La de los Imschenetzky es una historia de best seller. Una familia de inmigrantes rusos que huyó de los bolcheviques y los conflictos armados europeos. Que llegó a Chile sin nada y que hoy mantiene un imperio regional, sustentado en el negocio inmobiliario. Controladores del futuro casino de Talcahuano, su crecimiento no ha estado exento de polémica.

  • 4 abril, 2008

 

La de los Imschenetzky es una historia de best seller. Una familia de inmigrantes rusos que huyó de los bolcheviques y los conflictos armados europeos. Que llegó a Chile sin nada y que hoy mantiene un imperio regional, sustentado en el negocio inmobiliario. Controladores del futuro casino de Talcahuano, su crecimiento no ha estado exento de polémica. Por Sandra Burgos.

 

Nicolás Imschenetzky Ebensperger es el representante de la tercera generación de esta familia de inmigrantes rusos en Chile. Desde hace siete años es quien lidera los negocios, luego de que su padre, Nicolás Imschenetzky Popov, efectuara el proceso de traspaso de la dirección de las empresas de la familia.

La historia de los Imschenetzky en Chile es –literalmente- fruto de la desesperación, la casualidad y el esfuerzo. Dueños de una de las fortunas más grandes de la Octava Región, han tenido que sortear muchas difi cultades para llegar a convertirse en lo que son hoy: dueños del Casino de Talcahuano: Marina del Sol, y de una serie de desarrollos inmobiliarios; proyectos que en los últimos 15 años suman cerca de 1.300 millones de dólares.

Su apuesta por Chile suma ya tres generaciones, comenzando por Wladimir Imschenetzky Gan, zarista de corazón, que huyó en 1917 de la revolución bolchevique en su Rusia natal y comenzó una larga peregrinación por Europa, continente que –como sabemos- no pasaba por sus años más tranquilos.

Con tres guerras a cuestas y cansado de huir, Imschenetzky decidió en 1946 salir del viejo continente. Como recuerda su nieto Nicolás Imschenetzky Ebensperger (32 años y responsable principal del negocio familiar), sus abuelos se fueron a un puerto desde donde salían los barcos con ciudadanos de Europa del Este que arrancaban de la ocupación rusa, hacia otros continentes.

“Mis abuelos llegaron al puerto sin tener claro el país al que emigrarían; sólo querían ir a un sitio donde no hubiese problemas; estaban desesperados, sólo que rían salir de Europa. Entonces se acercaron a la gente del puerto y preguntaron, ¿cuál es el primer barco que sale y al destino más lejano?, ¡A Chile!, les respondieron y así partió su travesía a este país”, relata.

Los primeros Imschenetzky, al igual que muchos otros emigrantes de la post guerra, desembarcaron “con lo puesto”. Llegaron a vivir al Estadio Nacional, donde les dejaban estar a cambio de mantener los baños y las dependencias limpias.

“Mi abuelo era militar y tenía estudios como ingeniero, con muchos conocimientos en topografía y fotos aéreas, lo que le sirvió para desarrollar sus primeros trabajos y participar luego en proyectos importantes que se hicieron en el Instituto Geográfico Militar”.

La topografía lo llevó a trabajar en varias industrias, especialmente la forestal. Como demostró ser un tipo bien metódico y meticuloso, las mismas compañías con las que trabajaba como empleado le ofrecieron que se instalara con una empresa pequeña como subcontratista… y lo hizo.

 

 

La aventura comienza

Corría 1969 cuando el patriarca del grupo se instaló formalmente con la empresa Construcciones Wladimir Imschenetzky. En esa época su hijo, Nicolás Imschenetzky Popov, ingresaba a estudiar Ingeniería Civil Mecánica en la Universidad de Concepción, lo cual los indujo a asentarse en la sureña ciudad.

Nicolás estudiaba y trabajaba en la empresa en sus ratos libres y vacaciones, lo que lo llevó rápidamente a tomar conciencia del negocio. Una vez egresado, en 1973, se integró a la compañía, lo que también implicó la llegada de nuevas ideas para desarrollar el negocio familiar, como la creación del área de ingeniería de proyectos.

Un año después crearon Ingeniería y Construcción Valmar Ltda., en homenaje a los padres de Wladimir (Valentín y María), una sociedad que padre e hijo compartieron en partes iguales.

“Tras la creación de la nueva empresa, mi padre conversó con mi abuelo y le dijo: nos matamos haciendo presupuestos y corriendo como locos y la verdad es que cuando uno construye una casa, ya tiene la experiencia para levantar 20, 50 ó 100. Entonces, podemos incursionar en ese rubro. Fue así como decidieron ingresar al negocio de las viviendas en 1974”, explica Nicolás Imschenetzky Ebensperger.

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En poco tiempo, Ingeniería y Construcción Valmar se convirtió en uno de los contratistas más importantes del Serviu, construyendo más del 80% de las casas de la Octava Región. La suerte les acompañaba, porque en esa época el Ministerio de Vivienda cambió su política habitacional y comenzó a licitar el paquete completo, es decir, terreno y casas. “Ahí la empresa comenzó a comprar terrenos para construir casas al Serviu. Pasamos de contratistas industriales a la construcción de la vivienda”, señala Nicolás. Luego vendría la implementación del sistema de subsidio habitacional, vinculado al cual crearon la cooperativa Cantomay y otras iniciativas afi nes. “Nos fue tan bien que en los años80 se construyeron prácticamente todas las cooperativas de Enacar y Huachipato en la región y eso, en total, suma más de 10 mil o 12 mil casas”.

 

 

Desarrollo ochentero

Wladimir Imschenetzky era ingeniero de geodesia, por lo cual se había convertido en todo un experto en fotos aéreas. Esa habilidad lo llevó a poner el ojo en una nueva posibilidad de expansión de sus empresas. Empezó a darse cuenta de que Concepción y Talcahuano en algún momento tenderían a integrarse y que si bien existían las calles Colón y 21 de Mayo que unían a ambas ciudades, surgirían otras alternativas. Comenzó así a comprar terrenos para levantar Lomas de San Andrés, su primer desarrollo inmobiliario propiamente dicho.

“En San Andrés se vendían sitios de entre 500 y mil metros cuadrados con el típico estilo de los barrios americanos: sin cercos, con los antejardines verdes fuera de las casas y las áreas verdes distribuidas dentro del barrio. También iniciamos la construcción de casas a pedido para los clientes”, subraya Imschenetzky.

Con este desarrollo, Valmar completaba toda la gama de proyectos inmobiliarios, desde viviendas básicas hasta casas de diseño. “Se configuró así el grupo de firmas que teníamos como Empresas Valmar, con la Ingeniería y Construcción Valmar que era la que construía todo y también trabajaba armando los proyectos para el Serviu”. Después aparecieron sus otras fi rmas inmobiliarias: una que vendía solamente sitios en Lomas de San Andrés y la otra que compraba terrenos y vendía casas. Hasta ese minuto, estaba todo organizado con el sistema que se usaba en ese tiempo: segmentación horizontal por mercado. Estaban las casas caras, las de clase media y las baratas y había una inmobiliaria para cada una de esas empresas y una persona a cargo de cada uno de esos nichos de mercado.

 

 

Tercera generación

En los noventa, los Imschenetzky ya tenían un mini imperio en la Octava Región y crecían impulsados por la creación de proyectos inmobiliarios integrales, que fuesen verdaderas ciudades satélites, con todos los servicios necesarios.

En eso estaban cuando llegó la crisis asiática y sus coletazos para el sector de la construcción. Pero ese no fue el único episodio complejo. También fue el atisbo de una crisis mayor: la fisura familiar y el quiebre entre los hermanos Nicolás y María (una destacada científica) Imschenetzky Popov.

Como su padre y su tía habían pedido a Nicolás hijo que fuera el árbitro ante cualquier problema, éste terminó asumiendo los destinos de la empresa con tan sólo 25 años. Un aterrizaje forzoso, ya que lo hizo mientras su padre era internado para someterse a una intervención quirúrgica al corazón y en medio de una polémica de proporciones, ya que su tía los denunció ante la justicia por adulteración de las escrituras, acusación que finalmente no prosperó.

“Siempre me gustó el área inmobiliaria, aunque la verdad es que no tenía pensado salir de la universidad y entrar a trabajar de inmediato con mi padre. Pero se dio la coyuntura. Fue una decisión conjunta, pero también guiada por el destino”.

Ordenar el holding y potenciar la marca fueron sus primeras tareas. Agruparon las compañías bajo Empresas Valmar, pasando de una integración horizontal a una vertical.

También retomaron con todo el negocio de las viviendas sociales, tras 6 años de parálisis del área. Su retorno tuvo éxito, ya que lograron entre 2000 y 2001 levantar el 80% de las viviendas Serviu que se licitaron en la región. “Construimos en esos dos años 2.200 casas y la verdad es que fue una etapa bastante entretenida, porque para mí fue una inducción a la vena. Pero la verdad es que fue un periodo bastante interesante, donde trabajamos muy de la mano con mi padre”, recuerda.

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Hoy tienen cinco barrios, cuatro de ellos en venta en Concepción: Lomas de San Andrés con 220 hectáreas, Brisas del Sol con 165, San Andrés de la Cruz con 50, Parque Residencial Las Salinas y San Pedro Evangelista.

Según explica Nicolás Imschenetzky, esta apuesta por los barrios, que les llevó incluso a cambiar de eslogan (pasaron de “Líder en la construcción en la región” a “Desde 1969 construyendo ciudad”), forma parte de un trabajo entre el equipo directivo –que lidera junto a su padre-, los ejecutivos y un grupo de asesores externos, entre los cuales participa el ex presidente de Metro, Fernando Bustamante.

 

 

Gana la casa

En el proyecto Brisas del Sol, los Imschenetzky tenían pensado que debía contar con colegios, centros deportivos y espacios de cultura para la familia. Estaban precisamente en el desarrollo de ese enfoque cuando apareció la legislación de casinos y la posibilidad de adjudicarse una concesión.

“Por saber de qué se trataba, empezamos a leer la ley y ver que lo que se buscaba con esto era potenciar distintos lugares, que es lo mismo que nosotros hacemos en nuestros desarrollos inmobiliarios. Nos dimos cuenta de que la nuestra era una propuesta inmobiliaria que tenía asociada la operación de un casino. Por eso decidimos participar”.

Y les fue bien: Valmar se adjudicó el año pasado la licencia para operar un casino en Talcahuano; Marina del Sol, proyecto que involucra una inversión de 90 millones de dólares y en la cual invitaron a participar con el 54,26% a Clairvest Group, que controla 12 casinos en los estados canadienses de Ontario, British Columbia y Alberta.

Hoy, el proyecto está en plena etapa de construcción y se espera que abra sus puertas en marzo del próximo año. Cuenta con un equipo gerencial de siete personas seleccionadas a través de head hunters internacionales especializados en temas de administración de casinos. A ello se sumará la ventaja de tener un socio que aporta el plus de su experiencia en operación de casinos.

Pero esta nueva incursión no estuvo exenta de controversia, luego de que el empresario Neven Ilic los acusara de estafa, ya que a su juicio fue engañado y excluido del proyecto en el cual era socio. La versión de Imschenetzky es diferente. “Cuando tomamos la decisión de presentarnos a la licitación, por coincidencia apareció un empresario nacional en la ofi cina de los arquitectos y vio la maqueta. Ante ello comentó que tenía un amigo con operaciones de casino fuera de Chile (Neven Ilic) y que estaría interesado en invertir. Ahí, mi papá abrió los ojos y dijo: si puedo compartir la inversión y los riesgos con alguien, pues encantado. Armamos una serie de contratos con ellos que, finalmente, nunca pudieron cumplirse. Comprometieron recursos económicos para invertir a medias con nosotros y hacer las presentaciones a la Superintendencia para que fueran calificados, pero nunca lo hicieron. Se marginaron solos y nos enviaron un mail diciendo que no iban”, explica Nicolás.

A este impasse se suma la impugnación formulada por la Universidad de Concepción y el grupo Enjoy, que han presentado sendos recursos que acusan a Valmar de ganar la licitación porque la calificadora de los proyectos, la Universidad del Bío Bio, había recibido una donación cultural de parte de la empresa. “Han presentado cerca de 20 recursos, pero ninguno ha sido fallado a favor de ellos”, alega Imschenetzky.

Lo concreto es que ahora las obras avanzan. El casino contará con cines con pantallas panorámicas 3D, un teatro para 500 personas, museo, un hotel 5 estrellas y, lo más espectacular, una serie de canales, lagunas y embarcadero, con lo que –dicen– convertirán a Marina del Sol en la Venecia del Sur de Chile.

Mientras estos sueños se plasman, Valmar sigue creciendo en sus otras áreas de desarrollo inmobiliario. “Hoy estamos vendiendo cerca de 1,3 millón de UF, esos son cerca de 50 millones de dólares en facturación al año. En proyectos inmobiliarios, en los últimos quince años llevamos cerca de 1.300 millones de dólares; son cerca de 100 millones al año que estamos manejando en proyectos, como construir un casino todos los años.”

En Santiago también están haciendo cosas. Compraron en Colina unos terrenos inmobiliarios pequeños, donde levantaron de 200 a 300 casas, distribuidas en cuatro etapas de viviendas; más que todo, con el propósito de probar y aprender. Saben que en algún minuto deberán aterrizar con fuerza en la capital, pero mientras tanto se limitan a comprar paños y a conocer el negocio. Santiago no es el límite, añaden, porque tampoco le hacen asco a una expansión regional. O sea, de Concepción al mundo.

En marzo del próximo año esperan inaugurar su nuevo proyecto: el casino Marina del Sol de Talcahuano, en el cual son socios con un grupo canadiense experto en casinos. El paso siguiente será la expansión de su negocio inmobiliario en Santiago.