En todos los rankings respetables de lo mejor del 2008 aparece una banda que vale la pena conocer, y que es muy probable que llegue a las puertas del olimpo de la consagración comercial más temprano que tarde. Con ustedes, Deerhunter.

  • 23 enero, 2009

 

En todos los rankings respetables de lo mejor del 2008 aparece una banda que vale la pena conocer, y que es muy probable que llegue a las puertas del olimpo de la consagración comercial más temprano que tarde. Con ustedes, Deerhunter. Por Andrés Valdivia.

Los últimos días de cada año, y los primeros del siguiente, son siempre fecundos en revisiones, rankings y listas de los mejor que se ha editado en todo ámbito de la entretención. Al parecer nuestra moral rankeadora es casi un asunto natural y genético: simplemente, no podemos resistirnos a coronar lo que nos parece bueno y a omitir lo que nos parece decepcionante. Si bien en las revisiones del 2008 el claro ganador de MGT con Oracular Spectacular (reseñado en esta columna hace algunos números), en cualquier blog que se precie de buen gusto y cariño por la música apareció también un nombre que se me metió entre ceja y ceja; deformaciones cinéfilas, probablemente. Provienen de Atlanta y su nombre es Deerhunter. Una banda más bien experimental en sus inicios –se formaron en 2001– y liderada por un personaje freak llamado Bradford Cox. La banda se llama Deerhunter y el año pasado editó Microcastle, un disco que ya la puso en el mapa de los melómanos del planeta. Pero vamos por partes, que aquí hay paño que cortar.

La moral de Bradford es la del rockero fuera de control, muy en la línea de lo que hacía Iggy Pop en vivo, agregándole una dimensión desenfrenada y casi lírica a su performance, ya cargada por su bella pero extraña voz. A eso hay que agregarle una extraña enfermedad, la misma que sufría el vocalista de los Ramones, que hace que sus extremidades crezcan desproporcionadamente a su cuerpo. El resultado es un personaje extraño, pero cautivante en su rareza; y claro, si además le ponemos talento, la pócima es bien irresistible en una industria donde la belleza y la perfección son pan de cada día.

Musicalmente, Microcastle pilla a Deerhunter en ese punto de inflexión donde las bandas más experimentales suelen dar lo mejor de sí mismas: haciendo una peregrinación hacia el pop. Es muy probable que una vez instalada en ese territorio la banda comience a decaer, pero es en el proceso de hacerse más asequibles que los músicos alcanzan mayor altura creativa. Ahora, a Deerhunter le faltan al menos dos o tres discos para aterrizar derechamente en el pop, pero lo que está haciendo es una señal de que tiene harto que decir. Microcastle es un disco que combina armonías simples y una instrumentación sin mucha novedad, sobreponiendo a las melodías una capa de noise que recuerda mucho a Yo La Tengo (la mítica y notable banda de Hoboken, New Jersey), pero que toma prestada la moral hiper melódica pero algo ambigua de The Pixies en los coros y en los momentos más intensos de sus canciones. Todas bien construidas, con algunos vuelcos sorpresivos, pero por sobre todo intensas. Deerhunter no es una banda noise, ni tampoco punk, tampoco sicodélica, pero toma elementos prestados de cada uno de estos géneros y los combina con naturalidad y gracia. También es posible escuchar retazos de The Smiths (especialmente en los arpegios de guitarra) y de My Bloody Valentine en la producción general del disco.

Mirando con lupa las canciones, nos encontramos con momentos de mucha energía melódica como en Nothin Ever Happened, pausada distancia indie en Agarophobia y Saved By Old Times, guiños explícitos a los Pixies en Never Stops, introspección y belleza en Little Kids y algo de épica en These Hands. Microcastle es un bello disco, pero que sobre todo deja entrever un buen futuropara este grupo de chicos de Atlanta. Atentos entonces, que esto recién se pone bueno.