¿Qué significa filmar una película cuando tienes 88 años y nada que perder? La respuesta está contenida en The Mule, un filme tan reposado como alegre, tan incorrecto como perceptivo: un relato donde Clint Eastwood habla un poco de sí mismo, pero también de su país, de la familia y la vejez.

  • 14 febrero, 2019

Para filmar su película, John Huston no necesitaba más de cuatro semanas, a lo sumo cinco. El problema es que no sabía si las tenía. En enero del 87, el legendario director de El halcón maltés (1941), Moby Dick (1956) y El hombre que sería rey (1975) llevaba casi un año en silla de ruedas y a causa de un avanzado enfisema permanecía conectado a un pequeño tanque de oxígeno, pero aún así se aprestaba a rodar su cinta número 37: The Dead, adaptación de un cuento de James Joyce; un proyecto por el que había esperado décadas y que ahora –casi por milagro– conseguía financiamiento. ¿Valía la pena gastarse los últimos cartuchos? Huston estaba totalmente convencido: a sus 81 años, era un caso único. Hollywood se había encargado de jubilar a todos sus compañeros de generación, menos a él.

Era una suerte de regla no escrita: después de cumplir 65, los cineastas –esas bestias al tope de la cadena fílmica– no tenían más opción que vaciar su oficina y marchar a los cuarteles de invierno. Durante décadas, casi no hubo excepciones. Chaplin y Hitchcock tuvieron suerte de filmar hasta pasados los 70 años, porque ellos mismos eran sus propios productores; Buñuel había causado poco menos que un escándalo al estrenar Ese oscuro objeto del deseo a los 78, y medio mundo se impresionó cuando Kurosawa postuló al Oscar con la insuperable Ran (1985), a los 75.

Treinta años después, el escenario es otro: a fines de diciembre, un Clint Eastwood de 88 años regresó como protagonista, director y productor de The Mule, recaudando de paso 120 millones de dólares. Inédito. La industria no tenía precedentes de algo así; pero lo interesante es que, al revés de lo que le ocurría a Huston a fines de los años 80, Eastwood ya no está solo. Cada vez hay más cineastas activos en la tercera y cuarta edad dispuestos a aventurarse con el tremendo desgaste y el estrés que implica un rodaje (ver recuadro), y, en la medida que la expectativa de vida promedio se ha ido alargando más y más, las compañías de seguros –principales responsables de impedir que los viejos hicieran cine comercial– no han tenido otra opción que ceder ante lo inevitable: así como hay compositores, pintores y novelistas que pueden reflejar su experiencia más allá de los 90, ahora también habrá directores.

Un viejo filmando viejos

¿Qué implica eso, en la práctica? Es cosa de detenerse por un rato en la forma en que Hollywood ha filmado a los viejos a lo largo del tiempo, casi siempre relegándolos a papeles secundarios o melodramáticos, a roles de pariente en crisis, mentor de las nuevas generaciones o víctima de estas. Gente a la que le “pasan” cosas, pero que rara, muy rara vez, está al centro de la trama y es dueña de sus emociones. Tal como ocurre con muchos personajes infantiles –y también con los animales–, un anciano en pantalla usualmente no es más que un insumo narrativo, un recurso al cual se echa mano cuando se lo necesita, y apenas el reflejo de una persona real. De hecho, cuando se requiere lo contrario, cuando se necesita que el viejo sienta, actúe, viva, sufra y se despliegue como sujeto, todavía se recurre al truco de envejecer a un actor más joven, para utilizar a alguien con la “energía suficiente” para asumir ese peso frente a las cámaras. Fue relativamente tarde en la historia del cine, recién a finales de los años 80, que esa funesta tendencia empezó a revertirse, pero a paso de tortuga, de suerte que salvo contadas excepciones –como A Straight Story (1999), About Schmidt (2002), Amour (2012)–, la mayoría de las películas sobre viejos aún son acerca de sentirse joven, pasarlo bien en grupo y disfrutar de los años dorados, como si toda la experiencia de la edad pudiera resumirse en la versión alargada de un comercial de pensiones y jubilados.     

Quizás lo mejor de The Mule es que no se molesta, ni por un minuto, en intentar corregir esa visión de las cosas. La película está demasiado volcada en los apuros de su antihéroe como para distraerse convirtiéndolos en panfleto: a sus 90 años, Earl Stone (Eastwood) está en la calle. Incapaz de subirse a la era digital, su negocio de flores y semillas –al que se dedicó por entero, a costa de matrimonio y familia– lo ha llevado a la quiebra. Invitado en el matrimonio de su nieta, se topa con un asistente que le ofrece una salida: usar su camioneta para transportar bolsos y mochilas ajenos, a condición de que no mire su contenido. De ahí a darse cuenta de que se ha convertido en una “mula” de los narcos hay un solo paso; pero, con los dólares en la mano, Earl ya no está para hacerse más preguntas. Continúa yendo y viniendo por el camino, aprovechando su inmaculada hoja de vida como conductor, sacando partido de que ningún policía sospecharía de un hombre tan viejo y –no hay que olvidarse– tan blanco como él.

Basada en las verdaderas andanzas del granjero Leo Sharp, recogidas por The New York Times en un reportaje de 2014, la cinta va configurando a un veterano que ni se rebela contra el sistema ni se redescubre a sí mismo en la ruta. Viéndolo manejar al ritmo de sus canciones favoritas, comiendo en sus posadas preferidas, hablar sin filtro con extraños y despachando bromas al filo de lo incorrecto ante latinos y negros, es claro que “abuelo” o “tata”, como le llaman sus empleadores, es hijo de un tiempo ido, que no está ahí para pedir disculpas sobre lo que piensa o dice, ni para obrar con la debida corrección política. Aunque lo quisiera, no podría. No es una criatura compuesta por guionistas bien pensantes, como ocurre con casi todos los personajes de las actuales cintas postulantes al Oscar 2019 (carrera a la cual Eastwood no demostró la menor atención de plegarse), y tampoco para defender la agenda de nadie. Ladino, canchero y hasta seductor si se lo piden, el señor Stone es un pícaro tal como alguna vez lo fue Lazarillo. Eso sí, como ocurre con casi todos los que llegamos a la adultez –y los que se asoman más allá–, parte importante de lo que todavía le mueve está compuesto más de remordimientos que de certezas, de caminos no transitados, de cabos sueltos que no se atan, por más que uno quiera. Eastwood no ha dicho una palabra en torno a los tintes autobiográficos de la historia, pero la presencia de los ocho hijos (de cinco madres distintas) con los que hace mes y medio el cineasta acudió al estreno del filme, hace sentido al visualizar el hogar roto y abandonado por Earl Stone hace ya muchos años.

Y ese no es el punto más provocador del filme: como bien han señalado algunos críticos estadounidenses –sobre todo Richard Brody, en The New Yorker–, The Mule es en esencia un filme político, uno donde el viejo conductor es el eslabón más vapuleado de un sistema que ya no aguanta más desgaste, un espacio –un mercado, también– donde todos viven al día, agobiados: el jubilado y su familia, los policías que le persiguen (presionados por jefaturas que necesitan mejorar porcentajes de efectividad), e incluso los narcos, que intentan satisfacer la demanda de su producto, incluso si eso significa tener que depender de un nonagenario para que se cumpla el objetivo. Puesta en el contexto del Estados Unidos de Trump, un país saliendo del shutdown, paralizado entre un muro que no se levanta, la guerra comercial, el aislacionismo, conatos neorracistas, bancarrota política y el fantasma de una nueva recesión, de pronto esta simple fábula cobra otro cariz. Sobre todo porque no la cuenta un “joven” que puede ganar o salir derrotado con la operación, sino que la narra alguien que va de salida, alguien que no tiene nada que perder, salvo –como el propio Earl Stone dice en la película– el tiempo invertido.

Lo que nos lleva de vuelta al principio, a John Huston. ¿Logró terminar su cinta? Sí. Pero no alcanzó a verla: murió al final del proceso de montaje, en agosto de 1987. Eastwood no tiene planeado hacerlo, ni por si acaso. Lo más probable es que tenga los ojos puestos en llegar a los 90, filmando como si nada. ¿Podrá? ¿Importa, acaso? Después de The Mule, el cielo es el límite.

LOS COMPAÑEROS DE CLINT

La irrupción de los viejos en la dirección ya no tiene vuelta atrás; en especial considerando que, provisto que no intenten filmar superproducciones, la industria audiovisual parece más que abierta a darles un más que merecido espacio. Primera en la línea, se encuentra la francesa Agnes Varda, quien después de ganar un Oscar honorario en 2017, postuló a mejor documental con la extraordinaria Rostros y lugares, y de yapa aprovechó de celebrar sus 90 años. Alejandro Jodorowsky cumplirá esa misma edad el 17 de febrero, y esta temporada espera estrenar un nuevo documental en el Festival de Cannes y terminar el guion de Viaje esencial, el cierre de su trilogía autobiográfica. El porfiado Jean-Luc Godard y el incansable Frederick Wiseman festejaron sus 88 con sendos ensayos fílmicos, El libro de la imagen y Monrovia, Indiana. A los 86, Roman Polanski fue expulsado de la Academia e inició el rodaje de Yo acuso, un filme sobre un caso de antisemitismo y segregación, que –considerando su propio estatus de hombre condenado por violación– alimentará polémicas por meses y meses, hasta su debut en diciembre.

Y ojo, que es cosa de un puñado de años para que la lista incluya a los más “jóvenes” de este grupo: si la salud y la energía los acompañan, Brian De Palma (78), Martin Scorsese (76), Werner Herzog (76), Wim Wenders (73), Paul Schrader (72) y Steven Spielberg (72) tendrán por delante una buena cantidad de proyectos antes de pensar en el retiro.