• 30 noviembre, 2007

 

Crecer de forma integral, sin contentarse con el desarrollo puramente económico, es lo que plantea nuestro columnista. En el fondo, “generar una cultura centrada en el ser y no tanto en el tener”.

 

El desarrollo tiene un carácter ambivalente. Por una parte, permite descubrir signos de la grandeza del hombre y lograr mejores condiciones de vida material de las personas y, por otra, se constituye en fuente de grandes inquietudes y amenazas para éste. Hoy, como nunca antes en la historia de la humanidad, el hombre tiene poder sobre el propio hombre.

La pregunta que ha de estar presente a la hora de evaluar el desarrollo de las naciones es si está o no en primer lugar al servicio del hombre, de la mujer, de la familia. La pregunta es si todos los bienes y servicios que surgen del desarrollo hacen la vida del hombre más humana, más digna del hombre. Para ello es indispensable que, junto con el aspecto económico que el desarrollo ha de llevar grabado, vaya también el progreso moral y espiritual del hombre. Para que el desarrollo sea auténticamente humano se han de considerar no sólo los índices económicos, sino también las mejores relaciones interpersonales, más respeto entre las personas y, en definitiva, más amor.

Una sociedad que muestre flamantes índices económicos pero en la cual las personas se vuelven cada vez más individualistas y hay un significativo aumento de la violencia, ha de cuestionarse profundamente. ¿Qué estilo de sociedad es el que estamos construyendo? ¿Es demasiado estrecho el concepto de desarrollo que tenemos y hay que abrirlo a otros aspectos como lo son la ética, la cultura, el fortalecimiento de la familia y una educación centrada en el respeto por las personas, la verdadera justicia y un irrestricto amor a la verdad?

Es notable cómo muchas personas, fascinadas por el embrujo de los bienes materiales, han experimentado una gran sensación de vacío y se han abierto a una búsqueda del sentido de sus vidas que en estos bienes no han encontrado. Creo que Chile está embriagado por los resplandecientes signos económicos que muestra, pero sin embargo no hemos sido capaces de frenar la violencia, la destrucción de la familia, el malestar que experimentan muchos jóvenes al sentir una gran soledad y, sobre todo, las escandalosas desigualdades que aún subsisten en nuestro país. Para ello es necesario fortalecer los valores más profundos que anidan en el corazón del hombre, como lo son el deseo de hacerse parte en la construcción de un mundo mejor, el tener razones para vivir, el descubrir el sentido trascendente de la vida.

En esta línea es importante generar una cultura centrada en el ser y no tanto en el tener. Para ello urge un discernimiento cada vez más agudo, que nos permita distinguir con claridad lo que son los fines de los medios para así no confundirlos. Solamente desde la centralidad del hombre y su dignidad será posible una sociedad más justa y a escala auténticamente humana. Ello va de la mano de una propuesta que tenga como prioridad a los más necesitados. Cuando no se percibe un interés real por ellos y el desarrollo pasa a concentrarse sólo en unos pocos, las tensiones sociales tienden a crecer, lo que claramente no beneficia a nadie.

Creo que todos los proyectos, tanto en el ámbito público como en el privado, debiesen considerar qué tipo de desarrollo está en las bases de su propuesta. Si todo proyecto o negocio llevase de la mano un componente ético y educativo que considerase el lucro como un aspecto importante pero no el más relevante, estoy cierto de que saldríamos de la pobreza y mitigaríamos el drama de tantas personas que lamentablemente sienten cómo el desarrollo pasa por su lado y que no sólo no los toca, sino además los agrede.