La mayor complejidad de construir algo es que no se logra de forma individual sino colectiva, a través de reglas claras y respetadas. Con capacidad de pensar por nosotros mismos, búsqueda de imparcialidad y exposición de mejores ideas.
Por: Ana María Raad, antropóloga, experta en innovación y educación.

  • 17 enero, 2020

Empiezo el año con un libro fascinante y oportuno sobre la biografía de Hannah Arendt, escrita por Laure Adler. Sus ideas son una luz incandescente y profunda en momentos en que la libertad para pensar y proponer diversas y mejores ideas se hace esencial. Arendt nos enfrenta permanentemente a los temas de la violencia política, totalitarismos y la degradación de nuestras libertades. Su continuo llamado es a tomar conciencia de cómo nuestras ideas pueden ser capturadas y despojadas de toda libertad. Para ella, es fundamental conocer esos riesgos y trabajar para minimizarlos. Lo complejo, creo yo, es que más allá de los factores que menciona la filósofa alemana, los seres humanos estamos (desde la perspectiva biológica, tecnológica y social) inmersos en situaciones y características propias del siglo XXI, que tenderían a acercarnos a comportamientos con rasgos de intolerancia, totalitarismo y poca apertura. No quiero concluir que nuestra biología nos determina y no podemos movernos de ahí, pero para ello debemos estar conscientes de nuestros sesgos y desafiarnos continuamente para tratar de neutralizarlos.

“Una vez formadas las impresiones que tenemos de la realidad, estas son notablemente perseverantes”, concluye brutalmente el popular estudio de los científicos Hugo Mercier y Dan Sperber, sobre el razonamiento y cómo los seres humanos buscamos argumentos similares a los nuestros. El denominado “sesgo confirmatorio” se refiere a la forma como el cerebro filtra información que reafirma nuestras creencias e ideas preestablecidas y busca refuerzo en los que piensan igual. Es más, nuestra naturaleza es tan potente frente a las creencias e ideas que ya tenemos, que incluso experimentamos placer, un verdadero baño de dopamina, cuando procesamos información que las respaldan, haciendo aún más difícil modificarlas.

Por otro lado, está el análisis del impacto de la tecnología en nuestra autonomía y comportamiento. Durante el 2019 el libro más vendido y recomendado en las súper listas del The Economist y New York Times fue El capitalismo de la vigilancia, de la economista Shoshana Zuboff, quien aborda los efectos de la digitalización y su impacto en la supuesta manipulación de nuestros comportamientos. En su texto, Zuboff refuerza la idea de los grandes conglomerados tecnológicos, quienes a través de la acumulación y seguimiento de datos y el uso de algoritmos (como los de Twitter o Facebook) logran predecir y manipular el comportamiento de los consumidores. La tecnología totalitaria nos presentaría una homogénea red de conocidos y contactos con ideas similares que tienden a reforzarse infinitamente, traduciéndose en una amenaza real a la libertad y autonomía de las personas.

Ante nuestra irracional biología, desregulada tecnología y extremas visiones políticas, retomo las ideas de Hannah Arendt para quien las situaciones tendientes al radicalismo se deben enfrentar mediante diálogos genuinos que nos obliguen a salirnos de los eslóganes, de los discursos preestablecidos y actitudes propagandistas, que buscan la negación del otro. Para Arendt, la mayor complejidad es construir algo y eso no se logra de forma individual sino colectiva, a través de mecanismos como el debate, el consenso racional, la capacidad de pensar por nosotros mismos o la búsqueda de la imparcialidad. Esto implica que el diálogo no puede reducirse a posiciones binarias o sesgadas y el consenso solo es posible estableciendo mecanismos claros y legítimos para resolver los desacuerdos con herramientas acordadas por todos para dirimir las diferencias. La invitación es incómoda, de alguna manera demanda forzar nuestra naturaleza, tener mayor conciencia de la ilusoria neutralidad tecnológica y sobre todo disponernos a cuestionar, tanto las verdades de los otros como las nuestras. Un ejercicio difícil pero necesario y urgente.