Es cierto que hay una correlación entre el inicio de la crisis y el aumento del apoyo presidencial. Sin embargo, más allá del “manejo” mismo de la crisis, el creciente respaldo ciudadano refleja otra cosa.


Para los ministros de Hacienda, hay dos indicadores claves: inflación y desempleo. Para los presidentes, hay uno solo: la aprobación de la opinión pública. La regla es que los presidentes comienzan con altos niveles de aprobación. Obama, descrito en Europa como “el hombre más popular del mundo”, está en 66%. En general, estos niveles bajan mientras avanza el período presidencial, algo que es especialmente cierto en América latina. Aunque hay excepciones: Lula, en Brasil, que ha llegado al 80% y Alvaro Uribe, en Colombia, con un 70%. Y no basta un buen manejo económico: en Perú, pese al alto crecimiento, Alejandro Toledo cayó al 10% y Alan García ha llegado a estar en veintitantos, aunque ahora ha remontado al 42%.

La encuesta de marzo de Adimark le da a la presidenta Bachelet un 62,2%, su índice más alto desde que llegó a La Moneda. Desde entonces, el autor de la encuesta nos viene diciendo que los altos índices de aprobación de la presidenta se deberían a su “encanto”, su “simpatía” y su “cercanía con la gente”. Un prominente analista ha señalado que la mandataria ha preferido ser querida a ser efectiva. Un dirigente opositor ha atribuido este endoso ciudadano a su condición de “dueña de casa” (¿?).

El ganarse a la gente es atributo esencial de todo político exitoso, y Michelle Bachelet tiene “llegada” a raudales. Sin embargo, para ningún gobernante ello es suficiente, y estas aseveraciones teñidas de sexismo, que minimizan la gestión de gobierno, son cuestionables. La personalidad de la presidenta ha sido la misma durante estos tres años; sin embargo, su aprobación ha fluctuado. El dudoso argumento se basa en parte en la diferencia entre la aprobación de la gestión presidencial y la del gobierno. Sin embargo, en la última encuesta, la aprobación del gobierno llega a un 52,9%, cifra muy respetable. En la misma línea, se subraya la diferencia entre la aprobación de la presidenta y la de la coalición de gobierno, que llega al 26%. Esto no sorprende. Los presidentes tienden a superar a los partidos, y la aprobación de la Alianza es aún menor (24%).

Se ha dicho también que el alza de aprobación presidencial se debería a la crisis económica mundial y a que en épocas de crisis la población apoyaría a sus gobiernos. Esto es falso. En Europa ha caído media docena de gobiernos desde el inicio de la crisis. Incluso Lula, el “presidente teflón”, ya que “nada le raya la pintura”, ha caído diez puntos. En las crisis, la ciudadanía apoya a los gobiernos cuando éstos lo han hecho bien.

Es cierto que hay una correlación entre el inicio de la crisis, en septiembre de 2008, y el aumento del apoyo presidencial. En seis meses, la presidenta ha subido 20 puntos. Más allá del “manejo” mismo de la crisis, sin embargo, el creciente respaldo ciudadano refleja otra cosa. El sello de este gobierno ha sido la creación de una red de protección social que aminore el impacto de la incertidumbre y las fluctuaciones laborales propias del capitalismo globalizado.

No es sólo haber ahorrado los excedentes del cobre en tiempo de “vacas gordas” y el poder lanzar un paquete de estímulo fiscal de 4 mil millones de dólares. Son también la reforma previsional (que entró en vigencia a mediados del 2008), el establecimiento de casi un millar de jardines infantiles, la aplicación del Plan Auge, el “poner en cintura” a las Isapres y ahora a las cadenas farmacéuticas. Ello permite defenderse de la crisis.

La impaciencia de los grupos de presión por acceder al superávit fiscal explica parte de los problemas iniciales que tuvo el gobierno, empezando por la huelga estudiantil. Para la presidenta habría sido fácil ganar popularidad “soltando la mano”. No lo hizo. Instaló en cambio mecanismos de seguridad social, cuyos beneficios se ven ahora.

Otro argumento de los que atribuyen el éxito de la presidenta a su alegada condición de “Miss Simpatía” y no a su conducción, es que su apoyo, que sería de carácter personal más que político, no se traspasaría al candidato presidencial de la Concertación. Sin embargo, de acuerdo a otra encuesta de marzo, de TNS-Time, en segunda vuelta el candidato de la Concertación le ganaría al de la Alianza por dos puntos entre los votantes inscritos. A buen entendedor…