El volumen Perdidos en el espacio, de Carlos Tromben, es un conjunto breve e irregular que contiene pasajes que recrean con acierto un país de falsas promesas.

  • 23 diciembre, 2008

El volumen Perdidos en el espacio, de Carlos Tromben, es un conjunto breve e irregular que contiene pasajes que recrean con acierto un país de falsas promesas. Por Marcelo Soto

La serie de TV Los 80 ha cristalizado una tendencia que venía anunciándose hace tiempo: el rescate de una década marcada por crisis políticas y económicas, en la que la cultura pop fue una vía de escape, acentuando su rostro más fácil y desechable.

El fenómeno ha sido comprendido desde la nostalgia y la mistificación, actitudes de las cuales es ajeno Carlos Tromben, quien en su libro Perdidos en el espacio vuelve a esos tiempos con una mirada dura, carente de idealismos. Se trata de un volumen conciso, con altibajos, que incluye un par de relatos meritorios y bien resueltos.

El conjunto, sin embargo, se ve afectado por una edición poco rigurosa, defecto que actualmente es una epidemia en la industria de los libros. El lector ya empieza a acostumbrarse a observar errores flagrantes en títulos de alta circulación, por lo cual es casi ingenuo esperar que editoriales pequeñas –como Calabaza del Diablo– sean inmunes a este flagelo.

Uno de los relatos más logrados es That Seventies Show, sobre una escritora sin talento que se involucra en las actividades ilícitas de su marido norteamericano, convertido azarosamente en agente de los servicios de inteligencia. Aunque el tema –inspirado en el caso de Mariana Callejas– ha sido revisado por autores como Roberto Bolaño, Pedro Lemebel y Carlos Iturra, Tromben aporta una mirada original, enfocada hacia el clima delirante de la época.

El autor apunta: “no todas las revoluciones convocan al mismo tipo de locos. Hay aquellas que estimulan la locura científica, la locura estética. La revolución chilena de los sesenta convocó a especímenes circunstancialmente enloquecidos y a una minoría de orates por vocación. Personas habitualmente sensatas comenzaron a hablar y a comportarse locamente; otras que siempre habían ejercido su locura en privado comenzaron a exteriorizarla con alegría y desparpajo”.

Para Tromben, los 80 fueron tiempos en que se dio una rara mezcla de autoritarismo y cultura chatarra. Siguiendo a Kundera, aquella mixtura se puede definir como kitsch: es decir, cuando el mal gusto se generaliza en sociedades represivas y se convierte en estética oficial. El relato Fuiste mía un verano, sobre un militar inmerso en la farándula del Festival de Viña, registra de manera convincente esta dualidad.

No todos los cuentos están ambientados en los 80 y de hecho el mejor de la selección, Casa piloto, tiene un aire más contemporáneo. Aquí aparece una familia de clase media que intenta cumplir el sueño de la vivienda propia; anhelo que se torna falso, además de imposible. La promesa insatisfecha, inalcanzable, se visualiza en la joven vendedora del proyecto inmobiliario, notable metáfora de los deseos no cumplidos.

“¿Es la felicidad total o sólo su prospecto?”, se pregunta el narrador. “La madre sale con la muchacha a recorrer el resto del inmueble y el padre se queda solo, la nariz alargada para atrapar el perfume que aún permanece en el dormitorio. Se sienta en la cama, exactamente donde se sentó la muchacha, allí donde sus caderas quedaron marcadas como una leve depresión en el cubrecadenas”.

Pese a su calidad irregular, los relatos de Perdidos en el espacio logran traspasar al lector un estado de desaliento, un ánimo fallido y trunco que habla de un país donde el progreso posee pies de barro. Puede que sea una visión flagelante, pero no carece de autenticidad ni de cierto vitalismo.