Jorge Ignacio Desormeaux (30, soltero) tiene que firmar con M de Matthei. Su nombre a secas, al menos por ahora,  lo tiene patentado su padre, el economista y ex vicepresidente del Banco Central, Jorge Desormeaux Jiménez. No es un tema que le aprobleme. Su apuesta es brillar por cuenta propia,  aunque en el camino tenga […]

  • 20 agosto, 2012

Jorge Ignacio Desormeaux (30, soltero) tiene que firmar con M de Matthei. Su nombre a secas, al menos por ahora,  lo tiene patentado su padre, el economista y ex vicepresidente del Banco Central, Jorge Desormeaux Jiménez.

No es un tema que le aprobleme. Su apuesta es brillar por cuenta propia,  aunque en el camino tenga que explicar pacientemente que es él y no el padre el que escribe o habla, tal como le ocurrió hace pocas semanas con el comentado paper sobre la crisis subprime que escribió junto a Vittorio Corbo y Klaus Schmidt Hebbel.  Literalmente “lo que me tocó”, admite George, como le dicen a veces sus más cercanos.

Sentados en el comedor de la casa familiar que ha albergado a los Desormeaux Matthei por décadas, Jorge Eusebio Desormeaux Jiménez, reconoce mirando a su hijo que “no es fácil tener un padre y una madre con importante relevancia en el país y además llamarse con el mismo nombre”.

¿Le volvería a poner Jorge?, le preguntamos. El padre se ríe y confiesa que en estricto rigor nunca pensó ponerle así, pero cuando nació se parecía tanto a él, que “la Evelyn le vio su cara y dijo tiene que ser Jorge”.

Y es cierto. Aunque un poco más alto y flaco que el padre, el parecido es innegable.
“Compartimos algunos genes. Tenemos una voz muy similar y heredó mis ojos”, comenta el papá, pero basta ver cómo se asoma la sonrisa para darse cuenta que la ministra del Trabajo marcó también ahí su sello.

Jorge Desormeuaux Matthei es el mayor de tres hermanos. Le siguen Roberto (27), ingeniero comercial, y Antonia (20), que estudia medicina. Los tres bien mateos y disciplinados, salieron del Grange y vivieron en carne propia eso de ser hijos de padre y madre trabajadores.

Cuestión de genes

-¿Tenías otra opción que ser economista, como tu padre y tu madre?
-Podría haber sido artista si hubiese tenido algún talento; pero siempre, desde los 12 ó 14 años supe que quería ser economista, como ellos. Mis padres sólo me exigían tener buenas notas, que todo lo demás lo manejara como yo quisiera.
Igual que mi papá, quería estudiar economía, sacar un PHD y convertirme en consultor.

-Lo que refleja una gran adoración a tu padre…
-Cuando uno es cabro chico no tiene idea lo que es trabajar en ninguna de estas cosas.  Pero  conoces gente que hace distintos trabajos y te parece inteligente, entretenida, con una gran visión del mundo. Siempre me ha gustado poder hablar en los mismos términos con mis padres y tomar el mismo camino me pareció una muy buena manera de seguir adelante.

El padre lo ve así: “Las conversaciones en nuestra mesa muchas veces se referían a temas económicos, por la formación de Evelyn y mía. Nuestros hijos advirtieron tempranamente que la economía era una disciplina importante para la prosperidad de los países”.

Claro que Jorge hijo tiene un rango de intereses “poco común para una persona de su edad”, agrega el papá. “Puede discutir desde temas culturales, hasta los altamente técnicos. Cuando algo le interesa, va al fondo y revisa la literatura. Eso es algo poco usual en el mundo de hoy. Por lo mismo, sus puntos de vista son muchas veces más profundos y originales de lo que uno esperaría en un chico de su edad”, cuenta con evidente chochera.

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Pero pese a la fuerte influencia del padre, experto en micro y macroeconomía, los caminos de estos Jorges no han ido exactamente por el mismo lado. En tercer año de economía en La UC, Jorge hijo, se dio cuenta que definitivamente lo suyo son las finanzas.
Esa mirada ha ido marcando la ruta de este joven que se las ingenió para cursar su pre grado junto con un magíster en economía financiera y que partió su vida laboral como analista de bolsa. “Empecé a trabajar a mediados del 2007 en Principal Financial Group y tuve la suerte de poder ver desde primera fila cómo se vino abajo el sistema financiero”, cuenta entusiasmadísimo. “La experiencia de estar ahí, de ver cómo fallan los modelos y en verdad nadie sabe qué carajo está pasando, te enseña muchísimo sobre cómo realmente funciona el mundo”, añade.

-Después de ese trabajo, te fuiste al Centro de Estudios Públicos (CEP)…
-Mi trabajo en Principal era mirar qué estaba ocurriendo en el mundo y tratar de hilar distintas noticias y movimientos de precios en una historia que tuviera sentido y nos ayudara a salir bien parados. Pero la verdad, sentí que no tenía las herramientas suficientes en la mano. Cuando amainó la crisis, renuncié y me fui al CEP a trabajar junto con Vittorio en un tema de investigación financiera, justamente sobre las causas de la crisis. En eso estuve dos años. Súper intensos. Muy entretenidos.

-De ahí nace el paper que escribiste con Corbo y Schmidt-Hebbel. ¿Quieres seguir en esa línea?
-Tiene mucha gracia escribir algo así, investigando en profundidad algo que todavía nadie entiende bien. Pero por otro lado, tienes el problema de que al final es un paper, que alcanza a un público limitado, y no depende de ti si es que se traduce en mejores prácticas.
Si bien me encanta hacer algo que aporte, al final del día quiero dejar algo tangible. En un cargo ejecutivo en una empresa o incluso desde el gobierno, tienes capacidad para que las cosas pasen.

-¿Te entusiasma el tema político, como tu madre?
-Las políticas públicas son bonitas, pero difícil para hacer carrera, por el tema político. Y los costos de la política son demasiado altos.

-¿Lo dicen por lo que te tocó vivir con tu madre?
-Mi mamá nunca tuvo tiempo. Fue diputada por Las Condes cuando yo tenía siete años, y le ha tocado vivir cosas horrendas. El costo es muy alto…

-Una mamá ausente, que es el karma de muchas mujeres trabajadoras.
-Mis papás trabajaban mucho. Hasta los feriados. Mi papá muchas veces se acostaba a las 4 de la mañana y se levantaba a las siete para irse a trabajar. El fin de semana estaban cansados y dormían.  Eso te enseña dos lecciones: la primera es que si te sacas la cresta puedes llegar  donde quieras, como lo han hecho mis padres, pero el otro lado es que eso tiene un costo. Yo no tengo ningún problema en trabajar duro, pero no quiero llegar al exceso.

-¿Qué tus hijos vivan lo que tu viviste?
-Nosotros crecimos bien, pero en parte porque tuvimos muy buenas nanas.

-¿Y sientes que eso te marcó? ¿Hay una pasada de cuenta?
-No hay pasada de cuentas. Así son las cosas. Trabajaban mucho, pero fueron muy buenos padres y me dieron las mejores oportunidades.

-Tu mamá siempre ha tenido un carácter fuerte. ¿Cómo has convivido con eso?
-Tiene una fuerte personalidad, pero eso es genial. Estoy súper orgulloso de ella.

-¿Te gusta que haya cambiado el Senado por el Gabinete?
-Se nota que se entretiene.  La pega de ministro te da menos estabilidad que la de senador, pero es más de verdad, de hacer cosas.

-¿Te pide asesorías de repente?
-No. La ministra es ella. Algunas veces le he dado algunos consejos que no se le habían ocurrido.

-¿Cuánto pesa ser hijo de Jorge Desormeaux y Evelyn Matthei?
-Depende de la perspectiva que tomes. Si lo ves como una constante carrera, de competir con tus papás para salir de su sombra, el peso es enorme. Pero  me parece una pésima idea mirarlo desde ese punto de vista. He sido enormemente afortunado. Todo el mundo conoce a mis papás y si tienen mala opinión de ellos, nadie me la ha dicho. Por el otro lado, hay mucha gente que tiene buena opinión y sí me lo ha dicho, y eso me ha jugado bien.

-Te ha abierto puertas, imagino…
-Un montón. Pero no sólo eso: te da la oportunidad de conocer gente interesante. Estoy muy agradecido. He tenido muchas oportunidades y es importante saber que una oportunidad que viene una vez, no necesariamente va a volver. Si no aprovechas de ir y tomarla, lo vas a lamentar.

 

Anillo al dedo

Jorge Desormeaux Matthei está feliz con su paso por el MIT. Tanto, que se pasea orgulloso con su Brass Rat, el anillo símbolo de esa casa de estudios. Desde allá, su ojo analítico lo tiene bien enfocado en Chile.-Cuando uno está adentro siempre mira las fallas, pero cuando sales y ves que todos los países tienen problemas, empiezas a mirar las virtudes de tu país. Hay algunas cosas de Chile hoy que me encantan: hay mucha gente que está yendo a estudiar afuera, por ejemplo. El programa Becas Chile es tremendo. Somos un país súper chico: apenas 17 millones de personas viviendo en el fin del mundo, aislados por geografía y malas relaciones con nuestros vecinos. La posibilidad de salir afuera, conocer gente y otras maneras de ver el mundo y traer de vuelta lo que uno aprende, es fantástica.

-¿Qué virtudes aprecias en  Chile que no veías antes?
-Que el sistema democrático chileno funciona re bien, por ejemplo. Me pone orgulloso ver lo bien que vamos. Mucha gente pensó que los cambios que se habían hecho en el gobierno militar no iban a durar la transición democrática, que los años de crecimiento iban a desaparecer, pero la Concertación en general hizo un buen trabajo. No tocó las cosas que funcionaban y añadió las cosas que necesitábamos, como las redes de protección social, que antes no había plata para implementar.
Hemos hecho avances y tenemos tropiezos, pero hemos mantenido las reglas en el tiempo. El país crece rápido. No quiero decir que somos un país próspero, porque todavía hay mucha pobreza, problemas de educación y desigualdad, pero si miras a nuestros vecinos, somos de los pocos países que prometíamos en los ochenta y noventa, y  efectivamente estamos cumpliendo.

-¿Cómo ves los movimientos sociales y las marchas que hemos visto?
-En la medida que se manifieste en regulaciones de protección al consumidor, protección frente a las grandes empresas, monopolios, protección y seguridad para la gente, fantástico. En la medida que se traduzca en tomas y daños a los colegios y a la Alameda, pésimo.

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El abuelo y el régimen

-¿Has visto a tu abuelo Fernando Matthei desde que llegaste?
-No, pero tengo que ir esta semana.

-No lo ha pasado bien con el caso del general Alberto Bachelet y las repercusiones que ha tenido en su calidad de comandante en jefe de la Fuerza Aérea.
-No. Es una farsa.

-¿Utilización política?
-(Largo silencio) No. Es que cuando dices cuestiones como “utilización política” suenas como un operador que tiene algo que cubrir. Prefiero no decir nada. Prefiero no especular sobre los motivos de la investigación ni echarle la culpa a nadie. Pero sí es una farsa.

-¿Crees que está pasando por una situación injusta?
-Define justicia… Por todo lo que yo sé de esa época, por lo que me ha dicho mi abuelo y lo que he leído en los informes, me parece que no tiene nada que ver con los abusos.  Que se cometieron abusos en el régimen militar es absolutamente cierto, y me parece extremadamente desafortunado. Me parece bien que castiguen a los culpables.  No sólo fue una tragedia para las víctimas y sus familias, sino que también contamina el legado de las cosas buenas que hizo el gobierno militar. Porque hizo cosas buenas y tuvo gente muy buena. No estamos hablando sólo de crecimiento económico. El crecimiento económico es solamente una estadística.

-¿A qué te refieres?
-Lo importante es cuando te empiezas a meter en qué pasó con los chilenos, en las anécdotas y en los cuentos. Mi abuelo antes de ser parte de la junta de gobierno fue ministro de Salud. Y él, militar de carrera, piloto de avión,  no tenía la menor idea qué hacer, pero se encontró con un organismo estatal que estaba absolutamente hecho pedazos, con una desnutrición infantil enorme. Muchas guaguas se morían de hambre, y las que sobrevivían, lo hacían con déficit nutricional. En 1974 teníamos una mortalidad infantil de más de 64 por cada mil niños nacidos, que era escandaloso.
Esa es una de las cosas que mi abuelo habla con más orgullo. Trabajó de la mano del doctor Monckeberg  y lograron disminuir la desnutrición infantil desde un 16% el ’74 a un 11,5% en 1980. La tasa de mortalidad infantil cayó fuertemente. Después de la crisis de los ochenta, habíamos bajado a menos de 20 por cada mil niños nacidos. El mérito no fue solo de mi abuelo, pero por supuesto que yo estoy orgulloso de él.

-¿Ese tipo de historias son las que te cuenta tu abuelo del régimen militar?
-Es el legado del gobierno militar que nadie cuenta. La gente habla sólo de detenidos desaparecidos o del crecimiento económico. Fue fantástico el crecimiento, por cierto: si no fuera por él nada garantiza que yo esté yendo hoy al MIT, por ejemplo. Mi familia no es rica, esto me lo costeo yo a través de crédito y ahorro.

-¿Vas a ver la película del No?
-La verdad es que hasta que vi la publicidad no sabía nada de la película… Suena entretenido, pero yo ni siquiera había nacido para el golpe. Llevamos casi 40 años desde entonces, y que la gente siga peleando acerca de esto me parece increíble.  La vería para saber más, porque puede ser una buena película, entretenida, pero esa no es mi pelea y no tengo ningún interés en asumirla.

-¿No es un tema en tu casa?
-¿El gobierno militar? No, eso terminó hace más de 20 años. En la mesa se habla de política contingente. Esa es la pega de mi mamá.