La Forma y el Fondo Por Cristián del Campo, SJ Capellán Un Techo para Chile El Papa Francisco nos tiene contentos a todos los católicos. Incluso a los que no lo son. En pocos meses, sus palabras, gestos y actitudes han mostrado un Papa diferente. Ha sorprendido por su sencillez, su espontaneidad, su cercanía, su […]

  • 9 agosto, 2013

Papa Francisco

La Forma y el Fondo

Por Cristián del Campo, SJ Capellán Un Techo para Chile

El Papa Francisco nos tiene contentos a todos los católicos. Incluso a los que no lo son. En pocos meses, sus palabras, gestos y actitudes han mostrado un Papa diferente. Ha sorprendido por su sencillez, su espontaneidad, su cercanía, su sonrisa, su preocupación por los pobres. Algunos dicen que es por el hecho de ser jesuita. Sinceramente, creo que es más bien por el hecho de ser latinoamericano. Y por el hecho de haber sido siempre muy cura, muy pastor y por 20 años obispo “con olor a ovejas”, como él mismo invitó a ser a todos los que compartían su misión episcopal.

Su reciente paso por Río de Janeiro dejó prendidísimos a los cientos de miles de jóvenes que se reunieron para verlo y escucharlo. Es que todo parece ser novedad en Francisco. Llamó a los jóvenes argentinos –y en ellos a los de cualquier parte– a “hacer lío”, a que la Iglesia salga a la calle, a “que nos defendamos de todo lo que sea mundanidad, de lo que sea instalación, de lo que sea comodidad, de lo que sea clericalismo, de lo que sea estar encerrados en nosotros mismos”. Notable, simplemente notable que un Papa diga eso. O que invitara a sus colegas del episcopado latinoamericano a que amaran la pobreza, evitando toda “psicología principesca”. Uf. Directo al mentón. O que a los líderes políticos, culturales y empresariales de Brasil les haya recordado que hoy persisten los mismos gritos de justicia que Dios puso en boca del profeta Amós: “Venden al justo por dinero, al pobre por un par de sandalias. Oprimen contra el polvo la cabeza de los míseros y tuercen el camino de los indigentes”. Ése fue un uppercut, que no dejó mono con cabeza.

Todo esto tiene muy contento a católicos más aperturistas, cercanos al Vaticano II, a lo social, a la teología latinoamericana. Pero lo paradójico es que no se han oído quejas de los católicos más tradicionales, conservadores o espiritualistas. ¿La razón? Yo creo que porque ellos también están contentos con Francisco, pues si en la forma el nuevo Papa ha sido muy novedoso, en el fondo no lo ha sido. Si se revisan con atención sus distintas declaraciones, cartas, y hasta su contribución en la encíclica Lumen Fidei, se podrá comprobar que hasta el momento no conocemos ninguna novedad doctrinal que llame la atención.

En la improvisada conferencia de prensa que brindó a los periodistas que lo acompañaban en el vuelo Río de Janeiro-Roma, se despachó algunas cuñas que rápidamente se viralizaron por medios de comunicación y redes sociales. “Si alguien es gay, ¿quién soy yo para juzgarlo?”, señaló. O lo que dijo respecto a los divorciados vueltos a casar: “Ha llegado el tiempo de la misericordia… el clericalismo ha herido a mucha gente”. O su crítica frontal al actual sistema económico y social, donde el dinero es el criterio primero y último. O a la necesidad de que hagamos de una vez por todas una teología de la mujer en la Iglesia. A todas y cada una de estas afirmaciones, no queda más que decir “amén, aleluya”. Y, sin embargo, ninguna realmente representa una novedad de fondo a la doctrina de la Iglesia. Francisco reitera en éstos y otros temas el magisterio vigente y no introduce en él –aún– ningún cambio sustancial.

La actitud de acogida y cercanía, el testimonio de austeridad y cercanía a los pobres, la primacía de la misericordia y la compasión, son una bocanada vivificadora de aire fresco que Francisco ha traído a una Iglesia que olía mal. Pero sin cambios de fondo en el tiempo, la forma resultará insuficiente. Necesaria y urgente, pero insuficiente.

Francisco es tradicional en lo doctrinario. No espero –ojalá me equivoque rotundamente– que nos sorprenda pronto en temas que teológica y doctrinariamente hace tiempo que hacen ruido: acceso a la comunión de los divorciados vueltos a casar, reconocimiento civil de parejas homosexuales, discusión sobre la ordenación de mujeres, celibato de sacerdotes que no pertenecen a una congregación religiosa, participación de laicos en instancias de toma de decisiones eclesiales, revalorización de las intuiciones centrales de la teología de la liberación, una catequesis más clara que traduzca claramente las implicancias para todo cristiano hoy de los principios fundamentales de la doctrina social de la Iglesia, etc.

Pero mi esperanza sigue intacta. Forma y fondo, aunque distintas, nunca lo pueden ser tanto. Puede que el nuevo Papa sea bien tradicional en temas doctrinarios, pero es sobre todo un pastor, un buen pastor. Ese sentido pastoral sabe que no basta sólo con acoger al que está sufriendo hoy, sino el que sabe ofrecer caminos reales –y no utópicos o heroicos– para transitar en el futuro. Ese sentido de cercanía y humanidad del nuevo Papa será la ventana que ya se abre para hacernos cargo de tantos temas que nuestra Iglesia necesita cambiar de forma y de fondo. •••

El líder indiscutido

Por Fernando Chomalí, Arzobispo de Concepción

Francisco, con su sencillez, su espontaneidad, su amor a la verdad, cautivó a los jóvenes. Sí, el Papa, un hombre de 76 años de edad, reunió a 3 millones de jóvenes provenientes de todo el mundo en una playa para rezar.

Primera lección, el deseo del hombre de trascender no se ha apagado. Incluso me atrevo a decir que está más vigente que nunca e irá en aumento. El Papa no condenó ni amonestó a los jóvenes, sino que los invitó a que fueran desde hoy protagonistas de la historia. No mañana, hoy. Y que lo fueran desde su identidad de discípulos de Jesucristo. El Papa, eso sí, fustigó y con firmeza la corrupción, el afán de poder, la incapacidad de la sociedad toda y sus estructuras políticas, sociales y económicas, de superar la pobreza. Pero fue más lejos al decirnos, a nosotros, los sacerdotes y obispos, que estemos más atentos a las necesidades de la gente, que no nos encerremos en nosotros mismos y que salgamos a las calles a predicar el Evangelio. Nos pide que seamos pastores con olor a ovejas, es decir, que estemos desde nuestro carisma sacerdotal junto a ellas.

Francisco quiere volver a reconocer la belleza que hay en las cosas simples de la vida. Dijo que le gustaba “callejear” y a quién, sino a él, le correspondía llevar una maleta con sus utensilios de aseo al partir de viaje. Todos hemos y estamos cautivados porque no sólo no le gusta la pompa, el fatuo, sino que él mismo ha vivido y quiere seguir viviendo sin pompa ni fatuo. Su vida y testimonio son una invitación a cada uno de los habitantes del planeta a predicar con el ejemplo de una vida de austeridad. Bien sabe el Papa que los jóvenes le dan mucho más crédito a lo que ven que a lo que oyen.

El Papa habló de Dios y cautivó. Allí está el gran regalo que le quiere ofrecer al mundo y de modo especial a los jóvenes. Les habló de Dios manifestado en un hombre, que es Dios, Jesucristo, que sirvió, que amó, que dio la vida, que fue crítico a los poderosos de la época y que hoy, 2 mil años después, está más vigente que nunca con su enseñanza, con su vida, con su testimonio y con su presencia en la Iglesia.

Francisco visitó a los más pobres de los pobres, a los encarcelados, a los que a los ojos del mundo no valen porque no producen, no tienen poder alguno. Él nos dijo que allí estaba el gran tesoro del Evangelio, preocuparse de los que nadie se preocupa. Y allí está el gran desafío que tiene la sociedad toda y que obliga a cuestionar el modelo económico que nos rige. En Chile también tenemos que escucharlo con más atención. Cuando venga, nos dirá lo mismo que nos dijo Juan Pablo II: los pobres no pueden esperar. Desde la visita del año 1987 se ha mejorado mucho en lo que a la economía se refiere, hay menos pobres en Chile, pero aún hay muchos que siguen esperando por una buena educación, por una buena atención de salud, por una vivienda digna, por condiciones laborales a la altura de la dignidad humana.

Francisco es el líder indiscutible del momento. Un momento especialmente delicado por las guerras fratricidas de varios países, de un cierto pesimismo en torno al futuro, de descrédito de la política, de cambios demográficos notorios que van a modificar el rumbo de la historia y de un ambiente que se siente amenazado por el propio hombre.

Una vez más, en Río de Janeiro quedó demostrado que el hombre es un ser social y espiritual, que anhela encontrarle un sentido a la vida que vaya más allá que las propuestas pasajeras que nos ofrece una sociedad que gira en torno al consumo. El Papa nos advierte del riesgo de la idolatría de cualquier tipo, y que si queremos fundar una sociedad a escala humana, tenemos que mirar a Jesucristo. •••