• 4 mayo, 2010


A la gente le importa mucho la vida que llevamos los sacerdotes. Quiero afirmar al respecto, y muy responsablemente, que no hay lugar más seguro para un niño y un joven que un colegio o una parroquia o cualquier institución a cargo de la Iglesia Católica.


Frente a los abusos a niños que han cometido algunos de los más de 400 mil sacerdotes que trabajan en el mundo entero, surge la pregunta de por qué esto ha suscitado tanto revuelo público, indignación, pena y dolor. La razón es muy sencilla: los hombres, creyentes o no, esperan mucho de los sacerdotes, dado que la motivación que los llevó a serlo surge de Dios (vocación viene del latín vocare, que significa llamado), del reconocimiento público de su preocupación por los hombres, especialmente si son indefensos, y de la inmensa y extensa labor pastoral y educativa que han realizado y realizan a lo largo del mundo.

Más de algún lector se acordará con gratitud del sacerdote del colegio donde estudió o de la parroquia que frecuentaba junto a su familia. Cuántas veces se nos ha pedido que recemos por alguna intención particular que inspira al corazón y que pensamos que sólo Dios puede solucionar. Cuántas veces hemos acompañado a las personas en momentos de profundo dolor, como el sufrimiento o la muerte de un ser querido. Cuántas hemos estado presentes en momentos tan significativos para la vida de una familia como
el nacimiento de un nuevo miembro o el matrimonio de uno de sus integrantes. Son tantos los que ven en nosotros al consejero sabio, al confesor prudente y misericordioso.

Lo que ha acontecido al interior de la Iglesia con un reducido número de sacerdotes ha llevado a que el Santo Padre pida perdón a las víctimas, cargando con humildad, como chivo expiatorio, los pecados de los demás. El Papa se conmovió y lloró con las víctimas. Estoy cierto de que él nunca conoció a quienes traicionaron su vocación sacerdotal, abusando de los niños que estaban en el orfelinato en Malta. Sin embargo, cura las heridas de esos muchachos estando con ellos, les pide perdón por lo acontecido y les toma como buen pastor en sus hombros para llevarlos de nuevo por el camino de la fe; el cual, muchas
veces por lo vivido, perdieron. Ahí aparece con fuerza lo que significa ser el vicario de Cristo, asumir el pecado del mundo, pedir perdón por los pecados de los otros y ofrecer el amor de Dios, que es más potente que el mal infligido, la desesperanza y el dolor.

Quienes ofenden tan gravemente a los niños no tienen espacio en el sacerdocio que, de suyo, está llamado a acoger a éstos y mostrarles el rostro de Dios, rico en misericordia. Hemos de trabajar para que nunca más sucedan tan tristes episodios y, sobre todo, ser más rigurosos en la selección de los candidatos al sacerdocio.

Otra lectura que hemos de hacer de estos hechos, que mueven la barca de Pedro y dejan la impresión de que el Señor duerme en su interior, es que los hombres somos incapaces por nosotros mismos de llevarla al buen puerto del encuentro con Dios.

Frente a los acontecimientos que han sacudido a la Iglesia y a la opinión pública, necesitamos, como nunca, que Dios, presente en medio de nosotros en Jesucristo, se convierta en el eje de nuestra vida,
la causa de todas nuestras actividades y el horizonte de nuestras motivaciones. Sobre todo, porque si Dios en estos 20 siglos ha hecho de la Iglesia una obra grande y maravillosa a través de hombres frágiles,
necesitamos reconocer con más fuerza que nunca que requerimos de salvación. Todos, hoy más que nunca, hemos de tener nuestra mirada puesta en El. Hoy, se nos invita a repetir las palabras del publicano:
“ten misericordia de mí, que soy un pobre pecador”. Y esa salvación viene sólo de Dios, que la ofrece setenta veces siete. Es decir, siempre. Qué ciertas las palabras del salmo “si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles. Si el Señor no guarda la ciudad, en vano vigilan los centinelas”.

Más urgente que nunca resulta poner más la confianza en Dios que en nuestras propias fuerzas y
pobres cálculos humanos, dado que, como dice San Pablo, “llevamos un tesoro en vasijas de barro”. Estos
hechos lamentables, que han causado tanto daño a las víctimas y sus familias, deben llevarnos a decir nunca más y a asumir una actitud de mucha humildad frente a un don inmenso que se nos ha regalado,
el sacerdocio, y a reconocer la obligación moral de custodiarlo y poner todo lo que esté de nuestra parte para no traicionar la confianza que el mismo Dios ha depositado en nosotros y en las personas a las
cuales estamos llamados a servir.

El sacerdote es un bien de y para la comunidad, y en el servicio encuentra su razón de ser. Desde ese punto de vista, usando las palabras de Benedicto XVI, esta herida que se ha ocasionado a la Iglesia,
al cuerpo de Cristo, ha de ser sanada con la reparación del daño, por cierto; con la petición de perdón, también, pero sobre todo con más vida espiritual y testimonio de santidad de todo el cuerpo de Cristo.
Todos quienes hemos recibido el don de la fe estamos llamados a una vida más coherente con la creencia que hemos acogido y profesamos.

En esa tarea, todos nos tenemos que ayudar rezando los unos por los otros y corrigiéndonos fraternalmente. Los acontecimientos vividos en este último tiempo han dejado en claro que a la gente le
importa mucho la vida que llevamos los sacerdotes. Y también, que le importa mucho el cuidado de éstos. Quiero afirmar al respecto, y muy responsablemente, que no hay lugar más seguro para un niño y un joven que un colegio o una parroquia o cualquier institución a cargo de la Iglesia Católica. Por último, quisiera agradecer públicamente el reconocimiento y el cariño que mucha gente ha manifestado a los miles de sacerdotes que día a día contribuyen con su oración, su vida apostólica y su generosa entrega. De hecho, el sábado 24 de abril han sido ordenados cuatro sacerdotes y cuatro diáconos para la Iglesia de Santiago, lo que confirma una vez más que el Espíritu Santo sigue animando a su Iglesia y regalándole ministros para que anuncien la salvación que nos llega por Jesucristo Nuestro Señor y se extiende por su Iglesia hasta el fin de los tiempos.