• 21 junio, 2018

No cabe duda que Chile fue una sociedad exitosa desde mediados de los 80 hasta el 2014. Defino exitosa a una sociedad que reduce dramáticamente su pobreza, genera riqueza, empleo, produce acceso a la educación, una salud pública mejor, acceso a la vivienda y al mundo. Faltan aún muchas cosas para ser desarrollados: preocupación real con la tercera edad, los niños desvalidos, la seguridad pública, mejor ciencia y tecnología, descentralización, etc. Pero nadie puede disputar el hecho de que Chile logró en 30 años pasar del montón a la cabeza de América Latina, el barrio de referencia. Desde el 2014, que llega Bachelet, se nos agravaron nuestras enfermedades crónicas como sociedad. Nunca nos habíamos mejorado realmente, las enfermedades pueden o no tener síntomas, pero cuando los hay no se pueden negar. Las principales enfermedades que tenemos pertenecen a la cultura, es decir, a la psique de la sociedad, más que a su biología simbólicamente hablando.

Un síntoma evidente es el odio creciente que se manifiesta fundamentalmente en la política y en las redes sociales. Las descalificaciones e insultos que vemos en esos ámbitos son de personas muy enfermas. Nuestro Parlamento se ha convertido en una especie de reality show, donde incluso algunos honorables se disfrazan. Los parlamentarios además de ir poco al Congreso, no se escuchan entre sí, tienen sus ideas prefijadas ya antes de discutir. Otro síntoma delicado es la corrupción. Nos gustaba pensar que éramos una sociedad honesta y digna comparándonos con otros del barrio, pero era pura hipocresía. A los analistas, según su ideología, les gusta encontrarla en la empresa privada o en el Estado (ambos casos que efectivamente sí tienen corrupción) y raramente se fijan en la población general, es decir nosotros, todos los demás. La delincuencia es una forma aguda de corrupción social que se ha disparado, con una justicia garantista y una policía amarrada de manos por la política.

También es corrupción el que 40% de las personas no pague el Transantiago o que tire basura en la calle, intente saltarse las colas, se apitute sin meritocracia, copie en los exámenes, roben cosas en las organizaciones públicas y privadas, o supermercados, que “saquen la vuelta” en cada oportunidad posible. Es corrupción las licencias médicas truchas, la mentira es endémica en nuestra sociedad, y para qué hablar del doble estándar. Seguimos siendo una sociedad clasista y discriminadora, parte de lo cual engendra rabia, que a su vez engendra odio. Y este, violencia.

Otro síntoma de enfermedad es nuestra memoria selectiva: reconocemos de la historia solo aquello que nos conviene. Otro síntoma indirecto de corrupción es que la mayor parte de los personajes públicos tienen al menos triple discurso: el público, el íntimo y el de los asociados. Escuchamos el drama de estos personajes cuando se filtran sus dichos y estos reclaman que fueron en privado, es decir, reconocen su doble discurso.

Detrás de estos síntomas hay algunas enfermedades, unas más serias que otras, pero todas crónicas. La primera es la ideologización extrema. La política ha enturbiado aspectos de la sociedad que hoy están enfermos. Los niños de los colegios hacen tomas por la fuerza, destruyen las instalaciones, hasta las incendian, y nadie les impone sanciones. Estos niños de 13 a 17 años viven momentos de gloria en los medios, y se aprecia que tienen opiniones taxativas sobre todos los temas imaginables de los que no entienden casi nada. En realidad, repiten eslóganes políticos de poca monta y se transforman en una enfermedad autoinmune que destruye la calidad de la educación.

La política se ha metido en la educación, en los sindicatos, en los empleados públicos, en la televisión y otros medios de comunicación, en el deporte, en el arte y la cultura, en la salud, en la fe. El problema es que las ideologías se parecen más a las religiones que al intelecto. Es una política más bien dogmática y esa forma de política solo alimenta la división, la descalificación, el conflicto de fuerza.

Otra de nuestras enfermedades es la envidia, que se traduce en el chaqueteo y en el pelambre, tema en que somos maestros eximios. Es en parte la razón de por qué somos tan mentirosos. En parte hay razones para la envidia: la falta de meritocracia que se aprecia por todos lados. La cancha no es muy pareja, aunque sí se ha emparejado en los últimos 50 años. Pero el populismo de las malas ideologías alimenta la ilusión del camino rápido, que engendra más frustraciones y violencia.

También tenemos demasiados miedos. Algunos son antiguos como la salud, el empleo y la pobreza, pero otros son modernos, como la vejez, la soledad, el abuso, la discriminación. Nuevas epidemias nos asustan y el fantasma de las guerras está siempre presente. La inminente guerra civil a la que nos encaminábamos en los 70 hizo estragos en nuestra historia. Es una herida aún abierta, principalmente porque la izquierda no quiere aceptar su propia parte de la responsabilidad en el manejo del país hasta el 73. La política sobreideologizada nunca quiere aceptar la historia, y eso solo posterga los conflictos más catastróficos. La tecnología tiene un lado luminoso, pero genera demasiado miedo a la obsolescencia personal. Buscar trabajo en nuestro país después de los 45 no es fácil. Hay algunos que piensan en soluciones simplistas, como que el dios Estado es capaz de resolver todos estos problemas si se apodera de todo. Eso resuelve algunos miedos, pero engendra otros: la pérdida de libertad y de progreso, como indica la historia del comunismo.

La bipolaridad es la enfermedad más común que padecemos. Basta mirar nuevamente la política. La derecha tiende a sufrir trastornos de ansiedad, mientras que la izquierda tiende a ser depresiva, una razón más de por qué les cuesta entenderse. El centro es casi inexistente, ya que es despreciado por los polos.

Las sociedades acotan hacia arriba con la calidad de sus líderes. Ya hemos visto que los políticos son en general mediocres. Lo apreciamos con claridad en nuestro Parlamento. El problema endémico es que son los líderes quienes hacen las reglas y, por ende, jamás las harán contra sus propios intereses. Los incumbentes en general no son muy generosos, aunque en el discurso lo parezcan. Los líderes empresariales han fallado y ahora muchos líderes religiosos y sindicales se derrumban. Los jueces están desprestigiados. Los líderes intelectuales brillan por su ausencia; y los de los medios de comunicación tampoco deslumbran. Y estudiantiles, en general, se venden a la política antigua a corta edad. Los líderes del deporte son muy acotados y como en nuestro país pareciera que solo existe el fútbol, no tenemos mucho dónde elegir. Los líderes de la farándula son solo farándula y en los opinólogos la política ha hecho estragos. Los rectores de universidades con honrosas excepciones dejan mucho que desear. Y los líderes regionales están completamente bloqueados por el centralismo endémico.

Para salir adelante nos queda un solo camino: el fortalecimiento de la sociedad civil, el viejo sueño de Felipe Cubillos. Para lograrlo, tenemos dos aliados. Primero, la tecnología, que permite hacer redes que antes no fueron posibles. Por el otro, el apoyarnos en las grandes virtudes que posee nuestro país. Tenemos una geografía y recursos magníficos que pueden aunar voluntades sin política antigua. Un sistema de educación que podría ser poderoso si lo rescatamos de la política, y el cual podría ser la cuna de nuevas camadas de liderazgos más generosos. Sobre esa tierra fértil se pueden plantar nuevos liderazgos, como fue el caso de Felipe, y tal como es Levantemos Chile. Necesitamos 200 de estas organizaciones a la brevedad. El empresariado tiene los recursos y competencias para organizarlos, y debe darles autonomía. Espero que el ministro Moreno lo tenga como primera prioridad. Tenemos también una clase profesional magnífica que podría tomar más protagonismo como sociedad civil, siempre que no se transforme en gremios politizados. Tenemos una generación milenio llena de emprendedores, pero que cuenta con poca organización entre sí y que puede hacer otras tantas cosas magníficas, con liderazgos como Alejandra Mustakis o Alfonso Swett.

El mayor poder en Chile lo tiene por ahora el Ejecutivo. Ahí debe partir la generosidad de ayudar a fomentar la sociedad civil sin letra chica de rentabilidad para la política. Si la sociedad civil recupera el poder que le corresponde y se vacuna contra la ideologización política, otro gallo cantará. El presidente Piñera lo ha insinuado, yo creo que es tiempo de que lo haga, y bien hecho, como le gusta hacer las cosas.