El conocido historiador británico Eric Hobsbawm en su último libro Cómo cambiar el mundo, postula que “ha llegado la hora de tomarse en serio” al autor del Manifiesto Comunista. Pero este planteamiento es innecesariamente ambiguo y carente de una adecuada clarificación. por Alejandro San Francisco

  • 7 octubre, 2011

 

El conocido historiador británico Eric Hobsbawm en su último libro Cómo cambiar el mundo, postula que “ha llegado la hora de tomarse en serio” al autor del Manifiesto Comunista. Pero este planteamiento es innecesariamente ambiguo y carente de una adecuada clarificación. Por Alejandro San Francisco

 

Cuando en 1848 Marx y Engels publicaron el Manifiesto del Partido Comunista, la izquierda que ellos representaban era prácticamente inexistente en el mundo y tenía una presencia más bien pequeña en el Viejo Continente, a pesar del comienzo amenazante de la obra: “Un fantasma recorre Europa, el fantasma del comunismo”. Un siglo después, la situación había cambiado radicalmente: en 1945 la Unión Soviética de Stalin emergió victoriosa de la segunda guerra mundial; en los años siguientes el comunismo se consolidó en diversos países de Europa central y oriental. Para cerrar la escalada de triunfos, en 1949 Mao logró el éxito de la revolución china. Una marea roja se aprestaba a cambiar el mundo.

Ese es precisamente el tema de análisis del nuevo libro de Eric Hobsbawm, Cómo cambiar el mundo (Barcelona, Crítica, 2011, 490 páginas). Pocas personas están más autorizadas que el profesor de la Universidad de Cambridge para tratar el tema, considerando no sólo su calidad científica, porque ha investigado y escrito sobre los últimos dos siglos, desde “las revoluciones burguesas” hasta el presente, sino también porque adhirió tempranamente al comunismo, fue un observador activo del siglo XX y es uno de los grandes especialistas mundiales en el tema del marxismo.

En Cómo cambiar el mundo el historiador procura estudiar y explicar la trayectoria del marxismo como idea política y de sociedad, así como aventurar reflexiones acerca de la humanidad en el siglo XXI. Para ello –sintetiza– es crucial conocer a Marx, comprender su pensamiento y el contexto de sus planteamientos, así como la trayectoria –a veces exitosa y otras fallida- de una de las ideologías dominantes en el mundo de los últimos dos siglos.

1. El nacimiento del comunismo

El Manifiesto del Partido Comunista es probablemente la obra política más influyente en el mundo en los últimos cien años. Karl Marx (1818-1883) y Friedrich Engels (1820-1895) fueron los autores, quienes asumieron por encargo la tarea de sintetizar a mediados del siglo XIX el pensamiento que comenzaba a ser dominante en un sector de la izquierda en una convulsionada y cambiante Europa.

Ambos estaban afiliados a Liga de los Comunistas (antes, Liga de los Justos) que trabajaba por “el derrocamiento de la burguesía, el gobierno del proletariado, el fin de la vieja sociedad que descansa en la contradicción de clases y el establecimiento de una nueva sociedad sin clases ni propiedad privada”. La organización pidió a Marx y Engels redactar los propósitos y objetivos de los comunistas, de lo cual nació el famoso Manifiesto, texto breve (23 páginas en el original), que combina análisis histórico, la propuesta política y una visión sociológica de la Europa de su tiempo. Más importante que todo, era una obra que en el futuro se convertiría en una especie de Biblia y catecismo del comunismo, que no proponía meras reformas políticas o sociales menores, sino que la “subversión de todo el orden social existente”.

Una de las grandes fortalezas del Manifiesto, a juicio de Hobsbawn, es ilustrar sobre la transitoriedad histórica del capitalismo, que debía ser reemplazado hacia el futuro por el sistema comunista. Esto lo distinguía tanto de los anarquistas como de otras formas de socialismo que recelaban de las soluciones asociadas a los gobiernos y al poder.

En la visión de Marx y Engels, el viejo Estado no solo sería derrocado, sino que eliminado; los trabajadores deberían organizarse como clase y contar con un partido político; derrocada la burguesía se iniciaba una fase transitoria, con Estado y bajo una forma de dictadura, que devendría finalmente en la ansiada –y poco explicada– sociedad sin clases. Varias de esas proposiciones aparecían brevemente desarrolladas en el Manifiesto, que anunciaba casi proféticamente al final de sus páginas la unidad de los proletarios del mundo y la sustitución de la sociedad burguesa existente.

¿Dónde se realizaría ese gran acontecimiento histórico?

2. Crecimiento, difusión y triunfo

Las sociedades capitalistas por excelencia, Inglaterra y Alemania, vieron surgir a sus lados a países como Irlanda y Rusia, donde había elementos para una revolución social. Contra lo que muchas veces se cree, como precisa Hobsbawm, el propio Marx previó la posibilidad de una revolución en Rusia y llegó a decir que ese acontecimiento ahí podría “dar la señal para una revolución obrera en occidente, de manera que se complementasen el uno al otro”.

Adicionalmente, un análisis de la circulación de las ideas marxianas en el mundo de fines del siglo XIX y comienzos del XX demuestra que fue precisamente el ruso el idioma con más ediciones del Manifiesto: 70 (seguido por las 55 ediciones en alemán, 34 en inglés y 26 en francés). A ello podemos añadir el liderazgo de Lenin, a la vez un gran teórico y un revolucionario de excepción, que fija un canon superior que se consolidó después de la victoria bolchevique de 1917 –revolución política y a la vez editorial–, cuando se multiplicaron las publicaciones de la obra, que además pasó a contar con el beneficio del éxito histórico y una calificación de texto de ciencia política plenamente vigente.

Otros trabajos de Marx y Engels tuvieron menos suerte editorial, pero también fueron relevantes para la comprensión del conjunto de las ideas que ellos promovieron. Ahí se inscriben El Capital y los Grundisse (prácticamente desconocidos por mucho tiempo), además de La situación de la clase obrera en Inglaterra, erudito trabajo de Engels.

Como resultado del crecimiento de la idea y del interés por el marxismo, el siglo XX vio surgir intentos por publicar obras completas de Marx y Engels en distintos idiomas, así como el Manifiesto, la obra de mayor difusión, se podía encontrar en bibliotecas personales o institucionales en América del Sur, Asia o África. El marxismo había llegado a ser una de las ideas que movían al planeta.

3. Los “dueños del mundo”

Uno de los momentos cruciales del comunismo en el siglo XX fue lo que Hobsbawm denomina “la era del antifascismo”, entre 1929 y 1945. En esos años, que parten con la crisis económica del capitalismo y siguen con la victoria de Hitler en 1933, numerosos intelectuales adoptaron la militancia del Partido Comunista en diversos lugares del mundo, mientras otros fueron cercanos que compartían la postura contraria a los movimientos nacionalistas de entreguerras. Entre ellos está el propio Hobsbawm, cómo él mismo lo explica en Tiempos interesantes (Barcelona, Crítica, 2006), su notable autobiografía intelectual. El régimen nacional socialista fue el detonante de esa actitud en poetas, profesores y pensadores de la época: en primer lugar, porque un fenómeno exclusivamente italiano –el fascismo– pasó a ser “un vehículo internacional de la derecha política”; luego, porque la amenaza ya no era exclusivamente política, sino que estaba en peligro la misma civilización; finalmente, porque fascismo significaba guerra.

Las derrotas de Hitler y Mussolini marcaron no sólo su caída, sino que también el momento de mayor auge del comunismo, tanto en el plano de las ideas como en el poder político que ejerció en distintas sociedades. Ahí el problema no era simplemente la ideología que había detrás, la “ilusión” de la que habla François Furet, sino que la posibilidad real de “cambiar el mundo”. Se había convertido en realidad la propuesta de Marx en las Tesis sobre Feuerbach: los filósofos se habían dedicado a comprender el mundo de distintos modos, y en realidad de lo que se trataba era de transformarlo. Desde la cima del poder en la mitad del globo aquello se volvía una posibilidad real.

Eso es precisamente lo que recuerda Eric Hobsbawm en un capítulo central, La influencia del marxismo 1945-1983. Las fechas elegidas no son casuales, y responden al fin de la segunda guerra mundial, momento de gran prestigio para el comunismo a través de su máxima figura, Stalin, convertido en héroe tras derrotar a Hitler, así como al año en que se cumplía el centenario de la muerte de Marx.

Tales tiempos, podríamos decirlo así, fueron la época de gloria del comunismo en el orbe, e incluso muchos creyeron en el triunfo rojo durante la guerra fría. Todos esos complejos años –narrados por el propio Hobsbawm en su Historia del siglo XX 1914-1991 (Barcelona, Crítica, varias ediciones)– resultaron en realidad ambivalentes. Por una parte el comunismo avanzaba, crecían los países con la “bandera roja” y en occidente aumentaba el temor. Por otra parte, al interior de los países al este de la Cortina de hierro se expandía un silencioso descontento, así como aumentaba también la crítica entre muchos intelectuales desencantados. Como resume el autor en un interesante capítulo al finalizar el libro, “un siglo después de la muerte de Marx se hizo patente que el marxismo estaba en franca recesión tanto política como intelectualmente” y, como consecuencia, “los veinticinco años siguientes al centenario de la muerte de Marx serían los años más oscuros en la historia de su legado”.

4. ¿Comunismo en el siglo XXI?

Uno de los aspectos más notables del libro de Hobsbawn reside en que el historiador británico no duda en calificar a Marx como “un pensador para el siglo XXI”. Esto se da por dos razones: porque el fin del marxismo oficial en la URSS permitió liberar a Marx del leninismo teórico y práctico (los socialismos reales); además, porque “el mundo capitalista globalizado que surgió en la década de 1990 era en aspectos cruciales asombrosamente parecido al mundo anticipado por Marx en el Manifiesto Comunista”.

La apreciación no responde a mero voluntarismo ni a la fidelidad ideológica de un historiador que en la década de 1930 adhirió de por vida al comunismo, sino que contiene ciertos argumentos que nacen de la realidad del mundo en el cambio de siglo. Así se aprecia en el final de la obra, que contiene una aseveración crucial y probablemente certera: “el liberalismo político y económico, por separado o en combinación, no pueden proporcionar la solución a los problemas del siglo XXI”. El segundo postulado resulta más discutible por su innecesaria ambigüedad o la carencia de una adecuada clarificación: “una vez más, ha llegado la hora de tomarse en serio a Marx”.

El asunto no es ese, porque Marx, en cualquier circunstancia, siempre debió ser tomado en serio. Primero, porque sus ideas, visión de la historia, análisis del presente y promesa del futuro representaron una de las cosmovisiones más complejas y atractivas de los siglos XIX y XX. También por la capacidad de difusión que logró la obra de Marx en diversas lenguas y naciones de los cinco continentes. Adicionalmente, es preciso comprender que el autor del Manifiesto convirtió su tratado en una promesa de victoria lograda muchas veces durante el siglo XX. Y finalmente, porque si bien el comunismo ya no tiene el atractivo de hace algunas décadas, sigue siendo la fuente inspiradora de movimientos críticos del sistema económico y político liberal. Como asegura Hobsbawm, “la distancia entre ricos y pobres y las divisiones entre grupos sociales con intereses divergentes continúan existiendo, tanto si se les denomina ‘clases’ a estos grupos como si no”. Eso es, precisamente, lo que vuelve a Marx actual, como gran intérprete de la lucha de clases en la historia.

En la era del triunfo capitalista y democrático que siguió a la caída del muro de Berlín, Marx reaparece para recordar que el sistema es necesariamente temporal, abriendo las puertas y las ilusiones a una sociedad diferente. Pero son muchas las alternativas que pueden atribuirse la capacidad de cambiar y mejorar el mundo. En ese escenario, el comunismo tiene una consistente protesta y propuesta, pero también un problema crucial, radicado en la experiencia histórica del siglo XX, que supo del marxismo y el leninismo no sólo por las páginas de las obras de esos grandes pensadores de la izquierda mundial, sino que también por la realidad dramática del Gulag, las prisiones y el horror.