La sobredosis de literatura puede provocar delirios, como les pasa a los protagonistas de estos libros, recién llegados al país, del uruguayo Mario Levrero y el estadounidense Philip Roth.

  • 19 octubre, 2007

La sobredosis de literatura puede provocar delirios, como les pasa a los protagonistas de estos libros, recién llegados al país, del uruguayo Mario Levrero y el estadounidense Philip Roth. Por Marcelo Soto.

La falta de humor de la narrativa chilena es un mal endémico. Salvo excepciones, como Juan Emar o algunos chispazos de Roberto Bolaño, para no mencionar las crónicas de Edwards Bello, nuestros prosistas parecen tan serios como una clase de matemáticas en un colegio de provincia. Y es una falencia que sufren los lectores, quienes deben recurrir a autores extranjeros si buscan algo que les provoque una sonrisa. No una mueca, sino carcajadas. Ahora mismo acaban de llegar a nuestras librerías dos novelitas cortas, cargadas de un humor corrosivo, con momentos explosivos, desternillantes. Ideales para leer en el metro y observar a los aburridos transeúntes mirarnos con envidia y desconcierto mientras reímos a pierna suelta.

La primera es Dejen todo en mis manos, del uruguayo Mario Levrero (1940-2004) un auténtico desconocido por estos lados, pero autor de una obra inclasificable, marcada por el humor, que dejó numerosos relatos, libros de cómics y crónicas. En esta novela corta, narrada en el estilo parco y certero de Raymond Chandler, aunque con menos brillo, se cuenta en primera persona una obsesión tan literaria como sentimental.

Al protagonista, escritor que acaba de terminar un libro que nadie quiere publicar, le ofrecen un trabajito: por dos mil dólares debe encontrar al autor de una novela notable que llegó a una editorial de Montevideo sin señas de identidad de su creador. Solo existe un nombre, Juan Pérez, y una ciudad, Penurias, pero nadie sabe dónde vive ni quién es, ni menos cómo llegó a crear desde el anonimato una obra “mejor que la de García Márquez”.

Así las cosas, se dirige a Penurias, localidad ubicada entre pueblos llamados Miserias o Desesperanzas, y apenas llega se involucra en una aventura sexual, mientras la búsqueda del autor desconocido es lo bastante escurridiza y disparatada que le cabe perfecto el adjetivo de kafkiana.

El autor de La metamorfosis también está presente en El pecho, novela de Philip Roth publicada en Estados Unidos en 1972, un año convulsionado que merecía un relato tan delirante como éste. Escrito de manera implacable, brillante, la primera frase lo dice todo: “Empezó de una manera rara”. Lo que empieza es una transformación. El protagonista, un profesor de literatura bastante libidinoso, siente una picazón en sus partes íntimas y un buen día despierta convertido en un pecho femenino de 70 kilos. Como en La nariz, de Gogol, acá pasan cosas impensadas y las soluciones parecen peores que el problema. Fuera de ser una feroz sátira sobre las obsesiones masculinas por ciertos aspectos del cuerpo de la mujer, con toda la carga analítica que eso trae, El pecho es una corrosiva metáfora sobre los delirios que provoca el exceso de literatura.

“Al fin y al cabo, ¿quién es el artista más grande, el que imagina la transformación o el que se transforma maravillosamente a sí mismo?”, pregunta el hombre convertido en fenómeno. Cruel y deliciosamente perversa, El pecho es divertida de principio a fin y tan asertiva como chispeante. Ningún libro de historia podría describir mejor los trastornos de esa época, principios de los 70, cuando la violencia y las teorías disparatadas se hicieron aliados y transformaron el mundo en un polvorín.

Los protagonistas de ambos libros son lectores empedernidos, engolosinados con ellos mismos, hedonistas, intelectuales, hijitos de mamá. Y en estas páginas quedan a la deriva, como niños que son. Patéticos, pero encantadores.