• 16 octubre, 2008

A raíz de la crisis financiera, la relevancia del triunfo del No trasciende a la interpretación limitada sólo a la reconquista de la democracia.
Por Ricardo Solari
A raíz de la crisis financiera, la relevancia del triunfo del No trasciende a la interpretación limitada sólo a la reconquista de la democracia. Por Ricardo Solari

Hasta ahora la interpretación más obvia del 5 de octubre de 1988 era que el hito representaba el triunfo de la vuelta a la democracia después de 17 años de dictadura. A veinte años de ese día histórico, y más allá de la mayoría que le dio un amplio respaldo la victoria del No, ese significado político ha ido ganando terreno en otros sectores.

Hoy son muchos los que, habiendo sido partidarios de la opción por prolongar a Pinochet en el poder, reconocen que –enfrentados al mismo dilema de entonces– habrían votado distinto. La razón de ello es que la democracia se ha instalado de manera legítima como parte de un sentido común compartido por todos los actores de la sociedad. Por cierto, ello no quiere decir que nuestra democracia no esté necesitada de reformas ni que el país no requiera de nuevos impulsos. Pero en el horizonte no se divisa a nadie que ponga en duda su vigencia y que no la reconozca como parte de un legado histórico que todos estamos llamados a cuidar y proyectar.

Otra es, sin embargo, la situación si se analiza lo que significó para el país el triunfo del 5 de octubre desde los efectos que hoy está provocando sobre el sistema económico la debacle de Wall Street. Mirada la gesta de 1988 en esa perspectiva, ella tiene una lectura que trasciende la interpretación limitada sólo a la reconquista de la democracia.

El otro significado importante del triunfo del No que se puede constatar con más claridad, en este período de caída en picada de la visión extrema del mercado desregulado, es que la preferencia por la democracia en Chile, se fortaleció y superó miedos y escepticismos. Con toda claridad, a partir de los efectos desvastadores que provocó la “crisis de la deuda” a inicios de los 80.

Una de las consecuencias políticas más importantes de esa crisis fue la pérdida de confianza en el mercado como motor exclusivo de la cohesión social. Habiendo “dinero fácil”, el mercado parecía estar cumpliendo la función de integración prometida en los libros sagrados de los ideólogos del proyecto. Esas expectativas se desplomaron con la crisis y la sociedad empezó a inclinarse con mucha más fuerza por la democracia como mecanismo alternativo.

Al identificar al orden democrático que queríamos construir con la restauración de una comunidad nacional cohesionada de otra manera, lo que la Concertación promovió no fue la continuidad conceptual del modelo anterior –neoliberal, como todavía algunos creen desde la derecha y la izquierda– sino un modelo económico social que combina crecimiento y protección social en el marco de una institucionalidad que regula, fomenta y compensa las insuficiencias del mercado y vela por una dinámica eficiente del sistema.

El modelo de la Concertación ha transformado Chile, ha dado bienestar y progreso a la población y ha permitido al país ir sorteando una a una las dificultades, para avanzar hacia umbrales de desarrollo cada vez más altos. Ello se ha logrado unificando una constelación de instituciones e intereses que son hoy parte indiscutida de los criterios de legitimidad que operan entre nosotros. Lo hemos logrado porque hemos sabido sacar las lecciones de las crisis. De la del 82, de la asiática de fines de los 90 y, desde luego, seguiremos aprendiendo de la que está en curso.

Hemos sido capaces de romper con las visiones ancladas en la polaridad mercado y Estado. Entendemos que, ante la volatilidad de los escenarios en la globalización y lo vulnerable que son los países, las instituciones sí importan y que la calidad del Estado es fundamental. Que no se puede prescindir de la política, por una parte, y que las posibilidades de que la democracia sobreviva no son autónomas de dinámicas económicas, tales como los equilibrios macroeconómicos y el crecimiento sostenido.

Una lección de la crisis actual es que ella está generando una decepción relativamente sólida, no biodegradable, en la ideología resueltamente antipública y antiestatal de los que creyeron que era posible que los mercados financieros se pudieran autorregular y que la ética y los valores que la gobiernan eran ramos prescindibles de personas de ideas antiguas y carentes de ambición.

En el plano doméstico, esa visión del capitalismo echó raíces y es el momento de que, al tenor de las discusiones que se están dando en el mundo, sus adeptos consideren seriamente la posibilidad de discutir más desprejuiciadamente estos cruciales asuntos. Aprender de las crisis es fundamental en la experiencia humana y social, pero para hacerlo se requieren capacidad de interpretarlas bien y una dosis de humildad para reconocer errores o, al menos, razonables dudas.