• 23 marzo, 2007

Nos sentimos superiores, pero hay aspectos en los cuales un país pequeño como Uruguay nos da cancha, tiro y lado.
Por Andrés Benítez

El parador La Huella parece tener una noche tranquila. Es que la segunda quincena de febrero es más calmada aquí en José Ignacio, balneario ubicado a media hora de Punta del Este. Las mesas siguen llenas, pero al menos es posible esperar un tiempo razonable para conseguir un lugar. Ubicado en las dunas de la playa, La Huella es un sitio sencillo pero elegante. Solo en las últimas semanas, comieron aquí, entre otros, Ralph Lauren con su hijo David y la novia de éste, Lauren Bush, sobrina del actual mandatario norteamericano. Luciano Benetton celebró aquí el año nuevo y la modelo Eva Herzigova llegó a almorzar un día cualquiera. De todo de esto me entero en las revistas, porque en La Huella no hay fotos de famosos, como se acostumbra en Chile. Es más, a nadie parece importarle mucho, porque como me dice el mozo con mucha gracia: “señor, para nosotros todos los clientes son famosos”. Y como prueba de ello nos da la mejor mesa del restaurant.
Algunos me dijeron que José Ignacio era el Zapallar o Cachagua de Uruguay. “Un balneario muy elegante y sofisticado”, como lo describió un personaje habitual de esas playas chilenas. La verdad, sin embargo, dista mucho de ello. Porque José Ignacio es mucho más en todo sentido que nuestro Zapallar y Cachagua, incluso juntos. Primero por la infraestructura. Las casas que uno ve allá son infinitamente superiores a las de acá, situación que habla de la riqueza de sus propietarios –85% por ciento argentinos–. En José Ignacio, por ejemplo, no hay casas de plástico, tan comunes en nuestras playas.
Pero el atractivo del lugar no es la riqueza de los habitantes, sino su ambiente. Porque pese a ser personas de mucho dinero, el ambiente es poco pretencioso. La gente no es sofisticada, sino elegante. No se “producen” para ir a la playa, sino que se relajan. En parte porque allá nadie se mira, deporte favorito de los balnearios chilenos. Siempre me he preguntado por qué la gente se mira tanto en lugares como Cachagua. Se miran de auto a auto, en el supermercado, para qué decir en misa. Se miran como si se conocieran, pero no se conocen. Todo esto crea la sensación de estar más en un pueblo chico que en el sofisticado balneario que pretendemos que sea.
Y entonces uno se pregunta, ¿de qué nos creemos tanto? Por qué nos sentimos tan superiores, casi europeos, cuando en un país como Uruguay, que tiene apenas tres millones de habitantes, y un producto geográfico diez veces inferior al nuestro, encontramos lugares mucho más refinados, pero a su vez con gente más culta y menos pretenciosa. Más amable y acogedora de lo que solemos ser nosotros con aquellos que tienen la osadía de “invadir” nuestros territorios exclusivos.
Pienso que, a lo mejor, el asunto tiene que ver con que José Ignacio tiene una cultura internacional. Que no es un reducto cerrado para unos pocos, sino que abierto a las influencias de otros. O que de tanto ver a famosos de verdad caminando por las calles, se dieron cuenta de que ellos no son tan famosos y se ubicaron mejor en su realidad. En definitiva, no se creen el cuento.
Puede tener algo que ver, además, con la educación, cosa que se ve claramente en el servicio, en las casas, almacenes, retaurantes. Porque alguien me dijo también que La Huella era como el Chiringuito de Zapallar, comparación poco afortunada porque si bien el chileno está ubicado en un lugar privilegiado por su belleza, aparte de ello tiene poco o nada. Salvo los precios, que son de nivel internacional. En La Huella no solo se come mejor, sino además sus mozos tienen cultura de servicio, hablan inglés, y están siempre disponibles para hacer más grata la experiencia de estar ahí. Pero son poco dados al “amiguismo”, porque para ellos no hay favores. Siempre se mantienen en un trato profesional.
En definitiva, visitar lugares como José Ignacio no solo permite conocer un lugar increíble en términos de su belleza. También es un llamado de atención a la soberbia con que muchas veces miramos a los países de la región. Es sano, sí, saber que tenemos cosas muy buenas. Pero también lo es que muchas veces las exageramos: podemos tener una economía abierta al mundo, pero en el fondo seguimos arrastrando muchas cosas de pueblo chico.