El salvataje de la eléctrica Edelnor, que a comienzos de esta década estuvo a punto de irse a la quiebra, ahora se estudia en las aulas de la Escuela de Negocios de Harvard. Pocos chilenos han tenido el honor de ir allá a contar su hazaña y el empresario chileno Fernando del Sol es uno […]

  • 18 mayo, 2007

El salvataje de la eléctrica Edelnor, que a comienzos de esta década estuvo a punto de irse a la quiebra, ahora se estudia en las aulas de la Escuela de Negocios de Harvard. Pocos chilenos han tenido el honor de ir allá a contar su hazaña y el empresario chileno Fernando del Sol es uno de ellos.
Por Soledad Pérez R

Pocas cosas lo apasionan tanto como el riesgo y la adrenalina. Si no, no se entiende que en su agenda convivan actividades disímiles que van desde practicar esquí en las salvajes cumbres de Alaska, en medio de glaciares y avalanchas, hasta arbitrar mercados y rescatar empresas de una muerte segura… Al empresario Fernando del Sol le gustan los casos difíciles, sencillamente porque su naturaleza es así.

Y aunque tiene alma de aventurero, como buen ingeniero civil, muy poco de lo que hace, piensa o calcula queda al azar. A eso se agrega que le encanta resolver embrollos, desenredar madejas, encontrar el detalle exacto y sorprender con la solución. Eso, claro está, ayudado de una gran fe en sí mismo. “Soy caro, es verdad, pero trabajo muy bien”, dice sin más.

En los años 90, Del Sol fue uno de los primeros en trabajar con futuros y opciones y el primero en hacer, junto a Salomon Brothers, arbitrajes entre el mercado accionario chileno y el entonces emergente mundo de los ADR de compañías de bandera local. También prestó asesorías a empresas como Codelco o instituciones como el Banco Central y además fue representante de Morgan Stanley en materia de productos derivados. Pero fue su propia empresa –FS Inversiones, holding del que se desprenden las filiales FS Trust y Del Sol Mercados Futuros– la que protagonizó una de sus más sorprendentes jugadas: sacar a la eléctrica Edelnor de su estado de coma y devolverla a la vida pocos meses después, tras someterla a los parámetros del Capítulo 11 de la ley de quiebras en Estados Unidos.

Tan increíble fue la historia de este salvataje, que la Escuela de Negocios de Harvard se interesó en ella y la transformó en un caso de estudio. Hasta donde se sabe, además de él solo una compañía chilena ha logrado ese honor: la generadora Endesa, que en los 90 y bajo el mando de Jaime Bauzá dio el salto y se internacionalizó.

-Fue un orgullo que una institución de esa categoría hablara sobre algo que yo había hecho. Porque Harvard no escribe sobre empresas normales a las que le va bien o ganan plata. Eso es irrelevante para ellos. Lo que sí les interesa son las cosas excepcionales y por eso viajan por el mundo hasta encontrarlas –cuenta. En esa búsqueda fue que un académico de Harvard, el indio Tarun Khanna, dio con Fernando del Sol. Khanna, que es experto en transformar empresas de países en desarrollo en corporaciones transnacionales, vino a Santiago a dictar una serie de charlas. “Lo conocí a través de mi hermano Patricio –presidente del directorio de Canal 13–, almorzamos juntos y le conté lo que había hecho en Edelnor. Me dijo que me llamarían para escribir mi experiencia”, relata.

Dicho y hecho. Pocas semanas después estaba con el académico Jordan Siegel al otro lado de la línea. “Lo que más le interesaba era la innovación que habíamos hecho al usar el sistema judicial americano para resolver el problema de una operadora extranjera, en una fórmula legal que ellos denominan arbitraje institucional entre países”, cuenta. De ahí en adelante trabajaron juntos en la presentación del tema. Fueron seis meses que terminaron el 28 de febrero de este año, el día en que Del Sol llegó a Harvard y ante una audiencia de 35 alumnos de postgrado expuso su caso.

HISTORIA DE UN MILAGRO

El 31 de diciembre de 2001, Fernando del Sol pagó 4,5 millones de dólares a la estadounidense Mirant por el 82% de Edelnor, que por esos días estaba al borde la insolvencia y horquillada por una deuda estimada en los 340 millones de dólares. Con una capacidad de producción de sobra, su gran problema era la fuerte competencia en el Norte Grande, su zona de operación. Por eso, aunque a la fecha de la venta se mantenía en pie, no tenía expectativas de levantarse y menos de crecer.

Aun en esas circunstancias, Fernando del Sol se quedó con el control. Y como dice el paper con que Harvard relata este caso, “como regalo de Año Nuevo, se compró un dolor de cabeza”. Lo que nadie sospechaba fue que encontraría el remedio y que en poco menos de un año dejaría la empresa lista para caminar de nuevo.

¿Cómo lo hizo? Una vez que entró a la propiedad de Edelnor, Del Sol le vendió a la belga Tractebel –hoy Suez– una opción de compra por el 82% de la firma, renovable mes a mes. Desde ese momento trabajó contra el tiempo y contra los plazos de pago que inevitablemente vencían, para elaborar un plan que le permitiera levantar la empresa. El problema básico era que los dos grandes acreedores, el UBS y el Bank of America, no podían votar en un posible convenio judicial preventivo –para dar continuidad a la compañía–, porque para hacerlo necesitaban de la aprobación del 100% de los tenedores de bonos, la mayor parte estadounidenses, a los que representaban.

Buscando posibles salidas, Del Sol y Edelnor gastaron varios millones de dólares en abogados. “Pero la solución no llegaba… ¡Estaba desesperado!”, cuenta. En ese trance, que duró más o menos seis meses, este empresario tomó un vuelo a Estados Unidos que cambió su fortuna. Porque junto a él estaba un abogado del bufete Cleary Gottlieb & Hamilton, que había trabajado en el caso de la eléctrica Chivor, la cual, en su momento, se había acogido al Capítulo 11 de las leyes de quiebra americanas. Si había resultado en el caso de la colombiana, pensó, ¿por qué no con Edelnor?

En agosto de 2002 el directorio de la chilena decidió someter a la empresa a las reglas del Capítulo 11, cuya finalidad es, en grandes líneas, evitar la quiebra y reorganizar la estructura corporativa y los pasivos. Para lograrlo, sin embargo, Del Sol tuvo que encabezar una cruzada que lo llevó a vivir cerca de 11 meses en Estados Unidos, donde organizó lo que él llama “un pequeño proceso eleccionario”, que consistió en contactar, uno por uno, a los 2.800 tenedores de bonos de Edelnor y conseguir que emitieran su opinión ante la corte que vería el caso.

Para entonces, lo que los tenedores debían decidir era si aceptaban o no el plan que les estaba proponiendo la administración. Esto es, o recibir el 38% del valor de cada bono o cambiar éste por uno nuevo, a 15 años plazo, con una estructura escalonada de tasas de interés, que partía en 4% en los primeros tres años y subía, al año 15, a 8,5%. La corte recibió el recuento el día 16 de septiembre de 2002, por la tarde. El 99% de los acreedores emitió su voto y el 98,7% de ellos aprobó el plan de salvataje. “¡Heavy!…”, recuerda Del Sol ahora, porque el día 17 vencían los plazos de pago y Edelnor no tenía ni un peso en sus arcas.

Cuento corto, la firma estuvo apenas un mes bajo el régimen del Capítulo 11. Tan inédito resultó para el juez este hecho, que de puño y letra estampó en los registros una felicitación a los gestores de esta operación.

Esta travesía, que tuvo un final feliz para Edelnor –porque rebajó su deuda, pasó a manos de Tractebel y empezó a levantar cabeza–, sorprendió a la treintena de alumnos que escuchó la exposición de Del Sol en Harvard. En forma previa, eso sí, todos ellos habían leído el documento y lo habían discutido a fondo con el profesor Siegel, sin conocer, eso sí, el final de la historia. El resultado de ese análisis fue que la mitad de los estudiantes pensó que lo mejor sería que Edelnor se muriera. Y aunque hubo un grupo que sí creyó posible alguna solución, ninguno imaginó usar el mecanismo de arbitraje institucional entre países estaría disponible para salir del trance.

-Y lo encontraron ¡genial!… Me preguntaron por qué había tomado ese riesgo, se interesaron en los detalles más pequeños y me preguntaron, al ver el fuerte crecimiento de la empresa en los años siguientes, si habría sido posible de no haberse cortado el gas argentino. Fue la única gran duda. En todo el resto, les fascinó la innovación –dice Del Sol con evidente orgullo.