Por Aldo Cerda, ActionAbility Institute

  • 6 diciembre, 2018

En Sharm El Sheikh, Egipto, se realizó la 14ª Conferencia de las Partes de la Convención de Biodiversidad de las Naciones Unidas. La secretaria ejecutiva de la organización, Cristiana Pasca Palmer, puso de manifiesto la magnitud del desafío que se enfrenta: los informes del Panel Intergubernamental de Ciencia y Política sobre Biodiversidad y Servicios de los Ecosistemas (IPBES) muestran elocuentemente un declive trágico y acelerado de la biodiversidad y los ecosistemas en todas las regiones del mundo, y una enorme brecha para alcanzar las 20 metas globales de biodiversidad, conocidas como las Aichi Biodiversity Targets.

IPBES ha tratado de emular el éxito del IPCC (Panel Intergubernamental de Cambio Climático) que condujo al Acuerdo de París tras décadas de trabajo multilateral, pero los desafíos son de naturaleza muy diferente. Quizás una de las mayores dificultades radica en la imposibilidad de disponer de una métrica única de avance: a diferencia de la meta de mitigación climática –reducir las emisiones de gases de efecto invernadero, expresadas en toneladas de CO2e–, en biodiversidad existen múltiples tipos de unidades, mayores incertidumbres respecto a los umbrales críticos y mayor presencia de externalidades de difícil cuantificación.

Así, se entiende el interés de ciertas organizaciones por unir los objetivos de la Convención en Biodiversidad a los del Acuerdo de París. WWF indicó durante la COP 14 que Australia, EE.UU. y Canadá tenían uno de los peores desempeños en cuanto a unir esfuerzos de mitigación climática (a través de sus NDCs, Nationally Determined Contributions) con las metas de biodiversidad.

La pregunta de fondo en este caso es: dado que la regla básica de las políticas públicas es “un objetivo, un instrumento”, y tomando en consideración que las NDCs están muy lejos de converger hacia los objetivos climáticos que el mundo ha acordado (no permitir un aumento de temperatura superior a los 2ºC en promedio), ¿tiene sentido “desvestir un santo para vestir otro”? 

Obviamente existen espacios de complementariedad natural: si el 10% de las emisiones de CO2e se deben a deforestación, atacar las causas que generan este fenómeno genera un cobeneficio directo para la biodiversidad. Ello se produciría, por ejemplo, si el sector alimentación promoviera dietas más sanas y libres de conversión de ecosistemas en su origen.

Quizás si el llamado de WWF se focalizase en un desafío crítico anterior, la convergencia sería más efectiva. Hoy el mundo avanza, lenta pero inexorablemente, hacia la política de pricing carbon emissions como una forma de internalizar las externalidades negativas del cambio climático. Necesitamos algo similar a un pricing nature loss como una forma de reflejar una realidad invariante de la actividad económica insustentable: la ausencia de un costo (en este caso de pérdida de biodiversidad) se traduce en niveles de producción que superan sistemáticamente los umbrales de funcionamiento críticos de los ecosistemas naturales.