Los norteamericanos James Salter y William Goyen, poco conocidos para el lector en español, irrumpen con libros rebosantes de talento, inspiración y belleza. Por Marcelo Soto

  • 15 mayo, 2008

 

Los norteamericanos James Salter y William Goyen, poco conocidos para el lector en español, irrumpen con libros rebosantes de talento, inspiración y belleza. Por Marcelo Soto

 

 

El crítico Ernesto Ayala comentaba en Artes y Letras la paupérrima calidad de la cartelera cinematográfica local y algo similar podría decirse, aunque con menos pesimismo, de nuestra oferta literaria. Las librerías llenan sus escaparates con los autores de siempre (Isabel Allende, Marcela Serrano, Ken Follett, etc.), que tienen sus puestos asegurados en las listas de venta por semanas o meses, y hay que rebuscar para encontrar algo interesante.

Por lo mismo, descubrir dos pequeñas joyas, como La última noche, de James Salter, y La misma sangre y otros cuentos, de William Goyen, que brillan como un par de diamantes en el fondo de un pozo, es todo un acontecimiento que merece celebrarse. Dos autores poco conocidos en español que, sin embargo, ostentan algunos de los rasgos que han hecho del relato corto en Estados Unidos una de las tradiciones más ricas del género en la narrativa contemporánea.

Salter, nacido en 1925, fue piloto de guerra y participó en varios conflictos antes de dedicarse por entero a la escritura, y no es extraño que su estilo sea recio, preciso como una navaja, donde una frase basta para definir el fracaso de una vida. La última noche habla de hombres y mujeres acechados por el deseo, de matrimonios al borde del hundimiento, de esposos destrozados por el alcohol y la rutina y de amantes que dejan de amarse.

Los personajes de Salter llegan a un punto en que las cosas se desmoronan, imperceptiblemente, pero sin vuelta atrás, tal como en los relatos tardíos de Fitzgerald. Viven en un mundo de éxito, de poder, de competencia brutal y el autor los retrata con dureza, a veces sin compasión, en ambientes tan diversos como Hollywood, el ejército o la academia.

Si los escenarios de Salter son mundanos, los de Goyen (1915-1983) apuntan al sur profundo, a ese territorio mágico y tenebroso, golpeado por el clima, la pobreza y las diferencias raciales que tipos como Faulkner o el primer Capote han convertido en material literario de primera necesidad.

Leer La misma sangre y otros cuentos es encontrarse con un clásico. Relatos como “Preciada puerta”, sobre un padre y su hijo enfrentados a una tormenta y a un hombre herido de muerte por su hermano, o “Si tuviera cien bocas”, la historia de un relación incestuosa en los tiempos del Ku Klux Klan, son perfectos y golpean nuestra memoria como los cuentos que alguien escuchaba de niño, justo antes de convertirse en adulto, cuando todo cambia para siempre.