• 17 abril, 2009

Vale la pena poner a la educación chilena en el centro de la discusión, pero sin olvidar el sentido de urgencia ni tampoco la odiosa discriminación que sufren los más pobres en este tema.

Cuando un líder político expresa su voluntad por mejorar la educación, no pasa de hacer una declaración de intenciones, muy genérica y sin consecuencias. Es el equivalente a una Miss Universo clamando por la paz mundial. Mejorar la educación chilena, especialmente preescolar, básica y media, requiere mucho más que una frase hecha y vacía: exige compromiso y convicción, propuestas originales sobre la mesa, aplicación de reformas urgentes y consistentes en el tiempo, más y mejores actores involucrados y un cambio radical y urgente en una dirección correcta. Cuanto antes se actúe, mejor. Sobre qué hacer, aquí van algunas ideas.

Lo primero es más recursos, como ya lo advertía el Informe Brunner en 1994. No debiera llamar la atención que de los diez mejores colegios chilenos medidos según resultados del SIMCE y la PSU todos sean particulares y el más barato de ellos cueste sobre 100 mil pesos, aunque la mayoría bordea los 300 mil pesos mensuales; es decir, más de lo que gana un trabajador promedio chileno. Podríamos preguntarnos, ¿por qué se supone que con una subvención de menos de 40 mil pesos se obtendrá un buen resultado en los grupos sociales más pobres de Chile? Ahí hay un engaño inicial: se pueden prever los resultados negativos y la amplia mayoría que se educa en colegios subvencionados, municipales y particulares corre con una gran desventaja en la carrera por la educación y la cultura. Más recursos ahora, al menos el doble de la subvención… quizás, el triple.

Lo segundo es el mejoramiento radical de la calidad de los que enseñan. Hay problemas de incentivos en la carrera docente, así como en la legislación regresiva que existe en la materia (también en 1994 un amplio acuerdo político y social proponía terminar con las rigideces del Estatuto Docente). Consideramos tres medios cruciales para emprender el cambio de rumbo: mejorar a los profesores actuales (sueldos y capacitación), los que se están formando (subir los estándares de calidad y los puntajes mínimos al ingreso a las carreras, renovar los planes de estudio) y atraer a profesionales de otras áreas a la enseñanza. Esto último suscita dudas, pero es clave para tener más gente preparada y para que muchos descubran su vocación precisamente en los colegios.

El esfuerzo notable que está realizando Enseña Chile debe mirarse con atención. Por lo demás, la idea tiene su historia y ha dado buenos resultados: el ex presidente Patricio Aylwin fue durante muchos años profesor del Instituto Nacional, hoy muchos se lo querrían prohibir. No debemos olvidar: “la calidad de un sistema educativo no puede ser mejor que la de sus profesores”.

Una tercera idea es la guerra total al analfabetismo. Las pruebas SIMCE de los últimos años demuestran que en 4º básico más de cien mil niños no comprenden lo que leen, un porcentaje muy alto de quienes rinden esa prueba. Esa vergüenza nacional comienza a producirse en la enseñanza prebásica, la ausencia de soluciones agrava la situación y la prolonga durante todos los niveles. El proyecto Un Buen Comienzo, destinado a contribuir a la equidad y al mejoramiento de la calidad de la educación inicial, dará enormes luces sobre dónde y cómo invertir. La misma línea sigue el voluntariado de Chile Lee Más en la comuna de Cerro Navia. En la lectura inicial debieran concentrarse muchos esfuerzos, porque lo que no se aprende en un inicio queda como un vacío permanente. Ningún chileno sin que comprenda lo que lee, porque no pueden aceptarse en este plano objetivos mediocres ni resultados indeseables.

Otra idea se refiere a la licitación de escuelas y liceos en las comunas. Se trataría de una propuesta voluntaria, con reglas que protejan a los estudiantes, que promueva asociaciones con otros colegios y universidades y con empresas, destinado a que las comunas populares tengan más y mejor oferta educativa. Es de un clasismo inaceptable que las personas con más recursos puedan regodearse entre colegios de habla inglesa, francesa o alemana; religiosos, pluralistas o sin religión; católicos de diversos “carismas”; de hombres, de mujeres o mixtos. ¿Y qué pueden elegir los padres de las cien comunas más pobres de Chile? ¿Cómo aplican en sus vidas reales la libertad de enseñanza? ¿Da lo mismo? Hay que abrir el sistema, para que los más pobres realmente puedan elegir, al igual que quienes tienen más.

Estas ideas se pueden debatir, mejorar, contrastar. Vale la pena poner a la educación chilena en el centro de la discusión, pero sin olvidar el sentido de urgencia ni tampoco la odiosa discriminación que sufren los más pobres en este tema. La discusión tiene que mantenerse en el nivel de las ideas y no de la consigna, en la defensa de principios y no de intereses. De lo contrario, en unos años más estaremos nuevamente en lo mismo: comprobando resultados desastrosos, con las calles plagadas de protestas y con discursos para la galería diciendo que hay que mejorar la educación. ¡Qué triste sería