El primer sobrenombre que tuve fue Doctor No. Me lo puso mi padre cuando tenía cinco años, en vista de mis negativas ante cualquier opción que se me presentara. Decir que no –en mi caso– fue una manera de resguardarme, de tomar distancia. Luego accedía de mala gana. Mis escrúpulos eran más fuertes. Prefería la palabra “no” a su opuesta “sí”, ya que siempre he creído que la afirmación implica un sometimiento.

Lo mío fue desde joven estar en contra, cuestionar, molestar. Seguro que en mi inconsciente están los verdaderos resortes de esta conducta. Con los años he ido variando pero no demasiado, al menos, no estoy en sincronía con el sistema. Ocupo un Blackberry viejo, no tengo vínculos con casas comerciales de ninguna especie. Mi auto tiene 20 años y está lejos de preocuparme. No hago transferencias bancarias electrónicas, no tengo tarjeta de crédito, prefiero el efectivo. Detesto que me pidan el carnet de identidad, que me controlen y reduzcan a reglas propias de animales domésticos. También me molesta el exceso de prohibiciones y la censura de lo correcto, que oculta la suciedad que nos mancha.  

Es tan desmedido el placer por reprimir de estos tiempos, que pienso en cómo salvarme de esta situación. El control de nuestros deseos está organizado. Se negocia con él. Internet dejó de ser un área de emancipación como nos dijeron, y se convirtió en sistema de manejo social donde la libertad no tiene ningún espacio. Por eso me niego a participar del todo. A entregar mis datos. Rebeldía inútil, resistencia fallida. Patalear, lo llamaba Nicanor Parra. El asunto es que no me gusta que se metan en mi privacidad sin mi permiso y detesto las falsas obligaciones, como estar al día. Trato de mantener costumbres como hablar por teléfono. La gente ya no lo hace porque es más fácil escribir un WhatsApp. Yo todavía extraño la voz, las inflexiones que se dan en una conversación, el devenir que traen las palabras cuando se escuchan los silencios.

He llegado a especular que lo radical, lo realmente puntudo, es manejar la tecnología solo cuando es necesaria para uno. Imponer nuestro ritmo, no permitir que nos solucione tanto la vida a una velocidad trepidante que impide asimilar la experiencia. Cuando el rozarse se cambia por un like, por la aprobación virtual, adoptamos un trayecto fijo a la soledad y la esterilidad creativa. Esto no significa que lo bueno sea estar al margen de las redes sociales, ni nada por el estilo. Dominarlas, remitirlas a lo que queremos, es mejor que cualquier discurso contra el sistema. 

Los ancianos son, sin duda, los menos mansos. En rigor, constituyen la única contracultura, puesto que todavía tienen hábitos de personas independientes y no entienden ni enganchan con las aplicaciones. Pasean, compran en el almacén y se marean en los malls. Les irrita el orden social que los excluye, les aburren las peroratas que suenan a nuevas. Son las reales víctimas de una mentira feroz: que les esperaba una vida digna en sus últimos años. Viven en una realidad material precaria y no pueden eludir sus cuerpos inermes.  

Existen los jóvenes desenchufados. Quieren oponerse a la sociedad comiendo arroz integral. Son hippies que nacieron con iPad. Vienen con la velocidad y la falta de paciencia incorporadas, al igual que el resto de su generación. No forman una cultura aparte que pueda apreciarse. Se remiten a escapar sin plasmar conceptos ni obras que refieran a su condición insatisfecha. Disfrutan de poca curiosidad por el pasado que los distingue.

En lo personal, me siento fuera de cualquiera de estas modas. No soy un anciano que no pueda aprender a manejar un smartphone, pero decidí no inquietarme y seguir en lo mío, los libros, que se hacen, leen y escriben igual desde hace siglos. La desidia por lo moderno me gana. La fealdad y obscenidad de los celulares me dan risa y asco. Ver a alguien oyendo un mensaje de audio o mandándolo es una escena morbosa. Acepto que mi naturaleza mañosa e insoportable no tiene explicación. Es mi neurosis –por ahora– la mejor defensa ante el aluvión existencial.