin entrar en detalles.

La muerte de Montaigne, sin embargo, es un obra madura, de indudable valor, quizá la más literaria de sus novelas. Y decimos novela porque, aunque repasa la vida del famoso pensador francés y su papel en el confl ictivo año de 1588, cuando Francia se desangraba entre católicos y protestantes, el relato entra rápidamente en el terreno de las conjeturas, de lo que pudo haber pasado o quizá no.

Pese a todo el trajín que signifi ca la tarea de embajador, Edwards se dio el tiempo para escribir especialmente para Capital –y de manera exclusiva– una especie de pequeño diccionario sobre algunos de los hitos de su carrera y su vida, ilustrado con fotografías personales por primera vez publicadas. Una manera de empezar a celebrar sus 80 años.

Inicios. “Me puse a leer poesía en antologías escolares, por instinto, por gusto, sin motivos que fueran más allá de la simple lectura, y de ahí pasé a escribir poesía. Ya había entrado en caminos peligrosos. Y de la poesía pasé pronto a la prosa: cuentos, viñetas, páginas de diario”.

Primer libro. “Todavía encuentro a gente que lee o que relee El Patio y se divierte, le encuentra frescura. No es precisamente un libro infantil pero sí es un libro sobre la mirada de los niños. Hace poco participé en un ciclo dirigido por Alberto Manguel sobre Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carrol, y por momentos, en forma íntima, sin comunicárselo a los demás, me sentí cerca de la atmósfera de El Patio. Me gustaría publicarlo para celebrar mi cumpleaños.

Su novela preferida. “¿Cuál es mi mejor libro? No sé, pero me gustaría recordar Los convidados de piedra, que algunos leen ahora, y precisamente aquí en París, con un entusiasmo que me sorprende. Es, creo, una novela de espaldas anchas, muy bien leída en España, y que algún crítico chileno, como siempre me sucede, trató de demoler a trancazo limpio, con esfuerzo digno de mejor causa”.

La crítica. “He tenido muy buenos críticos a lo largo de la vida y algunos grandes lectores críticos. También he sido víctima de algunos intentos de linchamiento literario. Un sobrino nieto de Pío Baroja a quien solía encontrar en Madrid me dijo que esto le recordaba mucho a su ilustre tío abuelo. Pero son intentos a base de palos de ciego y en que la mala leche se nota en exceso. Es decir, son críticos poco ilustrados y a quienes se les ve demasiado la hilacha (el plumero, como dicen en Madrid)”.

Recepción de La muerte de Montaigne.
“La crítica española, sobre todo en Madrid y en Sevilla, ha sido notable, y también la de Argentina. Fernando Rodríguez Lafuente dijo que mi escritura es “un lujo para el lector”. El ensayo crítico de Pedro Gandolfo en Chile fue de gran finura y sutileza. Y nunca había recibido tantos mails de lectores por un libro. Algunas personas se me acercan y me dicen que van a ponerse a leer a Montaigne. Pero otros me dicen: he leído toda mi vida a Montaigne y ahora voy a empezar a leerlo a usted. ¿Qué más puedo pedir?”

Celebración. “Cumplir 80 años dentro de pocas semanas me parece un poco extraño, casi inverosímil. ¡Qué resistencia, qué perseverancia! Tengo muchos proyectos y sé que no me alcanzará el tiempo para realizarlos”.

Libros en camino. “Por el momento: unas memorias en tres tomos, de los cuales he escrito el primer borrador del primero y más de la mitad de la primera revisión aquí ,en la embajada. Título provisional: Los círculos morados. También tengo el primer borrador de una novela donde uno de los personajes se parece mucho a Carlos Faz. También, todavía más ficcionalizado, aparece André Racz padre. Conversaba mucho de esto con André hijo, que era el único que conocía ese borrador, y su muerte me ha entristecido. He tenido la impresión, probablemente arbitraria, de que la gente con la que se puede conversar en Chile va desapareciendo poco a poco”.

La diplomacia. “Yo traté de ser diplomático escritor, como en el pasado, como Chateaubriad y Saint-John Perse en Francia, como Guimaraes Rosa y algunos otros en el mundo latinoamericano. Me resultó a medias, como te podrás imaginar. La diplomacia es de origen renacentista, propia de un viejo humanismo: hay que estar atento a los problemas de la gobernanza global (como dicen ahora) y exigir que haya flores en la mesa. ¿Desafíos de la embajada en París? Para mí, el gran desafío ha sido regresar a la diplomacia sin abandonar la literatura”.

La política. “Para la derecha he sido de izquierda y para la izquierda, un reaccionario. Es una cita de Montaigne: soy güelfo para los gibelinos y gibelino para los güelfos. Una frase con la que me siento identificado. He sido incómodo algunas veces en mi vida y tengo la piel reforzada. ¿Costo personal de haber apoyado a Piñera? Creo que ninguno”.

El gobierno de Piñera. “Creo que la alternancia política se había hecho enteramente necesaria. Hasta aquí veo energías renovadas, proyectos interesantes y ambiciosos y una sensibilidad para los problemas de la sociedad que no es en absoluto menor que la de gobiernos anteriores. Ya veremos. Hay que tener en cuenta que nunca he sido un militante político y que aprecio profundamente mi independencia, sobre todo a estas alturas”.

Fidel Castro.
“Algunos diplomáticos cubanos me dijeron hace casi cuarenta años que no podría sobrevivir a una pelea con Fidel Castro. Pues mira: he sobrevivido bastante bien, casi mejor que Arturo Godoy después de sus peleas con Joe Louis. Estoy más convencido que nunca, hoy, de que ese libro, Persona non grata, había que escribirlo y publicarlo. Y en los últimos años ya he dejado de ser para los demás el autor de ese solo libro”.

A Premios. “Nunca he movido un dedo para sacarme un premio, cosa que pocos escritores pueden afirmar con seriedad. Si otros se han movido para dármelo, es asunto de ellos. Pero yo te puedo afirmar con plena seguridad que ni siquiera he hecho un llamado por teléfono. ¿Mi relación con los premios? Es una relación educada y más bien distante, ¿qué más puedo decir?”

Neruda. “Ser amigo de Neruda durante 21 años fue una gran experiencia humana y literaria. Ir con él al Mercado de las Pulgas de París y observar su mirada de las cosas era extraordinario. Lo conté en mi libro Adiós, poeta… y quizá se podría hacer una nueva edición aumentada (a diferencia de las ediciones disminuidas que hacía González Vera)”.

La muerte de su mujer. “Echo mucho de menos a Pilar, gran conversadora (aunque silenciosa en la vida social) y amiga en el sentido más amplio de la expresión”.

Relación con el sexo femenino. “Hubo algunos episodios, no lo niego, pero detesto a los Don Juanes obsesivos y ostentosos (del estilo del pobre Dominique Strauss-Khan, a quien le deseo salir lo mejor parado posible). Son casi peores que los borrachines majaderos”.

La paternidad. “Me habría gustado en mi juventud dedicar más tiempo a ir a museos, conciertos, películas y a caminar por bosque con mis hijos. Lo hice, pero pude hacer más, y habría sido educativo para todos. En este aspecto, las comilonas nerudianas fueron más bien nocivas”.

Un recuerdo de Nicanor Parra. “Me parece que Nicanor tenía quizá una noción más sensible de la infancia, a juzgar por un artefacto inspirado por mi hija Ximena. El artefacto consiste en un diálogo y dice así:
-Eres muy bonita, Ximena.
-Sí, pero muerdo”.

Mi Montaigne personal

El libro La muerte de Montaigne es una especie de novela río o novela impresionista, que mezcla diversos géneros y va de un lado a otro, del pasado al presente y de la ficción a la historia, con una fluidez que evidencia la maestría narrativa de Jorge Edwards.

El relato se centra en los años finales del pensador francés, autor de los clásicos Ensayos, cuando Francia parecía a punto de extinguirse como nación debido a las guerras entre católicos y protestantes. Montaigne representa el ideal edwardiano: alguien que para la derecha es un revolucionario y para la izquierda un momio. En este caso, Montaigne, católico moderado, se acerca y aconseja al futuro Enrique IV, que será sucesor de Enrique II, luego de que éste es asesinado por un fanático religioso, mientras Europa se debate entre el imperio español con su temida Inquisición y las corrientes menos dogmáticas, representadas por Inglaterra. El desastre de la Armada Invencible es un telón de fondo dramático, apasionante. Eduardo IV, que pertenece a la facción protestante, dará un vuelco una vez en el trono y se convertirá al catolicismo, porque “París bien vale una misa”.

Montaigne, en todo caso, asiste a estos hechos trágicos evitando tomar partido, para así tener más libertad de acción, un ejemplo de lo que para Edwards es el accionar político inteligente. Y se da tiempo para tener una aventura amorosa con una joven admiradora, Marie de Gournay, a quien adopta como hija. Aquí el autor entra en los terrenos de la imaginación y conjetura las posibles resonancias eróticas de la relación.

Todo lo anterior, matizado por los recuerdos del propio Edwards sobre sus primeras lecturas, su experiencia política y en especial el momento en que descubrió a Montaigne, un autor al que no teme ensalzar con la candidez de un enamorado. El libro, lleno de digresiones y temas que vuelven a tocarse una y otra vez, está escrito con un estilo personal, como si Edwards conversara con un lector ideal (no necesariamente el lector promedio ni todos los lectores). Un estilo que algunos pueden tildar de antiguo, deudor de autores que ya nadie lee como Azorín, algo que al narrador le tiene sin cuidado.

“¿Debo llegar a la conclusión, entonces, de que mi manera de usar la lengua, tiene una remota huella azoriniana? Es muy probable, y no pretendo luchar contra esa insidiosa inclinación. Ni siquiera pretendo disculparme de ella, Que los jóvenes críticos se aguanten o que se desahoguen dándome palos”, escribe.

La novela, aunque obtuvo reseñas negativas entre algunos críticos chilenos, ha sido elogiada en España. “Este exquisito autor chileno, cuyo mayor pecado es escribir bien… se cuenta entre los intelectuales de Hispanoamérica que nadie debe dejar de leer”, escribió ABC. “Los que siempre hemos leído a Montaigne podríamos poner a esta obra como un anexo de los Ensayos, como una lente para su lectura moderna, atrevida, histórica, pero también, como decía Nietzsche, humana demasiado humana”, apuntó La Razón de Madrid.

Libros escogidos
Las máscaras (1967). Volumen de cuentos que incluye El orden de las familias, relato canónico de la literatura chilena moderna.
El peso de la noche (1965). Una de las mejores novelas nacionales del pasado siglo: el espejismo del cambio en un modelo de rígidas convenciones.
Persona non grata (1973). Una crónica que mantiene plena vigencia: la primera de un autor de izquierda en mostrar que algo huele mal en La Habana.
El inútil de la familia (2004). Evocación de la vida de Joaquín Edwards Bello, oveja negra llena de contrastes que desnuda el conservadurismo local.