A lo mejor no hay grandes mecenas tras los desarrollos del arte chileno más reciente. Pero sí hay varias fi guras que han sido determinantes. POR LUISA ULIBARRI   Repasando el arte contemporáneo en el Chile de los años 70 y fines de los 80 –cuando irrumpió la escena de avanzada y esa generación […]

  • 6 abril, 2007

 

A lo mejor no hay grandes mecenas tras los desarrollos del arte chileno más reciente. Pero sí hay varias fi guras que han sido determinantes.
POR LUISA ULIBARRI

 

Repasando el arte contemporáneo en el Chile de los años 70 y fines de los 80 –cuando irrumpió la escena de avanzada y esa generación de jóvenes artistas que devolvió honores al color y a la pasión por pintar– existe una estirpe de personajes casi anónimos pero decisivos en la escritura de esta historia. No los llamaría mecenas, condición del tío Salomón y su sobrina Peggy Guggenheim, responsables del momento de gloria de muchos de los artistas visuales más destacados a comienzos del siglo XX. Iniciados como vendedores ambulantes, y más tarde millonarios gracias al oro, la plata y los nitratos, para ambos el arte, más que una afición, fue una droga adictiva y secreta. El viejo Guggenheim fue un coleccionista a prudente distancia de los maestros de la época (Kandinsky fue su favorito), pero Peggy vivió en cuerpo y alma esa filantrópica misión. Fue amante de Tanguy, se casó con Max Ernst, a quien instalaría junto a Jackson Pollock en la cima del circuito pictórico neoyorkino, convirtió el garage de su tío en el museo diseñado por Frank Lloyd Wright, y creó para sí misma el Guggenheim de Venecia. Una Medici del siglo XX. Benefactora tan vital y seductora como lo fueran Gertrude Stein y Anais Nïn en el olimpo pictórico y literario de Europa.

El Chile de la escena de avanzada tuvo unos santos patronos menos opulentos pero decisivos en nuestras artes visuales de fin de siglo. No operaron desde grandes fortunas, sino usando mecanismos tan milenarios y simples como el trueque. Dos de ellos son Mario Fonseca y Francisco Zegers. Grandes amigos y ambos con formación artística (el primero estudió Arte en la Universidad Católica, Zegers fue discípulo de Opazo, Valentina Cruz, Daskam y Carmen Silva), tenían algo más en común: eran empresarios, lo que los potenció al inventar un envidiado coleccionismo made in Chile y permitir la legitimación de nombres como Alfredo Jaar, Carlos Leppe, el CADA, el grupo V.I.S.U.A.L. (Dittborn, Parra, Kay), entre otros, en un sello editorial de publicaciones numeradas o los vademecum del arte conceptual, Margins and Institutions, Del espacio de acá y Cuerpo correccional, que podían encontrarse las galerías Sur, Epoca, Cromo y Cal de entonces.

La performance con los poemas de Zurita escritos desde un avión en los cielos de Nueva York y su Anteparaíso estuvieron monitoreadas por Fonseca, que además era fotógrafo, escritor y sereno activista del World Wildlife Fund. Su actitud y la de Zegers oscilaba entre una épica fundacional y romántica, más una praxis rigurosa defi nida por el trueque fifty-fifty entre obras y servicios como composición, diseño, fotografía, impresión y difusión.

Los alegres pintores de Maruri fue el título del reportaje que develó en Ercilla (1980) a la generación pictórica oxigenada y emergente de Samy Benmayor, Matías Pinto DAguiar, Jorge Tacla, Ismael Frigerio, entre otros, que detonaría posteriormente el singular coleccionismo del entonces carpintero y enmarcador de la mueblería y galería Epoca de los 70, Salustiano Casanova.

Convertido hoy en atípico mecenas entre sus colegas del barrio Bellavista, posee más de 200 obras (Barreda, Bru, Toral, Smythe, Aldunate) que exhibe o vende de vez en cuando en su galería o en otras salas sin adelgazar su patrimonio.

En su mira está levantar un museo en sus tierras entre Valdivia y Osorno y preparar un catálogo razonado de sus obras.

Ante todo, Salustiano es un entusiasta del arte, que conserva algunas pinturas dedicadas en el living de su casa y aún anda por la vida socorriendo a artistas consagrados con sus marcos de madera nativa chilena, y estimulando a los jóvenes creadores. Entre ellos, su hija Andrea Casanova. Por ahí lo han bautizado el Père Tanguy chileno, padrino de impresionistas entonces escuálidos de bolsillo como Van Gogh, quien pagaba con obras los pigmentos que fiaba Tanguy. Casanova ya no fía, pero ha inventado triquiñuelas como incorporarse al Club de Lectores de El Mercurio, realizar subastas, y vender a precios razonables para que creadores jóvenes y consagrados puedan buscar el sol, la luz y los arreboles de la pintura, y encuentren su merecido lugar en la posteridad.