Académico de la Escuela de Gobierno UAI

En Chile, el Frente Amplio y la candidatura de Beatriz Sánchez fueron acusados de populismo. La ex presidenta Bachelet apareció junto a Fidel, Chávez y Cristina Kirchner en la portada de un libro titulado El engaño populista. Desde la otra vereda, se ha dicho que los derechistas Manuel José Ossandón y José Antonio Kast son populistas.
En el lenguaje común, ser populista se parece mucho a ser demagogo: prometer cosas que no se pueden cumplir, comportarse en forma irresponsable con la billetera fiscal, anunciar soluciones simples para problemas complejos. En el lenguaje académico, sin embargo, la conceptualización es distinta.

No es la única, pero la interpretación dominante parece ser la que define al discurso populista en términos de antagonismo entre el pueblo (virtuoso) y la elite (corrupta). Así, el populismo consiste en poner de manifiesto una tensión irreconciliable de intereses en la sociedad, una grieta tectónica que divide moralmente entre buenos y malos. El populismo lucha por promover los intereses del pueblo contra los intereses de una elite que ha secuestrado el poder. En este sentido, se presume que el pueblo es un cuerpo social orgánico cuya voluntad es indivisible. El líder populista debe ser capaz de representar dicha voluntad, de convertirse en su vehículo. Aunque a primera vista se parezcan, esta no es precisamente una tesis marxista: Lenin creía en las elites revolucionarias y en la incesante lucha de clases. Los populistas buscan arrebatarles el poder a las elites y descreen en la existencia de rígidas clases socioeconómicas.

La élite puede adquirir diversas características. En los populismos de izquierda, el adversario suele ser la élite financiera local o internacional. En los populismos de derecha, la élite suele ser la intelectualidad cosmopolita. Los actores populistas construyen un enemigo político dependiendo de las circunstancias. En la discusión sobre cambio climático, por ejemplo, Donald Trump escoge como blanco a la comunidad científica, a la que acusa de estar desconectada de la realidad y de participar en una conspiración contra los intereses de la nación.

Según esta perspectiva, existen entonces populismos de izquierda y de derecha. El populismo sería una ideología “delgada”, en el sentido que requiere ser combinada con otros discursos ideológicos. Los populismos originales latinoamericanos –Perón en Argentina, Vargas en Brasil– eran desarrollistas. Los populismos de segunda generación –Menem en Argentina, Fujimori en Perú– fueron neoliberales. Los de tercera generación –Chávez en Venezuela, Morales en Bolivia– serían abiertamente socialistas. Los populismos de derecha europeos –el Frente Nacional en Francia, UKIP en Reino Unido, AfD en Alemania– son nacionalistas o nativistas, cuando no lisa y llanamente xenófobos. En Polonia y Hungría, los partidos populistas en el poder son, además, fuertemente conservadores. En resumen, el populismo necesita de apellidos porque su nombre de pila no basta para hacerse una idea del fenómeno que se intenta describir.

Todas estas expresiones populistas mantienen, sin embargo, relaciones complejas con los mismos modelos ideológicos. En principio, populismo y tecnocracia se encuentran en las antípodas. La tecnocracia aboga por entregar el poder político a los técnicos y a los expertos. No hay nada peor para el populismo, que pone su confianza en las capacidades epistémicas del pueblo llano. En cualquier caso, se ha especulado que ambos tienen problemas endémicos para procesar la inexorabilidad del conflicto democrático. Mientras los tecnócratas buscan bypassear la deliberación política promoviendo soluciones técnicas que serían objetivamente correctas, los populistas bypassean la mediación política atribuyéndose la voz unívoca del pueblo. En este contexto, se ha sostenido que el populismo es antipluralista, pues no acepta que diversos sectores de la población tengan concepciones de la vida buena legítimamente contrapuestas y eventualmente irreconciliables. Finalmente, el populismo entendido como narrativa de democracia radical se contrapone a lo que usualmente entendemos por democracia liberal, aquella que se define por la inviolabilidad de los derechos individuales, la separación y equilibrio de los poderes del Estado, y la existencia de ciertas instituciones autónomas (como cortes constitucionales) capaces de frenar la avidez de mayorías temporales. En este enfoque, el populismo es democracia sin liberalismo.

¿Es populismo, entonces, una mala palabra en la discusión académica? No necesariamente. Acabo de asistir a una conferencia en la Universidad de Arizona y me pareció percibir algo así como dos bandos. A un lado, probablemente influenciados por la obra de Laclau y avalados por la tradición anglosajona de los movimientos sociales de base, estaban aquellos que buscaban rehabilitar el concepto: populismo como inclusión democrática y gobierno de los plebeyos. Para otros, probablemente preocupados por el abuso de la retórica antiliberal, populismo era entendido como síntoma de la enfermedad que aqueja a la democracia representativa a partir de la globalización.