Aunque han colaborado en tres ocasiones, Gatos viejos marca la primera vez en que Sebastián Silva y Pedro Peirano comparten la dirección de una película. ¿Cómo fue la experiencia? ¿Cuánto se parece a La nana el nuevo filme?

  • 29 diciembre, 2011

Aunque han colaborado en tres ocasiones, Gatos viejos marca la primera vez en que Sebastián Silva y Pedro Peirano comparten la dirección de una película. ¿Cómo fue la experiencia? ¿Cuánto se parece a La nana el nuevo filme? Por christian ramírez; fotos, Constanza Valderrama

Me anduvieron diciendo en twitter que me cabreara de reenviar opiniones de gente que había visto Gatos viejos, porque ya parecía spam”, comenta de entrada Peirano. “Pero supongo que tengo algún derecho, si soy el codirector”.

“A mí me dijeron lo mismo pero, ¿qué tiene de malo?”, agrega Silva.

No es que estén muy preocupados de difundir su última película. Silva está a punto de irse de regreso a Nueva York y, después de que finalice el rodaje de NO, la película de Pablo Larraín para la que escribió el guión, Peirano no se quedará mucho tiempo más dando vueltas por Santiago.

Después de casi un año de especulaciones  –“nos demoramos en estrenar, porque es una película coproducida por americanos, entonces ellos querían un debut simultáneo en ambos países”– Gatos viejos, el tercer filme en que ambos colaboran, después de La vida me mata (2007) y La nana (2009), se convirtió en la última película chilena de 2011, y salió a pelear un lugar entre las compras navideñas, el fin de temporada y las superproducciones que copan habitualmente la cartelera de los multicines.

Es la historia de una pareja de viejos (Bélgica Castro y Alejandro Sieveking) que reciben de visita a una hija que llega como una tromba un domingo cualquiera a pedirles que le hagan un traspaso legal de su departamento frente al Santa Lucía. Debería ser el ejemplo perfecto de una película que funciona con el “boca a boca”: gente que la va recomendando a sus conocidos y amigos y genera una corriente de interés que va creciendo y que le permite seguir circulando.

Así pasó con La nana (2009) en Chile –donde alcanzó los 100 mil espectadores– y también en Estados Unidos, donde se estrenó casi como una curiosidad y terminó figurando en varias listas de los mejores filmes del año y con Catalina Saavedra nominada a mejor actriz en los Globos de Oro 2010.  

-¿Por qué creen que La nana funcionó allá?
Sebastián Silva: En esos días yo era medio vecino de Angelika Film Center, el cine de Nueva York donde la mostraban, y no tenía nada que hacer; así es que les ofrecí a los dueños hacer una sesión de preguntas y respuestas con el público todos los días. Al final terminé saliendo en el cartel del cine y hasta en los avisos de los diarios. Y funcionó: La nana partió en la sala más chica y terminó en la más grande. Se quedó como ocho o nueve semanas, circulando. Fue súper raro…

Pedro Peirano: Es que ahí existe el espacio para el boca a boca. En Chile, como es una película local, debería ser más fácil, pero no lo es…

Silva: En Chile tienes como un día y si no recaudas lo suficiente te reemplazan Harry Potter o El gato con botas.

-No es un problema que sólo los afecte a ustedes: aunque la taquilla del cine nacional se acercó por primera vez en tres años a la marca del millón de espectadores, mucho de lo que se exhibió no contó con el apoyo del público. ¿La nueva generación de cineastas todavía no posee una audiencia?
Peirano: Yo creo que sí hay gente que nos sigue, que la gente que vio La nana y que tiene onda con las películas de Sebastian tenía interés por ver Gatos viejos.

Silva: Además que hay otro problema. En comparación a diez años atrás, ahora hay mucha oferta audiovisual. Es demasiado heavy: tienen Cuevana, tienen YouTube, tienen todo. Gatos viejos es una alternativa más dentro de un abanico muy grande. El mecanismo de las salas ya no es el único. Apuesto a que hay gente esperando a que Gatos viejos llegue a Cuevana…

Así es la vida

Aparte que se trata de un filme codirigido, hay algo que distingue a Gatos viejos del común de las películas chilenas: pocas veces el material de un filme –trama, ambientación, decorados- es tan cercano a las vidas de su elenco. El departamento donde transcurre casi toda la acción es el hogar de Bélgica Castro y de Sieveking. Los muebles, las pinturas y los dos gatos que aparecen en cámara son suyos. Silva y Peirano ya habían intentado un enfoque similar en La nana –donde usaron la propia casa del primero como base de operaciones– y por lo mismo, es natural que existan algunos puntos de contacto entre ambas películas. Aunque ellos, por momentos, opinen lo contrario.

Silva: Creo que Gatos viejos es diferente a La nana. Es mucho más detallista. El guión está mucho más articulado.

Peirano: En La nana hay muchas cosas que no se usaron, en Gatos sólo tuvimos que sacar dos escenas. Era otro tipo de puzzle. En Gatos viejos son muy importantes las texturas, los gatitos de vidrio, el amoblado. En las dos películas hicimos un gran ejercicio hitchcockiano de mapear el lugar y ver qué posibilidades dramáticas tenían. En La nana pensábamos que si había una escalera en la casa, alguien podía caer desde ahí. Lo mismo pasaba con el patio, la cocina o la piscina… En Gatos viejos hicimos lo mismo.  

-La sensación de “lugar habitado” del departamento de Gatos viejos es bastante intensa como para que todo lo que esté fuera de él casi parezca de otra dimensión. Especialmente en la escena en que Bélgica Castro mira por el ventanal hacia el cerro y ve bailar a sujetos vestidos de abejas, como si fuera otro de sus momentos de “ausencia”…
Peirano: Es heavy… A propósito de esa escena, un tipo me escribió quejándose del bajo presupuesto de la película. Debe de haber pensado que era una suerte de efecto especial penca. Y esa era justo la idea: que la gente creyera que era una locura muy ordinaria, pero finalmente son tipos disfrazados filmando un comercial. Como esta película es más pequeña que La nana, como es una especie de cuento, nos pudimos permitir más licencias poéticas, jugarnos por penetrar en la mente del personaje de Bélgica. La nana era otra clase de ejercicio. La pregunta de esa película era: “¿quién es esta mujer?” Y de a poco te vas enterando de cómo es, y te alivias porque le pasan cosas buenas y sufres por las malas, pero siempre está la distancia, porque el personaje no eres tú. Acá hubo una mayor identificación, un intento de hacerte sentir como la anciana, de meterte en su cabeza. Los actores pusieron mucho de sus propias experiencias biográficas, pero no escribieron ningún diálogo.

Peirano: Obviamente, los actores tienen sugerencias, pero todo el proceso se hizo en torno a textos aprendidos. El caso de la Cata Saavedra fue distinto, porque ella llegó con muchas ideas sobre Hugo, su personaje: su idea era que se trataba de una mina mucho más humilde y trata de sorprender a sus suegros con palabras que ella cree elegantes, pero las usa todas mal… Antes de terminar la última versión del guión me junté con todos los actores, para ayudarlos a terminar de descubrir a esta gente, quiénes fueron estas personas. A Alejandro Sieveking se le ocurrió que su personaje había sido un profe de arte, y ello justificaba la idea de que hubiera tantas obras en la casa. De él mismo fue la idea de empezar a hablar de sus gatos… La forma en que habían aprendido a abrir la puerta en la mañana para que les dieran de comer. Y al final eso terminó siendo la escena inicial de la película. Son cosas así las que vas descubriendo. No sé si tendremos la suerte de volver a hacer una película así.

-Ambos  son ilustradores y puede que algo de sus dibujos se cuele en la película. Aparte de eso, ¿qué  influencias reconocen?
Peirano: Hay una película que nos influenció mucho y no nos dimos cuenta hasta el final. Es ¿Qué pasó con Baby Jane?, esa película gótica de Robert Aldrich, en la que Joan Crawford y Bette Davis son dos hermanas que se enfrentan en una guerra mundial. Una película de mujeres que tiene muchos momentos de teatro Grand Guignol. Igual que en Gatos viejos, hay una escalera que hay que bajar, películas antiguas que las retratan de jóvenes, también hay un papel que una vieja tiene y que se lo pillan… Son elementos como de cuento, muy de película de los 60. ¿Por qué uno se los sigue creyendo? Porque tienes una geografía del terror en tu cabeza.

Silva: Encuentro que el resultado tiene algo del tono del cine de Mike Leigh: que puede mostrar situaciones muy tristes y sin embargo uno no sale desesperanzado a la calle.

-El punto de inflexión en Gatos viejos es el momento en que el conflicto escala a tal nivel que Bélgica Castro, con gran esfuerzo, baja la escalera de su edificio hacia una calle donde todo puede suceder…
Peirano: Ahí el público comienza a sufrir… Hasta ese momento existe una fragilidad controlada, pero cuando salimos del departamento hacia la calle, la situación se desborda.

Silva: Creo que ese es un punto de contacto que comparten las tres películas. En todas hay mujeres al borde del colapso. El personaje de Susan en La vida me mata. Cata Saavedra en La nana y ahora Claudia y Bélgica en Gatos viejos.

Peirano: No es que lo hayamos querido así, sino que simplemente así salió. Estas historias parten desde otro tipo de necesidades.¿Por qué hicimos Gatos viejos? Fue porque queríamos hacer una película con Bélgica y todo lo que creamos al respecto salió de allí: de las conversaciones que tuvimos en su departamento. La película surgió de ese espacio, de sus gatos.

Silva: No nos sentamos en una mesa a decidir qué tema tocábamos después de La nana.

Peirano: Ni siquiera partimos de la idea de vejez, sino que quisimos reflejar las cosas desde el punto de vista de ella, sin caer en la típica idealización de los viejos. Eso hubiera sido caer en la trampita de imaginar que uno tiene un tío inventor loco y pensar en los inventos que esconde en su baúl maravilloso… Eso es ver la vejez desde fuera.

LA FAMILIA, OTRA VEZ

A tres años de La nana, y más allá de las polémicas suscitadas por una postulación al Oscar a Mejor Película Extranjera que no fue –“creo que habríamos tenido una buena chance de figurar entre los cinco nominados, pero no se dio”, según Silva– quizás el mayor acierto del filme haya sido su capacidad para mirar sin piedad al interior del núcleo familiar. En Gatos viejos, la sensación es la misma: la idea de la familia como campo de batalla, como ring en el que ninguno de los combatientes puede aspirar a salir ileso, y donde el daño infligido se perpetúa en el tiempo y a veces de generación en generación.   

Peirano: Puede que haya gente que se sienta violentada de que la película parta tan contemplativa y que luego llegue la Claudia y el ritmo cambie completamente, pero creo que el punto de vista está correcto. Seguimos la mirada de la vieja y cuando llega la hija, el contraste es total. Lo que uno está explorando son esas típicas reuniones familiares donde hay una quietud extraña, al borde. A mí me pasa mucho en mi casa. Siempre hay una vertiente que puede ser explotada para la pelea y siempre hay dos o tres que no. Es una fina línea por la que tienes que caminar para irte libre a tu casa sin pelear.

Silva: En el caso de La nana eso era más fuerte porque ella se sentía parte de la familia, pero la familia no la tenía en la misma consideración. Hay algo muy de nosotros ahí. Tiene que ver con una exploración del paisaje social chileno, pero de verdad. Son mundos que conocemos bien. O sea, La nana fue filmada en la casa de mis viejos. Escribimos de estas experiencias desde adentro hacia afuera. No es como llegar y decir: “me gusta la población X porque es hardcore y tiene pistolas y quiero filmar una de mafiosos”, y vas allá y no tienes idea de cómo hablan, de qué comen ni de qué les gusta. Hacer eso es inventar y ser paternalistas. Lo bueno que tienen estas películas es que se trata de cómo son los chilenos. Algo tan simple como ir a filmar a una familia que sale a tomar once fuera de su casa. Ese es el tipo de cosas que nosotros podemos hacer.

Peirano: Porque es una visión de clase media, porque de ahí venimos nosotros. Es algo que conocemos. No estamos fingiendo. En Gatos viejos lo único que no conocíamos –la vejez–, lo manejaban perfecto nuestros actores. Somos expertos en clase media por la misma razón que somos expertos en ver tele. Y expertos en nanas.

Silva: Son cosas que uno sabe. Siempre he tenido miedo en pensar en filmar una película de época. Me daría terror. ¿Cómo hablaba esa gente?

Peirano: Hitchcock lo decía: ¿cómo van al baño, estos gallos?

 

Trabajando con Michael Cera
Aparte de escribir el guión de NO, Peirano viene de escribir y producir la serie Niño Santo, en México. Ahora tiene que regresar para trabajar en la segunda temporada. Silva, por su parte, viene de filmar una película en el norte junto a Michael Cera, y junto al actor se prepara para rodar otra, en marzo. Así las cosas, puede que sea difícil verlos colaborar en el futuro cercano.
Silva explica: “vivimos en países diferentes, haciendo cosas diferentes. Acabo de hacer una película chica, casi sacándola del sombrero. Había llegado a hacer otra historia, pero las platas se habían caído y no me quería ir de regreso con las manos vacías. Entonces rescaté una historia que me pasó de adolescente: un grupo de hermanos que va al norte a tomar peyote junto con un gringo. Era una suerte de premio de consuelo para Michael Cera, que se había pasado cuatro meses acá aprendiendo chileno. Van a Pan de Azúcar y en una fiesta invitan a una hippie mayor, una gringa medio esotérica, medio perturbada, que los trata como a sus hijos, pero al mismo tiempo los anda joteando. Siento que es una película de aceptación y de superación de los prejuicios, pero al mismo tiempo es súper cruel y al lote. Incluso en la edición. Me estoy dando permiso para probar cosas que no se pueden hacer… Hay que perderles el miedo a los formatos prefabricados… A veces, las películas significan demasiado en las cabezas de la gente que las hace, sobre todo en la de sus directores. Al final terminan aterrados por tener que hacer la siguiente y la siguiente”.
Peirano concluye: “para mí, la realidad emocional que crea una película es mucho más importante que todo lo demás. La relación que tú, como espectador, estableces con lo que te están contando. Creo que hay mucho de ideología respecto de cómo debe ser una película. Yo no tengo mucha idea de cómo debe ser una película, me gustan las que me gustan, hasta la última de El planeta de los simios”.