• 14 diciembre, 2010


Tanto cambio, tanta tragedia, tantas pruebas de fuego, no nos han venido mal. Mostrar las cosas como son nos da más autenticidad.


El editor no me lo ha pedido, pero creo que ya se puede hacer un recuento del 2010. ¿O hay algo más que pueda ocurrir? Más bien pareciera que todo lo que tenía que pasar ya sucedió. Y lo que no ha ocurrido está por ocurrir. Así lo siento mientras termino de escribir esta columna y sucede la tragedia de la cárcel de San Miguel. Ni secretos nos quedan. Durante el año, nuestros secretos a voces fueron develándose uno a uno en su desnudez, en una seguidilla de sucesos que no deja de sorprender. Son nuestros propios hechos desclasificados, nuestro propio WikiLeaks.

Primero fue esto de habernos enterado a ritmo 8,8 grados Richter de que somos más bien pobres. Vivimos un terremoto tremendo y la televisión puso en órbita global a un mundo rural y provinciano, ajeno a la modernidad de Sanhattan, que no se condecía con nuestras dos décadas de crecimiento sostenido. Las pantallas nos develaban imágenes muy distantes de nuestra autocomplacencia: hordas de desesperados arrasando supermercados y haciéndose con cuanto electrodoméstico estaba expuesto en las vitrinas, dejando a Chile como un espejo trizado.

Fueron días de ver casas precarias, caletas perdidas, destrucción y, sobre todo, más y más pobreza. Como correlato, vimos al gobierno pidiendo prestado teléfonos satelitales a países amigos y a la directora de la Onemi dando explicaciones. Todo, con una candidez y facha que hacían de Chile una postal de los años 50, como si estuviéramos en tiempos de González Videla. No quedaba más que volver a ser humildes de corazón y poner la solidaridad por delante.

Lo otro que terminó por develarse fue que tras el personaje del presidente electo había, efectivamente, un ser personalista, incansable, tenaz y guiado por el relato de la gestión. Se podrá estar en contra o a favor, pero el cambio de gobierno transmitió desde el primer día más eficiencia y menos abuso de poder. El intento de la Concertación de cuestionar –de modo reactivo, por lo demás– la gestión por la vía de los conflictos de interés, lo único que hizo fue validar “a los expertos” y dejó al conglomerado sin un discurso atractivo y competitivo en al ámbito de la gobernabilidad. No en vano todos los presidenciables son ministros.

Lo que sí era un secreto bien guardado era la llamada “nueva derecha”. Pero ésta sigue siendo indescifrable y no logra constituirse en visión de futuro para su sector, ya que con los impuestos, los royalties y los Barrancones, más bien aparece como el centro-centro-centro.

Así, con este difuso rayado de cancha y una agenda determinada por episodios de campaña –con promesas lanzadas al público como en una subasta–, no es de extrañar que el gobierno y el presidente suban y bajen en las encuestas como la espuma.

Pero no hay engaño. Así es el asunto. Y a nadie se le pasa por la cabeza que algún otro sector pueda, por ahora, hacerlo mejor. El otro asunto que se sabía y no se decía se lo debemos a los 33 mineros. Un segundo episodio con repercusiones metaglobales que nos recordó algo que sabíamos desde la época de la Colonia y que ahora volvíamos a confirmar: tenemos resabios de país subdesarrollado, y además, somos un país desconocido para el mundo. Por eso mismo, el notable esfuerzo de rescate surgió raudamente como un potente story para la marca Chile.

Pero la verdad es que logramos conmover al mundo, simplemente, porque estábamos frente a una noticia positiva. Había algo bueno con lo que todos podíamos identificarnos. Al fin, una pequeña dosis de comunión global. Y le dimos al mundo un pequeño regalo, que tiene que haberse visto como una de esas películas del neorrealismo italiano. Emoción a lo De Sica: fuimos algo así como el hijo pobre, que se pierde y se encuentra una moneda para llevársela a la mamá.

La otra cosa –y este sí que era un secreto a voces– fue confirmar lo poco que quedaba del espectro político de la Concertación. No es muy buena la generación de recambio. Se ven harto personalismo y escaso peso específico. No hay energúmenos políticos con la vocación de poder de la generación del Mapu. No dejaron rastros, se lo llevaron todo.

El colmo del declive de la elite concertacionista es el trato que le ha dado a Marco Enríquez. Fue incapaz de llegar a un acuerdo relevante con él. Y ahora, cuando está en el suelo, le ofrece una nueva oportunidad. Le inventa el espacio del progresismo y le da su apoyo. Nadie sabe para quién trabaja.

Tanto cambio, tanta tragedia, tantas pruebas de fuego, no nos han venido mal. Mostrar las cosas como son nos da más autenticidad. Tanta adaptación y resiliencia a la tragedia han sido como un baño de auto estima. Lo que no podemos hacer es dar un paso atrás y quedarnos en una zona de confort y estancamiento.Al
país le ha venido bien enfrentar sus secretos a voces.