¿Qué vinos chilenos merecen recordarse en esta década y media? ¿Qué variedades destacaron, cuáles botellas abrieron caminos, qué añadas pueden describirse como clásicas? Aquí ofrecemos tres miradas a lo que ha pasado bajo el puente –y por nuestras gargantas- entre 1996 y 2011.

 

  • 26 agosto, 2011

 

¿Qué vinos chilenos merecen recordarse en esta década y media? ¿Qué variedades destacaron, cuáles botellas abrieron caminos, qué añadas pueden describirse como clásicas? Aquí ofrecemos tres miradas a lo que ha pasado bajo el puente –y por nuestras gargantas- entre 1996 y 2011.

 

Marcaron época
Por Patricio Tapia

Clos Apalta 1997. La primera cosecha del súper vino de Casa Lapostolle abrió un camino no sólo en Chile, sino que también en Sudamérica, para vinos de gran concentración y madurez. Con el tiempo, se cometerían muchos abusos con este estilo, pero eso ya no es culpa de este Clos.

Sol de Sol 2000. El primer vino realmente sureño de Chile, este chardonnay de Traiguén y producido por Viña Aquitania, fue el primero en mostrar que los blancos chilenos no sólo estaban en Casablanca.

EQ Matetic Syrah 2004. Por mucho tiempo se pensó que el syrah sólo era posible cultivarlo en zonas cálidas. Este EQ 2004 probó lo contrario, y con ello no sólo ofreció una nueva ventana a syrahs más especiados y frescos, sino que todo un mundo de tintos de clima frío que hoy son una de los caminos más alucinantes en el vino chileno.

Laurel Vineyard Sauvignon Blanc 2003. La apuesta de Mariluz Marín, propietaria de Casa Marín, por vinos extremos sigue siendo, a ya una década de su fundación, uno de los proyectos más arriesgados de la viticultura chilena. Este Laurel fue su primer gran blanco, con el que demostró el gran carácter que pueden dar los vinos de la zona.

Carmín 2007. La apuesta de la gigante Concha y Toro por una cepa que sigue buscando su lugar como emblema de la viticultura chilena. Que esta viña haya usado al carmenère para crear un vino de esta categoría y de este nivel de precios, fue un espaldarazo para esta variedad.

Un viaje personal
Por Héctor Riquelme

Aunque tienen añadas más antiguas, tanto Don Melchor como Santa Rita Casa Real Reserva Especial son grandes vinos que muestran gran sentido de lugar. En ambos casos la de 1996 es una gran cosecha que hoy muestra toda la elegancia de un año que pasó casi desapercibido entre los tórridos 95 y 97.

Ese mismo 96 se origina la primera gran alianza entre Concha y Toro y la familia Rothschild (Mouton) con Almaviva. Un año después, nace Clos Apalta de Casa Lapostolle. El carménère parte su protagonismo en 1999 con la primera cosecha de Terrunyo, sin duda el exponente de la variedad mas consistente en el tiempo, y que luego en el 2003 tendría un hermano mayor con Carmin de Peumo, los dos de Concha y Toro.

El syrah es una variedad que se adaptó muy bien a Chile en dos frentes y así como el referente del clima frío es Matetic EQ, el de clima cálido es Montes Folly. A principios del nuevo siglo, surge el gran Sol de Sol de Aquitania, un chardonnay que rompió todo esquema mirando el sur, a más de 600 kilómetros de Santiago. Un blanco que nos enseñó a hablar de mineralidad en nuestros vinios

Luego fue el turno de los de grandes sauvignon blanc y la salinidad entregada por su cercanía al mar. Casa Marín Cipreses Vineyard resume lo potente de la variedad y la complejidad que se puede lograr con ella; terminando de paso con la idea que los blancos nacionales no podían evolucionar. Aun tengo botellas del 2004 y parecen hechas ayer.

En 1998 parte el proyecto de Alvaro Espinoza y su mujer Marina con unas pocas hectáreas en Maipú, tratadas de forma biodinámica, que dieron vida a Antiyal, un vino que marcó pauta para la llegada de proyectos sustentables, ecológicos y orgánicos como Coyam, de Emiliana, ya un clásico en este tipo de vinos.

Entre las cosas nuevas que están pasando, me parece importante el rescate del carignan que partió con Gillmore y Pablo Morandé. Este último hizo un vino tremendo con esa variedad, Edición Limitada. También lo que hace Luyt con la noble rusticidad de las antiguas cepas y su País de Quenehuao. Lo que viene es la consolidación de grandes vinos como Altaïr, los nuevos tintos de Marcelo Retamal como Limavida y su proyecto personal en las alturas de Elqui; sin dejar de mencionar lo que están haciendo en Los Andes el equipo de Parra/ Massoc/Ligier-Belair con Aristos.

Viejos y nuevos vinos
Por Marcelo Soto

La cepa estrella. El cabernet sauvignon, sobre todo en el Maipo Alto, es y sigue siendo la reina de las variedades tintas en Chile. Algunos de los mejores vinos nacionales de los últimos quinces años provienen de esa zona. El año 96 fue una cosecha difícil, menos prestigiosa que las cálidas 95 y 97, pero en el que la cepa alcanzó algunas de sus cimas. Así se recuerdan las añadas 96 de Don Melchor , de Concha y Toro, y Almaviva, de la alianza entre Concha y Toro y Mouton Rothschild, de Burdeos. Otro año complejo, el 2002, entregó en Casa Real Reserva Especial de Santa Rita uno de los tintos más elegantes y sofisticados que recordemos. Pero el Maipo Alto no es el único lugar privilegiado para la cepa: en el último tiempo ha destacado lo que está haciendo Altaïr en Cachapoal, muy cerca de los macizos de los Andes. La cosecha 2006 fue descollante en cuanto a equilibrio, profundidad y sentido de lugar.

Bandera en alza.
El carménère, ya lo hemos dicho, nació como el patito feo de la industria, siendo confundida en sus comienzos con merlot. La viña de Martino –al igual que viña Carmen- fue una de las primeras en apostar por la cepa. Sus carménères 96 y 97 aún mantienen un estándar muy alto, aunque el salto definitivo lo dio Ignacio Recabarren en Concha y Toro, primero con Terrunyo, con la impresionante cosecha 99 y luego con Carmín de Peumo 2003, un vino que evidencia que el carménère puede jugar en las grandes ligas y salir tocando.

La gran blanca. Sin duda el sauvignon blanc chileno se ha convertido en una etiqueta de fama creciente en el mundo, sobre todo cuando proviene de viñedos costeros. Es difícil encontrar un mal ejemplar si viene de Leyda, por ejemplo, y hay muchos exponentes buenos y baratos de Casablanca y de otras zonas frías a lo largo del país, como Limarí, Elqui y hasta en Paredones (Colchagua). Pero si se trata de palabras mayores hay que recurrir a lo que ha hecho María Luz Marín, en Lo Abarca, San Antonio. Su Cipreses Vineyard 2005 es un ejemplo de hasta cuan alto puede llegar la variedad en Chile.

Vinos extremos. Hasta hace poco el chardonnay chileno dejaba bastante que desear y era sinónimo de blancos empalagosos y con mucha barrica. Pero con la irrupción en el año 2000 de Sol de Sol de Aquitania se probó que se podía lograr algo interesante con la cepa, plantada en el lugar adecuado; en este caso en Traiguén, en el lejano sur, en Malleco. Yendo hacia el norte, cerca del Parque Fray Jorge en Limarí, Tabalí encontró otro terroir privilegiado para el chardonnay. Su Talinay Camanchaca 2009 plantea un nuevo paradigma para la cepa, uno marcado por el carácter salino y mineral. No es de extrañar que en esos mismos lugares estén apareciendo pinot noir de una identidad pocas veces vista en la variedad en Chile.

La nueva ola.
Chile ha crecido una enormidad en cuanto a industria y es fácil encontrar buenos vinos a precios razonables, sin embargo si lo que buscamos es carácter, distinción, sentido de lugar; es decir, vinos diferentes y que hablen de su origen sin tanto maquillaje, el asunto ya se vuelve más arduo. Por eso destaca una corriente subterránea, por ahora alternativa, que está renovando la escena. Vinos como los que hace Louis- Antoine Luyt en Cauquenes; o la familia Villalobos con su peculiar carignan de Colchagua (que amas u odias), se suman al rescate de viejas tradiciones como el espléndido país que elabora Don Clemente en Loncomilla, una joya de la vitivinicultura nacional que merece volver a descubrirse. Igualmente positivo es lo que está haciendo, ya desde un óptica más industrial, una viña como De Martino que está elaborando cinsault de Itata en viejas vasijas de greda o proyectos personales como el de Rafael Tirado y sus extraordinarios vinos de Ribera del Lago, en Colbún.