La tortura, encarcelamiento y asesinato de periodistas ha sido, por años, portada y titular frecuentes en los medios de comunicación. Según el Committee to Protect Journalists, 74 de ellos fallecieron en 2017.
Por Sascha Hannig, Coordinadora de Proyectos de RR.II

  • 22 octubre, 2018

En lo que va de 2018, ya suman 67 casos (por diversas razones). Y es que, ya sea por sus posturas críticas, o el descubrimiento de hechos criminales (como el narcotráfico o la corrupción), los periodistas se ganan enemigos, muchas veces, poderosos.

Sin importar quien cometa el crimen, “desaparecer” a un periodista tiene un mensaje claro: “si nos críticas, atente a las consecuencias”.

Tal parece que a Jamal Khashoggi le hicieron sufrir las consecuencias. Y de constatarse los escabrosos detalles que, hasta ahora, han sido publicados sobre su desaparición, las sufrió de la peor manera posible. Khashoggi habría sido torturado, asesinado y desmembrado en el consulado de Arabia Saudita en Estambul, Turquía. En esta ocasión, las pruebas ligarían al régimen Saudí con el crimen. Aunque Khashoggi compartía o había alabado ciertas políticas oficiales, también criticaba constantemente al heredero al reino, Mohammed Bin Salman, entre otras cosas, por sus actos de represión. En columnas anteriores en el Washington Post, había denunciado el encarcelamiento de intelectuales, reporteros, y personas influyentes en redes sociales. A todos, por su opinión disidente al gobierno.

La tesis de la columna póstuma de Khashoggi, publicada en The Washington Post, es sobre la urgente necesidad de más libertad de expresión en el mundo árabe para asegurar la libertad y, de manera crucial, el acceso a la información. Parecen conceptos clichés, pero en la práctica, son causantes de la ignorancia, la violencia y la diferencia entre las sociedades libres y las oprimidas. En su columna, Jamal cita el indice de libertad en el mundo de “Freedom House” y pone en evidencia que los países árabes (salvo excepciones como Túnez) carecen de libertades. Los datos son consistentes con lo que la organización “Reporteros sin Fronteras”, concluye en su índice de libertad de prensa. Ahí, pone a Arabia Saudita en el lugar 169 de los 180 países evaluados. Peor que naciones como Venezuela y apenas un tanto menos que Corea del Norte.

Aunque es apresurado, creo que lo ocurrido podría gatillar una reacción muy incómoda para las autocracias del mundo árabe. Por ejemplo, la, activista saudí por los derechos de las mujeres, Manal al-Sharif, escribió hace una semana una columna en The Washington Post en la que denuncia la desaparición de Khashoggi y reivindica el rol de la libre expresión y de los símbolos que esto representa, con el hashtag o eslogan #WeWontbeSilenced”, (No seremos silenciados). En los últimos días, Amnistía Internacional denunció la opresión a las mujeres activistas encarceladas en Arabia Saudita, y exigió su liberación. Con asistencia de la tecnología, este hecho se ha extendido al resto del mundo, (las redes sociales han tenido un rol primordial) con posibles costos para la imagen del reino. Alcanzó tal impacto, que incluso el secretario del Tesoro de los EEUU, Steven Mnuchin y el secretario de comercio exterior del Reino Unido, Liam Fox, se restarían de la cumbre “Davos in e desert” de Arabia Saudita, que se realizará la próxima semana. Además, Christine Lagarde, directora del Fondo Monetario Internacional, pospuso su viaje al Medio Oriente tras la noticia.

Aunque aún queda mucho por ver, todo sugiere que desaparecer a Khashoggi no acallará las voces críticas, sino todo lo contrario.