• 30 mayo, 2008

 

 

¡¿Qué?! ¿Un rey para Estados Unidos? La verdad es que ya hay varias familias reales. Nada muy diferente de lo que ocurre en Chile, por lo demás.

 

 

El historiador Arthur Schlessinger, Jr., estrecho colaborador del presidente Kennedy y autor de algunos de los mejores discursos que el mandatario pronunciara, cuenta que a comienzos de los años 50, como broma universitaria y en un contexto de absoluta inocencia política intelectual, un grupo estadounidense de estudiantes de la Ivy League se planteó la difícil tarea de elegir un rey para el hipotético caso de que el país quisiese convertirse en monarquía, abandonando la democracia representativa que tantos y tan generosos retornos y ventajas ha tenido para esa nación. Hoy día costaría entender que los jóvenes eligieran por muy amplia mayoría a Walter Lipmann como fundador de la dinastía, un periodista notable que en esa época había llegado a formar parte de la conciencia política liberal de la sociedad norteamericana.

El viejo Lipmann, que hizo contribuciones muy notables a la autorregulación periodística y se esforzó como pocos por convertir el ofi cio del periodismo en una profesión digna, ejerció una suerte de rectorado de la opinión pública más ilustrada en tiempos de los presidentes Truman, Eisenhower e incluso Kennedy. Paul Johnson dice que aunque sus columnas eran lectura obligada para millones de ciudadanos todas las semanas, el tiempo, el más impredecible y severo de los jueces, no fue muy benévolo con su trabajo. Según Johnson, los artículos de Lipmann sobre las opiniones que circulaban entonces por Washington “hoy suenan aburridos, vacíos y llenos de perogrulladas”. Vaya miseria la de este mundo: si hoy Lipmann estuviera vivo debería darse por satisfecho aceptando la alcaldía de un condado sin mucha importancia. De corona, por lo mismo, ni hablar.

Pero ni hablar no porque la idea de una dinastía violente o repugne con especial fuerza a la conciencia democrática gringa, sino porque difícilmente la sociedad norteamericana entregaría actualmente la corona a un periodista. De hecho, en los últimos 40 años la política estadounidense se ha vuelto extraordinariamente dinástica. El magisterio y la influencia que han ejercido en la escena pública familias como los Kennedy, los Clinton y los Bush posiblemente no tienen correlato en todo el siglo anterior. El hecho vuelve a hacerse presente ahora que se divulgó el cáncer cerebral que padece el senador por Massachusetts Edward Kennedy y ahora que Barak Obama, contra todos los pronósticos iniciales, pareciera estar frustrando de manera definitiva el propósito de Hillary Clinton de recuperar para su familia la corona que a comienzos del 2001, tras dos mandatos presidenciales, debió cederle su marido al presidente George W. Bush.

Es probable que en la misma época en que los universitarios gringos entregaban el cetro a Walter Lipmann, enfrentados al trance de elegir rey muchos chilenos habrían elegido a los Alessandri como su familia real. Los Alessandri dieron el país dos presidentes y tres gobiernos. Estuvieron a punto de darle el año 70 una cuarta administración. De ahí salieron además numerosos parlamentarios, dirigentes de partidos y líderes de opinión que marcaron rumbos en la economía y en la sociedad. No hay duda de que constituyeron lo que se llama una dinastía. No como la entiende el Almanaque Gotha, claro, sino en la acepción que le dan los analistas políticos.

En concreto, durante más de medio siglo –período que en realidad no dan muchas ganas de recordar– la política chilena fue un libreto básicamente representado por los Alessandri en los roles protagónicos y por Frei y Allende en los de reparto. Pero, a su modo, la familia Frei, con dos presidentes y varios parlamentarios, también hizo sus aportes a la masa crítica de las dinastías políticas chilenas. En figuración y en cargos, los Frei llegaron bastante más lejos que los Aylwin, que quisieron pero al final no calificaron, y el tiempo dirá si más lejos también que la familia del presidente Lagos. Es evidente que el ex mandatario aspira a un segundo gobierno y su hijo ya ha anunciado a quien quiera escucharlo que él será número puesto en la próxima elección senatorial.

Cada vez que se habla de las dinastías políticas es de buen gusto y de rigor hacer presente que los hijos, los hermanos, primos, cuñados, compadres o nietos están en la cosa pública por sus propios méritos y no por las redes o contactos con que eventualmente sus linajes pudieran haberlos favorecido. Con otro apellido, se dice, habrían llegado igual al puesto en que están. Pero cada vez que se repite la cantinela, que a estas alturas ya es un dogma, lo cierto es que en algún lugar reaparece la misma duda que nadie ni nada podrá nunca disipar: ¿será, como dicen, puro mérito propio?