Por Pablo Marín Fotos: Verónica Ortiz Firmes, las manos se entrelazan sobre una mesa donde no hay sentadas menos de 25 personas, y su expresión se mueve dentro del rango estrecho de lo que llaman cara de póquer. Tiene un micrófono al frente, que le evita esforzar la voz, luce una cabellera parcialmente encanecida y […]

  • 2 mayo, 2014

Por Pablo Marín
Fotos: Verónica Ortiz

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Firmes, las manos se entrelazan sobre una mesa donde no hay sentadas menos de 25 personas, y su expresión se mueve dentro del rango estrecho de lo que llaman cara de póquer. Tiene un micrófono al frente, que le evita esforzar la voz, luce una cabellera parcialmente encanecida y viste una tenida otoñal que incluye chaleco y camisa. A su izquierda, una taza de café con su cuchara y un poco más allá, un plato con galletas rectangulares de barquillo. No falta nada. El que quiera preguntar, que pregunte.

Pasadas las 11 de la mañana del miércoles 23 de abril, en el Salón Sergio Larraín García Moreno del Campus Lo Contador, partía la jornada de la reciente visita de Paul Auster, celebridad incontestable de la culturósfera contemporánea. Invitado por el programa La Ciudad y Las Palabras, dependiente del Doctorado en Arquitectura y Estudios Urbanos de la U. Católica, el autor de La trilogía de Nueva York había aterrizado por primera vez en Chile tres días antes y lo hacía junto a su blonda esposa y colega Siri Hustvedt, también debutante en La Ciudad y Las Palabras. Ella estuvo en la misma silla la mañana anterior, en otro desayuno en el que hubo periodistas, académicos, estudiantes de doctorado y simples fans, como ahora. Pero ahora no estaba.
Tampoco estaba su nobelizado colega y amigo J.M. Coetzee. Ambos sostendrían un diálogo horas más tarde en el mismo campus, basado en la correspondencia que sostuvieron por años y que pasó a ser parte de un libro. Pero el sudafricano no estaba tampoco allí para desayunar: dicen que no es hombre de entrevistas. Nada grave ni que a Auster le sorprendiera o lo complicara. Nada, de hecho, parecía alterar su rictus de serenidad ni la sospecha de que la persona y el personaje deben parecerse más que un poco.

Alguien le encontró a Auster un parecido a Robert Mitchum, el patito feo de Hollywood. Algo hay ahí, partiendo por una cierta presencia que se impone. Su voz –profunda sin venir de ultratumba, aguardentosa sin exagerar la nota– completaba adecuadamente el cuadro. Para los participantes en el desayuno, fans y no fans, la ocasión era rara y había que aprovecharla. Lo hizo, por ejemplo, el sociólogo Eugenio Tironi, quien pidió al autor que ahondara en un momento tan decisivo como novelesco de su propia carrera y que había sido abordado en sus conversaciones con James Hutchisson. Entonces, Auster recapituló.

Corría diciembre de 1978, contó el escritor. Tenía 31 años, y su fe hasta entonces inquebrantable en sus medios se estrellaba contra un frontón. Su matrimonio con la escritora Lydia Davis se había roto, no tenía dinero y llevaba una década escribiendo versos y traduciendo libros franceses de poesía y de otras yerbas, incluida una guía al pensamiento de Mao Tse Tung. Sentía que no estaba yendo a ninguna parte. Fue “uno de los puntos más bajos de mi vida”, cavila Auster, el retrospectivo. Pero al fondo de la piscina siempre se puede dar la patada y agitar el estado de las cosas. Y eso fue lo que pasó ese día de diciembre.

Desorientado, en medio de una crisis, se apareció Auster por un teatro donde se ensayaba una obra de danza coreografiada por gente amiga de gente amiga suya. El ensayo era abierto al público y daño no le haría. Más bien lo contrario: él mismo ha descrito lo visto ahí como una epifanía y como una revelación. En cierto momento, los bailarines iniciaron sus movimientos sin que hubiese ninguna música audible que los guiara. Confidencia hoy el escritor que lo golpearon la “belleza”, la “energía” y la “pureza” de lo que contemplaba. La epifanía consistió en sentirse con “la libertad de crear, no el mundo, sino un mundo”.  Las palabras y la realidad no tenían por qué “calzar”. O así lo sintió en ese momento, al ver nada menos que una coreografía desarrollada al compás del silencio. Ahí supo que todavía podía ser un escritor.

UN MOMENTO BOLAÑO
Paul Auster publica, no-ficcionalmente hablando, más que el novelista promedio. Tiene no menos de cinco libros que entran en el terreno de la memoria o de la novela autobiográfica (entre ellos La invención de la soledad, A salto de mata y Diario de invierno). Pero aclara, para tranquilidad de alguien que le preguntó con cierta inquietud si se está despidiendo de la novela: “No es que abandone la ficción, pero siento la necesidad de no-ficción. Veo ahí una forma de compartir con los lectores lo que significa ser humano”.

Hubo, en los cuarentaitantos minutos del encuentro, más de una inmersión en los ítemes que invariablemente se asocian a la vida de un escritor. Por ejemplo, cómo se siente y qué actitud tiene respecto de la crítica. Cuenta que no lee los comentarios de sus libros, pero que hubo un tiempo en que los leía. Que por entonces le parecía razonable que trataran bien sus creaciones (a menos que se hiciera por las razones equivocadas) y que las críticas negativas solían dejar en él una huella molesta. Pero hace unos 20 años su esposa le planteó que dejara de leerlas. El hombre hizo caso y hoy, sonriente, declara que “las cosas van mucho mejor”.

Eso sí, al menos siguió sabiendo de oídas a este respecto. En 2008, Richard Eder, de The New York Times, cerró su desfavorable crítica de Un hombre en la oscuridad diciendo que lo de Auster no es camp ni parodia sino, sencillamente, que el escritor “no cree en los valores tradicionales de la ficción”. Auster se encontró socialmente con Eder, tiempo después, y de hecho alguien los presentó. En ese momento Eder se puso lívido, acaso temiendo que Auster lo encarara. O que le diera un puñetazo. Pero nada de eso: la interacción personal fue tan breve como amable. Eder ha vuelto a comentar negativamente su trabajo, cuenta hoy Auster, quien agrega que quizá debió pegarle ese puñetazo cuando tuvo la oportunidad. Lo dice en broma, pero con su qué.

Un tema menos pedestre puesto encima de la mesa fue la muerte real o presunta de la novela en el contexto tan líquido que proveen la multiplicación de los formatos, la fragmentación de los textos y la variedad de las plataformas. “Cualquier cosa puede ser una novela”, sentencia Auster, sin temor a la provocación. La novela, añade, “es cualquier cosa y es todo”. Y cuando ya parecía que el ilustre convidado se nos estaba poniendo místico, se dirige al fondo de la pregunta que le formularon en relación con este punto: lo que habitualmente entendemos como novelas, sean suyas o de otros, “no han perdido su energía”.

Avanzada la conversación y advertidos ya los participantes de que se acercaba el final, llegó el “momento Bolaño” en que alguien pregunta a una figura top de las letras por el último chileno que ha descollado mundialmente en estas lides. La prensa ya ha destacado que Auster no sólo tiene una opinión acerca de la obra de su desaparecido colega (Estrella distante y Nocturno de Chile le parecen notables, Los detectives salvajes no tanto) y que no le parece adecuado que anden raspando la olla de sus inéditos para seguir publicando cosas suyas a troche y moche. También está el hecho de que lo considera un “niño-escritor”. La gente de letras, al menos la que vale la pena, puede dividirse según Auster entre niños-escritores y adultos-escritores. La segunda categoría incluye a los paridores de obras mayúsculas en varios sentidos de la expresión (Proust, Tolstoi), mientras a los primeros se asocian al “goce demoníaco de la literatura” y, más importante acaso, al “goce de estar vivo”. Es la gente que nos hace querer ser lector, remata. Gente menos ambiciosa, ciertamente. Gente como Borges, como Poe y como Roberto Bolaño.

Aunque tiene anécdotas para regalar sobre viajes a muy distintos lugares del mundo, Auster cree que no es particularmente viajero. De las 52 semanas del año, dice, unas 49 las pasa en su hogar de Brooklyn con su esposa. El resto es viaje y en lo que toca a su primera expedición chilena, ya ocupó parte no despreciable de su agenda 2014: llegó el domingo y se fue el jueves. Y el miércoles, el día “D” para él y para Coetzee, fue todo lo ajetreado que podía ser. De hecho, una de las razones por las cuales el encuentro matinal no podía extenderse más allá de sus límites habituales, es que había una mandataria esperando al señor y la señora Auster. El novelista debió dejar Lo Contador y enfilar raudo a su hotel –el Hyatt, en Vespucio con Kennedy– y desde allí dirigirse junto a Siri Hustvedt hacia el Palacio de La Moneda. La Presidenta Bachelet los había invitado a almorzar esa misma mañana y no era la idea desairarla.•••