• 23 marzo, 2007

Por Carlos León

La extraordinaria actividad de tía Clorinda solo se había expresado en el reducido ámbito de nuestra casa.

Aparte de cambiar con frecuencia la disposición de los muebles de nuestra pequeña sala de recibo, o de recubrir las paredes con papeles de colores sedantes, le gustaba incursionar, provista de un enorme sombrero de paja, nuestra huerta.

Era la primera en descubrir las chirimoyas y papayas tempraneras. En la hora de almuerzo las presentaba a mi padre en una hermosa bandeja, como al descuido, para hacer más grata la sorpresa. Mi padre, demasiado cansado para alegrarse, fingía sorpresa y la felicitaba como si ella hubiese intervenido en la aceleración del proceso vegetal, lo que la llenaba de orgullo.

Tía Clorinda conocía todos los árboles y plantas de nuestro huerto y tenía sus favoritos.
A ratos, y vista de lejos, daba la sensación de estar conversando con las flores.

Un día encontró una patata gigantesca. Su alegría fue indescriptible. El hallazgo congregó en nuestra casa a todo el vecindario y se transformó en un asunto casi comunal. Alguien recordó haber visto una papa semejante. Una durísima mirada de tía Clorinda lo hizo agregar que, observando mejor, no había sido tan grande ni tan lozana.

Esa tarde mi padre fue intensamente esperado. Varias veces me enviaron a mirar por él. Por fin apareció. La comisión receptora, encabezada por tía Clorinda y compuesta, además, por tía Enriqueta y por mí, como invitado especial, pues no debía perderme la sorpresa y alegría de mi padre, le presentó el enorme tubérculo. Mi padre celebró el descubrimiento; sin embargo, su actitud nos desilusionó un tanto: esperábamos una reacción más intensa.

A pesar de todo, tía Clorinda, con el ingenuo propósito de atraer hacia nuestra casa la atención pública, propuso seriamente a mi padre la exhibición de la patata de marras en un lugar céntrico del pueblo, con un cartelito concebido en los siguientes términos: “Papa gigantesca encontrada en casa de la familia León”.

Fue necesario todo el tacto de mi padre para hacerla desistir de su propósito.
Actualmente la expresión “cuñada” constituye una supervivencia forma de un estado de cosas pretérito.

En los tiempos de mi infancia, dicha expresión tenía pleno sentido. Rara era la casa de clase media en que no hubiera una por lo menos. Casi nunca se casaban; andando el tiempo se convertían en tías; y por último su deceso constituía sepelios menores en la familia. Se las sepultaba decorosamente para que no descendiera el nivel social de los deudos.

Sus penas y alegrías tenían carácter indirecto; derivaban del grupo familiar, Sólo les pertenecía íntegramente enfermedad y muerte. Mis tías llenaban totalmente estos requisitos.

Tía Clorinda, por una oscura conciencia de su situación, pretendió evadirse. Contribuyeron a ello un modesto legado y un curioso espíritu de empresa, que hizo aparecer en las ventanas de las casas de clase media de esa época unas tarjetas pequeñas, colocadas casi para que no se vieran, que rezaban: “Se confeccionan sombreros”: “Se ondula el cabello; precios módicos”, etcétera.

Tres iniciativas: una empresa de mudanzas formada por un caballo, un carretón y un socio; un pequeño taller de sombrerería y una diminuta fábrica de polvos de arroz, contenidos en unas bolsitas de horrorosos colores, seguidas de sus correspondientes fracasos, curaron a mi tía de sus incursiones económicas.

Aunque siguió, como antes, visitando diariamente sus flores, perdió seguridad en sí misma y adquirió un aire levemente ofendido, como si la hubieran vejado.