El país se ha llenado de precandidatos presidenciales. Ya superan ampliamente la docena. Aunque son un gran número para nuestras tradiciones, en verdad ese hecho no es relevante por sí mismo. Lo importante es que todo esto ocurre cuando enfrentamos una circunstancia singular de mala calidad de la política.

Cuáles son los indicadores para medir una política de mala calidad? Cuando la política no es respetada, el resultado de sus decisiones tiene débil legitimidad y es incapaz de resolvery procesar los conflictos de la sociedad. Cuando eso ocurre, las instituciones se paralizan o pueden tomar decisiones, pero éstas son irrelevantes. El espacio siguiente de la política de mala calidad (irrespetada e incompetente) son la substitución de las instituciones por la acción directa de los grupos corporativos mediante actos de fuerza, la sumisión ciudadana por la vía del clientelismo o la corrupción de las decisiones públicas.
No estamos ahí, pero podemos llegar rápidamente a ese punto. El estilo de ejercicio de su cargo por parte del presidente Piñera, lamentablemente, no ha ayudado a atenuar el problema.
Si la política está desprestigiada, entonces es muy rentable atacar a sus expresiones más nítidas: los partidos y el Parlamento. El discurso anti político (que se vayan todos, son todos ladrones) tiene aplauso fácil.
El gradualismo y la búsqueda de acuerdos se tornan sospechosos de ser instrumentos de poderes oscuros. El camino del progreso, que por definición es largo y exigente, es substituido por una retórica que todo lo resuelve por la vía de soluciones que esquivan el balance entre deberes y derechos y la adecuada correlación entre nuevos gastos e ingresos equivalentes.
Es en ese entorno cuando surge la actual multiplicación de candidatos. Autoproclamados, la mayoría. Algunos, con trayectoria de dedicación al servicio público; otros, sin ella.
Pero dos se distinguen del resto porque son claramente hijos de este contexto y de este tiempo: la persistencia del esfuerzo de Meo (que ya obtuvo el 20% en 2009) y el novísimo surgimiento de la opción de Francio Parisi.
Algunos suelen calificar equivocadamente la aparición de estas figuras como construcciones mediáticas; en particular, de la televisión. El error consiste en confundir su reiterada aparición en los medios de comunicación con las circunstancias que motivaron el interés general por escucharlos. Porque en Chile la televisión, por definición, no dedica demasiada cobertura a los temas de la agenda pública.
En el caso de Meo, su desafío al orden establecido de la Concertación y a prácticas sectarias y no incluyentes fueron lo que gatilló el interés ciudadano por seguirlo. Probablemente se manifestaba allí una identificación con percepciones compartidas por muchos, desde distintos lugares y experiencias, en favor de más participación y recambio.
Lo mismo ocurre hoy con Parisi. Su visibilidad se detona a partir del caso La Polar y se amplifica por su denuncia de distintos abusos del sistema financiero y de pensiones y por su capacidad de tratar temas económicos importantes para la gente, explicándolos de modo simple.
Al margen de los juicios que merezcan estas candidaturas, respecto de su origen y relevancia, es obvio que ambas son nítidamente catalizadoras de problemáticas políticas y sociales reales. Algo que también expresa Camila Vallejo. Pueden añadirse muchas otras consideraciones: estéticas, de entorno familiar, etc. Pero al final lo que hay, de verdad,son temas relevantes para la población desatendidos por el sistema político, que toman otros cauces y son encarnados por otros rostros.
Meo y Parisi hoy actúan fuera de las coaliciones que dominan completamente el parlamento, en el contexto del sistema binominal y que gobiernan prácticamente la totalidad de las municipalidades del país. De tal manera, su oferta de gobernabilidad es escasa. Pero esta es una precaución propia de los analistas políticos, no de los electores.
Porque llegará el día en que estas coaliciones que disputan el sistema político chileno no lograrán poner a uno de los suyos a la cabeza del gobierno. En tal caso, el ganador será algún otro candidato, sin esos medios importantes para gobernar (poder parlamentario y territorial), pero con suficiente adhesión como para conseguir la mitad más uno de los votos ciudadanos. Eso no ocurrirá, probablemente, en las elecciones del próximo año. Pero ese día está cada día más cercano. Y esa jornada abrirá una nueva etapa republicana.