Pocos inventos más perfectos que la bicicleta, una alianza entre hombre y máquina que representa una manera amigable de aventurarse por el planeta. Quien aprende a pedalear nunca lo olvida, porque es una experiencia liberadora y en cierta manera total, que nos conecta con el ambiente y con el esfuerzo físico. En esta edición quisimos homenajear a tan noble artilugio. Por Marcelo Soto.

 

  • 10 agosto, 2011

Pocos inventos más perfectos que la bicicleta, una alianza entre hombre y máquina que representa una manera amigable de aventurarse por el planeta. Quien aprende a pedalear nunca lo olvida, porque es una experiencia liberadora y en cierta manera total, que nos conecta con el ambiente y con el esfuerzo físico. En esta edición quisimos homenajear a tan noble artilugio. Por Marcelo Soto.

"El primer pedaleo constituye la adquisición de una nueva autonomía, es la escapada, la libertad palpable, el movimiento en la punta de los dedos del pie, cuando la máquina responde al deseo del cuerpo e incluso se le adelanta. En unos pocos segundos el horizonte limitado se libera, el paisaje se mueve. Estoy en otra parte, soy otro y sin embargo soy más yo mismo que nunca; soy ese nuevo yo que descubro”.

La frase es de Marc Augé, reconocido antropólogo francés, y aparece en su libro Elogio de la bicicleta, un encantador y breve ensayo que recorre las virtudes del ciclismo, al que describe como una forma del humanismo. Según el pensador galo, montar sobre dos ruedas es un acto que nos conecta con la niñez y con el porvenir. “Se sabe que una vez que uno aprendió a andar en bicicleta, como a nadar, ya no lo olvida. El conocimiento progresivo de uno mismo al que corresponde el aprendizaje de la bici deja huellas inolvidables e inconscientes. Hay aquí una paradoja que le da originalidad: la paradoja del tiempo y de la eternidad, si se quiere”.

Augé sostiene que la experiencia física de aprender a pedalear es una experiencia de conquista. La sensación de tener al mundo bajo dos pedales, una sensación que con la edad se va desgastando, debido a la fatiga y la falta de práctica. Por eso, “montar en bicicleta es aprender administrar el tiempo, tanto el tiempo corto del día como el tiempo largo de los años que se acumulan. Y sin embargo (y aquí está la paradoja), la bicicleta también es una experiencia de eternidad. De alguna manera se asemeja a la experiencia que se tiene en la playa cuando el que se tiende sobre la arena y cierra los ojos experimenta la sensación de reencontrarse con su infancia o, más exactamente con las sensaciones que, al no tener edad, escapan a la acción corrosiva del tiempo”.

El autor francés lamenta la degradación del deporte ciclista, que según su perspectiva, ha perdido el heroísmo de los tiempos de Coppi, tiempos en que poseía una cualidad mítica. Hoy existen mejores atletas, ciclistas más rápidos y resistentes, pero ya no hay mito, por mucho que el Tour de Francia siga siendo un espectáculo único (ayudado también por las maravillosas vistas aéreas y de primeros planos que entrega la televisión).

Augé plantea una utopía de la bicicleta: un mundo en que los estacionamientos para autos están en las afueras de la ciudad. Allí dejan sus máquinas de cuatro ruedas sus dueños, porque en la urbe sólo andan ciclistas en las calles y peatones en las veredas. Todos felices y conectados, amables y solidarios. Sin duda, una fantasía que no carece de atractivo.

El autor galo, cabe señalar, acuñó el concepto de no-lugar para hacer referencia a ese tipo de sitios cuyo sentido es meramente transitorio, como autopistas, supermercados, aeropuertos. Sitios que a su vez generan zonas anexas muertas, sin relevancia social salvo el hecho de estar ahí, al paso. Augé plantea que la cultura automovilística ha provocado un auge de no-lugares, de espacios sin vida, en contraposición a la experiencia gozosa de andar en bici que nos conecta con el entorno y nos obliga a vivirlo.

David Byrne, el ex guitarrista y cantante de los notables Talking Heads, comparte la aprensión de Augé sobre la cultura del automóvil: a su juicio, el auge de los vehículos motorizados ha hecho que grandes superfi cies de las ciudades se conviertan en no-lugares. Autopistas que nos llevan de un lado a otro, cruzando espacios baldíos en los que nadie quiere vivir.

En su libro Diarios de bicicleta, Byrne comenta: “años atrás se pensaba que nuestras ciudades no estaban sufi cientemente bien adaptadas a los coches. La gente que se movía en coche se encontró pronto con la frustración de calles repletas y congestionadas. Entonces los urbanistas sugirieron que enormes autopistas y arterias de hormigón solucionarían el problema de la congestión. No fue así. Muy pronto éstas se llenaron de más coches aún”.

Byrne recorre en bicicleta los suburbios de algunas ciudades norteamericanas –como Baltimore, donde se crió– y compara la decadencia de tales páramos con los barrios soviéticos. Para él, no hay diferencia entre capitalismo y comunismo. Ambos conducen a la misma clase de deterioro e inhumanidad. Se puede disentir de la visión de Byrne –quien pide excusas por ser a veces muy didáctico–, pero su forma de divagar (y de andar en bici por diferentes metrópolis del mundo) no deja de ser atractiva, siempre mezclando datos, aportando refl exiones a menudo oportunas.

Otros dos libros que exultan las bondades del ciclismo –y que no debería olvidar el lector interesado en el tema– son Una historia en bicicleta, de Ron McLarty y El ciclista, de Tim Krabbé. El primero rescata el efecto sanador de andar en bici, al contar la historia de un hombre obeso que luego de morir sus padres decide cruzar EEUU en dos ruedas, encontrando en el camino una respuesta vital sin dejar de perder peso. El segundo aborda el aspecto deportivo: la historia de una carrera, el Tour del Mont Aigoual en el sur de Francia en 1977. Un relato formidable sobre la agonía y el triunfo que esconden dos pedales y dos ruedas. Todo un mundo.

Diarios de bicicleta. David Byrne. Reservoir books, 2011. Elogio de la bicicleta. Marc Augé. 107 páginas. Gedisa, 2009.
El ciclista. Tin Krabbé. 153 páginas. Los libros del Lince, 2010.
Una historia en bicicleta. Ron McLarty. Algafuara, 2006.

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