Se siente como un déjà vu. Aunque esta vez no lo vivimos solos. El estallido social fue endógeno: el mundo miraba con curiosidad como Chile “despertaba” en una catarsis que mezcló violencia y sentimiento. Aunque mucha gente salía entusiasta a la calle, el efecto concreto que tuvo sobre la vida de los chilenos fue alterar significativamente la cotidianidad. Es cierto que parte importante -quizás la mayoría- de la ciudadanía estimó que era una alteración bienvenida, en la medida que sirviera para sacudir un sistema injusto. Muchos dijeron, expresamente, que había que evitar el retorno a la “normalidad”. En efecto, nada fue muy normal en los últimos meses del 2019. Se suspendieron miles de actividades académicas, culturales, deportivas, sociales. Entre el miedo de unos y la esperanza de otros, compartimos una sensación de incertidumbre. El toque de queda de los primeros días nos obligó a permanecer en casa, así como la regularidad de las manifestaciones posteriores a rehacer nuestra rutina. Fueron meses raros, de sentimientos encontrados, semanas maniacodepresivas que polarizaron a la sociedad chilena de una forma que la generación post Pinochet jamás había experimentado.

Lo de hoy es distinto, pero en cierta forma parecido. Sabíamos que marzo se venía con todo, pero no así. Nuestro calendario saltó por los aires. Lo que habíamos reagendado con motivo del estallido social de nuevo se suspendió. Regresó el toque de queda y otra vez ojeamos si la despensa -y el bar- daba abasto. La economía local, que se aprestaba para reactivar sus engranajes después de un trimestre para el olvido, volvió a parar en seco, obligando al encargado de las finanzas públicas a cranear un nuevo plan de rescate. Hay menos esperanza en el ambiente: a estas alturas, el objetivo es evitar los peores escenarios. La incertidumbre no se ha ido. Como un virus, solo ha mutado. Febrero aparece en la memoria como una tregua graciosa entre dos turbulencias. En cuestión de semanas, los chilenos pasamos de la mayor crisis política en medio siglo, con toda su emocionalidad refundacional, a lo que Angela Merkel ha descrito como el mayor desafío planetario desde la Segunda Guerra Mundial, con todo el estrés que significa saber que la vida misma está en juego. No hay hígado que aguante.

En la dimensión política nacional, sin embargo, varios analistas sugirieron que esta era una oportunidad para el alicaído -casi derrumbado- gobierno de Sebastián Piñera. Aunque negado para la construcción de grandes relatos políticos, esta era la hora de las parkas rojas, de los gerentes en acción, del jefe de gobierno hands on que se rehúsa a ser jefe de Estado desde las alturas. En 2019, era poco lo que un elenco de hombres ingenieros comerciales de la elite podía hacer frente a un momento tan insurreccional como interseccional en sus demandas. Por eso no dieron pie con bola. La crisis del coronavirus es muy distinta. Por un lado, le permite al presidente -ahora sí que sí- articular una narrativa convincentemente unitaria. No más chilenos contra chilenos: todos contra el virus. Maquiavelo 1.0: para unir el frente interno, los gobernantes deben identificar enemigos externos. Para el paladar conservador, una hora Churchill. Por otro lado, porque las dinámicas horizontales del movimiento social que se desarrolló a partir del 18-O fueron difíciles de regular apelando a la autoridad vertical. Ahora, en cambio, lo que más se necesita es conducción, orden y contención. Mientras menos voces, mejor. El gobierno de Piñera podría, según esta teoría, anotarse algunos porotos y salir de forma más o menos digna de su segunda administración. La vieja tesis de la crisis como oportunidad.

Sin embargo, al momento de escribir esta columna, esa tesis no se afirma. Cunde la percepción de que el gobierno ha sido también ineptolento en la acción, comunicacionalmente torpe y, peor aún, poco transparente- en la conducción de esta crisis. Es como si Piñera se hubiera desfondado completamente, incluso para aquello que era, hasta hace poco, innegablemente bueno: gestionar. En la realidad, es probable que esto no sea cierto: es probable que Piñera siga siendo mejor que muchas de las alternativas para dirigir en tiempos de crisis. Pero en el ámbito de las percepciones, su autoridad informal está demasiado debilitada. Sigue al mando, pero poca gente le cree. Lo mismo respecto de su ministro de Salud, cuya rudeza en medio de un escenario emocional altamente sensible se asemeja a un elefante entrando a una cristalería. En este cuadro, algunos recomendaron empoderar a una persona independiente, políticamente creíble y técnicamente competente, para convertirse en la cara del Estado frente a la pandemia. Era una buena idea, considerando que acá lo importante es salvar vidas. Pero fue desechada por La Moneda: después de haber perdido varios penales, el presidente siente que este es el suyo.

La duda que persiste en el ambiente es de qué forma ambas crisis se vinculan. Hay mucha gente que camina por la vida con un martillo para el cual todos los problemas son clavos. Esa gente estará especialmente atenta a la forma en que nuestro modelo neoliberal -con su correlato constitucional- impide enfrentar exitosamente la eventual crisis sanitaria. Lo que ocurra en las próximas semanas y meses será munición para el debate que viene. No obstante, si lo enfrentamos bien, sería estupendo que algo de ánimo unitario -que ha sido extremadamente difícil construir hasta ahora por los grados de desconfianza mutua- permee la conversación que se reabre en octubre sobre nuestra nueva casa común. ¿Muy ingenuo?