• 12 diciembre, 2008

La población de Estados Unidos quiere cambios, tan profundos como los realizados por Kennedy, y así lo refleja la impresionante votación que obtuvo Obama.

El presidente Kennedy fue asesinado el 22 de noviembre de 1963, hace exactamente 45 años. Aunque yo era niño pequeño, recuerdo el impacto que causó su muerte, así como los hechos que condujeron el domingo 24 de noviembre al asesinato de su verdugo, Lee Harvey Oswald. La presidencia de Kennedy fue breve, comenzó en 1960, pero su legado ha sido reconocido a través del casi medio siglo transcurrido desde su desaparición.

Seguramente, nadie ese viernes en Dallas imaginó que un hombre de color llamado Barack Obama llegaría 46 años después a la misma posición que Kennedy detentó.

Kennedy impulsó reformas mayores durante su administración. Entre ellas, recortes impositivos, ayuda federal para la educación de los más pobres, reformas al sistema de financiamiento de la salud e impulsó, notablemente, los derechos civiles de una minoría importante, como la comunidad negra de Estados Unidos.

Aunque fue criticado por los mismos líderes beneficiados por el fin de la segregación, gracias a Kennedy ciudadanos negros y blancos compartieron escuelas, universidades y aspectos de la vida en sociedad tan comunes como el fin de la segregación racial en buses, bares e, incluso, baños públicos.

Los asuntos internacionales también se cuentan entre sus mayores logros; entre ellas: el Cuerpo de Paz, la Alianza para el Progreso y el Programa Apolo.

El Cuerpo de Paz envió una poderosa señal en el sentido de que a Estados Unidos le importaban los países débiles, mejorar su calidad de vida y permitirles acceder a niveles más avanzados en materia científica y tecnológica. Justo es también establecer que, pese al entusiasmo inicial, la Alianza para el Progreso se fue convirtiendo en un conjunto de condiciones paternalistas que finalmente terminaron por abortarla.

El programa espacial, la proyectada caminata lunar y el manejo de la crisis de los misiles de Cuba, marcaron quizás el punto más alto de la administración Kennedy.

Respecto de la exploración espacial, la famosa frase: elegimos ir a la luna no porque sea fácil, sino porque es difícil, refleja que el programa que Kennedy pensó no sólo fue ejecutado para ganar la carrera espacial contra la Unión Soviética, sino también porque de allí se derivó un tremendo efecto sobre un sinnúmero de otras áreas científicas y económicas como, por ejemplo, la cotidiana comunicación de nuestros días a través de teléfonos celulares.

Y el manejo de la crisis de los misiles en Cuba simplemente evitó una guerra nuclear y mejoró –paradójicamente– sus relaciones con el bloque soviético. Así observamos, después de medio siglo, que la violencia nunca obtendrá una respuesta de apoyo mayoritario y las sociedades civilizadas predominan en el siglo 21, al menos para beneficio de las grandes mayorías.

John Kennedy provenía de un origen rico. Su padre, multimillonario, solo albergó ideas grandilocuentes respecto de sus hijos. Perdió al primero en la segunda guerra mundial y los dos siguientes fueron asesinados durante el transcurso de contiendas democráticas.

Joseph tenía ideas distintas a las de sus hijos, lo que se suma a la paradoja de aquellos dos niños ricos que eran liberales, probablemente en nuestros días partidarios del libre comercio y de la economía de mercado, pero también partidarios del fi n de las desigualdades y de generar las oportunidades para aquellos talentosos que en una sociedad estática no podían tener la menor posibilidad de surgir, así como de los débiles que simplemente podrían sufrir por efectos del sistema. Posteriormente, Estados Unidos se vería remecido por el término de la guerra de Vietnam y el escándalo de Watergate, pero logró sobreponerse, como también a los negativos efectos del ciclo económico, lo cual fue empujado, como muchas veces ocurre, por los errores de política económica de sus gobernantes, y arribar a los años ochenta bajo la conducción de Ronald Reagan con una demostración de progreso y bienestar nunca antes observada en la historia de ese país. Clinton continúo y reforzó esa tarea y, además, dotó al país del mayor superávit fi scal de su historia. La administración Bush constituye un paréntesis en ese largo ciclo de éxitos. Las razones no las vamos a describir aquí porque –además– son bien conocidas.

La gente de Estados Unidos quiere cambios, tan profundos como los realizados por Kennedy, y así lo refleja la impresionante votación que obtuvo Obama. Quieren que nuevamente, como Kennedy, se transforme en el líder del mundo libre, que su país recupere la reputación internacional y, sobre todo, quieren que resuelva sus problemas económicos y financieros.

Kennedy permitió que Obama fuera elegido. Ahora, de éste depende responder a las expectativas de los que viven allí y en el resto del mundo.