• 26 diciembre, 2008

 

La rápida y significativa devaluación del peso, la baja de los combustibles, la mayor disponibilidad de recursos del gobierno y el descenso de las expectativas de inflación constituyen factores que no estuvieron presentes en la crisis asiática y que permiten algún grado de optimismo.

 


Qué duda cabe, 2009 será un año muy complicado para la economía chilena. La recesión que ya afecta a los países desarrollados, y que amenaza seriamente a numerosos países en desarrollo, ha disminuido fuertemente los precios y la demanda por muchos de nuestros productos de exportación. Esto producirá una significativa reducción de los ingresos de las empresas y sobre todo del gobierno, debido a la caída del precio del cobre. Por su parte, la debacle del sistema financiero internacional ha hecho más escaso y caro el financiamiento externo, lo cual amenaza con trasmitirse a nuestro propio sistema financiero, que tendrá que afrontar menores fuentes de financiamiento, aumentos en el riesgo de crédito de sus clientes y una presión adicional para aquellas empresas que no puedan refinanciar sus vencimientos de créditos en el exterior.

Antes de que la ola de la crisis internacional asolara nuestras costas, la economía chilena ya venía medio bandeada. La falta de reformas macroeconómicas pro inversión y crecimiento durante los últimos diez años y la agudización de los problemas de nuestra anacrónica y anquilosada administración publica, habían generado un escenario de crecimiento bastante mediocre, claramente inferior al exhibido entre 1985 y 1997, y dolorosamente más bajo que el de la mayoría de los países emergentes. En particular, nuestra rígida legislación laboral y nuestro pobrísimo sistema educacional se habían confabulado para que la tasa de desempleo nunca descendiera nuevamente a los niveles observados en los años previos a la crisis asiática. ¡Hace ya más de diez años!

La llamada regla de superávit estructural, nuestro orgullo nacional, puesta en práctica inicialmente por el ex ministro de Hacienda Nicolás Eyzaguirre e institucionalizada por el actual ministro Andrés Velasco, controla que nuestras finanzas públicas se manejen en forma civilizada, y ciertamente es un adelanto significativo en comparación a la forma en que la mayoría de los países de Latinoamérica conducen sus propias políticas fiscales. La convicción de estos dos ministros de la necesidad de que el gobierno sea capaz de financiar el gasto público sin necesidad de aumentar su endeudamiento en forma constante ha contribuido a disminuir el riesgo y la vulnerabilidad de nuestra economía. Su tarea bien merece un reconocimiento, toda vez que han debido sufrir los constantes ataques y descalificaciones de muchos de los más empingorotados exponentes políticos de la propia coalición gobernante.

Ante este escenario, ¿cómo podemos esperar que se comporte la economía chilena el 2009? El gran desafío es que nuestro país sea capaz de sortear la actual crisis de mejor manera que las anteriores. En particular, podremos declarar exitosa nuestra tarea si logramos que el ciclo contractivo que va a vivir nuestra economía sea más corto y de menor intensidad que el vivido durante la crisis asiática. Esta comenzó a fines del 98, se transformó en una recesión en que el PGB retrocedió aproximadamente un 1% y como crisis se extendió por más de cinco años, hasta mediados del 2002. La variable clave a monitorear será la generación de puestos de trabajo y la tasa de desempleo. Un aumento muy marcado en la cesantía podría generar graves problemas no sólo a las familias de quienes pierden su trabajo, sino que a la economía como un todo. Sabemos por experiencia de los ciclos anteriores que el desempleo afecta negativamente al sector inmobiliario y de la construcción. Pero esta vez los efectos pueden ser mucho mayores, aun en otros sectores. Durante los últimos diez años, las familias chilenas de clase media y media baja han podido acceder al crédito como nunca antes en su historia. Esto es ciertamente muy beneficioso para ellas, pero por otro lado la pérdida de las fuentes de ingreso de dichas familias podría generar pérdidas cuantiosas al sistema financiero y a las casas comerciales, lo cual profundizaría aún más la crisis.

Durante la crisis asiática, la tasa de desempleo llegó a niveles cercanos al 15% y en promedio en el periodo 1999-2002 se mantuvo en niveles superiores al 9%. Si es efectivo que estamos mejor preparados que antes, debemos suponer o, al menos, aspirar a que la tasa de desempleo durante 2009 no supere el 10%. Para ellos necesitamos que el PGB no retroceda y que el consumo y la inversión tengan retrocesos mínimos. ¿Es eso posible? Ciertamente no conocemos todavía la total magnitud de la crisis internacional, lo cual le pone a cualquier proyección un alto grado de incertidumbre. Habiendo dicho lo anterior, dado lo que conocemos hasta ahora, en mi opinión la rápida y significativa devaluación del peso, la caída en el precio de los combustibles, la mayor disponibilidad de recursos del gobierno y el acelerado descenso de las expectativas de inflación constituyen todos factores positivos con que cuenta hoy el escenario económico en Chile, que no estuvieron presentes durante la crisis asiática y que permiten algún grado de optimismo.

 

El autor Director ejecutivo de Econsult