• 29 junio, 2010


Si el país más eficiente del mundo no tuviera personas que se mueven por el anhelo de dar la vida por los demás, sería una sociedad fría e impersonal, y no dejaría espacio para el débil e indefenso.


Hace algunos días participé en la celebración de los 50 años de la casa San Ricardo, en Batuco. Se trata de un hogar fundado y mantenido por sacerdotes y hermanos de la Obra de Don Guanella. Su tarea es albergar, cuidar y, sobre todo, amar a jóvenes y adultos con daños neurológicos profundos y que en su mayoría han sido abandonados por sus familias.

Los asilados son personas incapaces de hacer nada por sí mismos, dependen completamente de los demás. Muchos están en silla de ruedas. Muchos, muy deformados físicamente. Paradójicamente, ninguno ha perdido la capacidad de sonreír. Su presencia conmueve y nos dice que la dignidad del ser humano radica en el solo hecho de serlo. Su sonrisa es la que nos recuerda su presencia y su valor. No está demás recordar que, con leyes a favor del aborto en muchas partes del mundo, lo más probable es que ninguna de estas personas hubiese nacido. No les reconocen valor y se atribuyen el derecho a eliminarlas.

Quienes dedican sus vidas a estas personas nos recuerdan que el valor de éstas radica en su existencia, y punto. Nos recuerdan que aman y son fuente de amor y solidaridad. Nos recuerdan, además, la fragilidad de la vida y lo vulnerables que somos. Y que ello debiese ser fuente de gran humildad y sencillez de vida.

La celebración comenzó con una misa, que presidí. Un templo lleno de personas muy distintas, pero unidas por el amor a los más necesitados. Aquí está Dios, pensé, porque El mismo nos dijo que cuando dos o más se reúnen en su nombre, El allí está. Todos los presentes, pobres y ricos, sanos y enfermos, grandes y chicos, todos cantando y rezando a una sola voz. Por un momento nos olvidamos de nosotros para sencillamente dar juntos gracias a Dios por esta obra maravillosa que surge de la convicción de que cuidar a uno de estos enfermos es cuidar al mismo Cristo. Qué potente enseñanza para quienes, como nos recordó Benedicto XVI, reducen su fe a un gris pragmatismo.

Luego hubo una hermosa representación, preparada con meses de anticipación, cuyos protagonistas eran los mismos jóvenes y adultos bajo la dirección de sus terapeutas. Después, una orquesta interpretó música celta. Verdadera alegría se respiraba. Percibí mucho amor, ése que llena el alma, le da sentido a la vida y nos enciende la esperanza.

Contemplé 50 años de trabajo duro, abnegado y silencioso de sacerdotes extranjeros y chilenos para sacar adelante una obra magnífica que no aparece en la prensa, que no hace aspaviento, que no critica. Sólo les importa preocuparse y ocuparse de los que nadie se preocupa ni ocupa. Más aún, ocuparse de los que muchos consideran un estorbo y fueron abandonados.

Le pregunté a un sacerdote por cuánto tiempo estaban estas personas en el hogar. Respuesta: “hasta que la muerte nos separe”. Emocionan, conmueven y alegran estos testimonios. Allí, y qué duda cabe, se ve de forma clara que Dios existe.

Y claro que existe. Mientras haya personas que le dediquen parte de su tiempo y sus recursos y algunos su propia vida para mitigar el dolor, la soledad, la indigencia de aquellos que por sus graves dolencias son incapaces de valerse por sí mismos, significa que Dios existe y que actúa en la historia. Dice el Evangelio que “donde hay amor, Dios allí está”. Y como lo que presencié fue eso, amor, deduzco, por lo tanto que vi a Dios. Me llamó la atención que, a pesar de las historias de cada uno de estas personas tan vulnerables, había mucha alegría.

Hace muy bien conocer lugares donde los conceptos de eficiencia, de productividad, de utilidad, a los que obviamente les reconozco su valor, se cambian por gratuidad absoluta. Qué pasaría si el día de mañana, hipotéticamente, la Iglesia cesara de realizar las miles y miles de obras de este tipo en Chile y en el mundo entero. Sencillamente, el país colapsaría. Tan simple como eso. Si el país más eficiente del mundo no tuviera personas que se mueven por el anhelo de dar la vida por los demás, así como el mismo Cristo lo hizo, sería una sociedad fría e impersonal, y no dejaría espacio para el débil e indefenso.

Debo reconocer que me conmoví. Debo reconocer que volví a valorar con más fuerza que nunca la vida que el Señor me regaló y la vocación sacerdotal, pero también quedé muy interpelado por ese espacio de vanidad tan presente en uno que impide entregarse más a estas nobles causas, que son las que llenan de humanidad y de sentido a la sociedad. Me sentí pequeño. Esa es la verdad. Y termino con una reflexión: tengo la impresión de que la dimensión del dolor y del sufrimiento que existe en la sociedad tiende a desaparecer cada vez más de la esfera pública. De ello se habla poco y, cuando se habla, se tiende a banalizar.

Sería interesante preguntarse cuándo, en nuestros propios hogares, hablamos de estas realidades que son lo opuesto al camino trazado por una sociedad que gira el torno al consumo. Preguntarse también si incentivamos a los niños y jóvenes a que las conozcan y se hagan cargo de ellas. Lo mismo acontece en las instancias educativas donde, de tan centrados en los resultados, olvidamos que la vida, el estudio y todo cuanto tenemos adquieren sentido cuando son un don para los demás. Insisto, ver a una persona que se preocupa de los que nada, aparentemente, pueden ofrecer es la prueba más tangible que Dios existe. Yo lo vi.